viernes, 13 de octubre de 2017

DISOOMNIA: "PLANETARY CONCERN"

El metal en Canarias siempre ha tenido poca salida al mercado. El público prefiere escuchar géneros —por poner algunos ejemplos— más asequibles como salsa, reggaetón, bachata o los éxitos que dominan los 40 Principales. Pocos locales en el circuito de actuaciones (la mayoría solo contratan grupos de covers) para que las bandas puedan desarrollar su potencial sobre el escenario, una preocupante falta de festivales para darse a conocer, egos desorbitados por parte de algunos compañeros de profesión, amiguismo a mansalva y carencia de sellos discográficos con los que grabar un elepé. De hecho, la mayoría de los promotores pretenden que, a pesar de cobrar entrada, las formaciones actúen gratuitamente. Esta es la triste y cruda realidad. ¿Qué hacer en una situación tan desfavorable a nivel musical?

La única alternativa para las bandas es seguir realizando su trabajo, independientemente de todas las dificultades inherentes a su profesión. En el caso de Disoomnia, después del prometedor EP Crónicas (Estudio Blost, 2007) en el que cantaban en castellano, Planetary Concern (Estudio Blost, 2015) ha representado, aparte del cambio de idioma, una evolución respecto a su sonido, todo para llegar a un público más amplio.


En palabras de su vocalista: «Este disco es conceptual y las canciones siguen una línea cronológica. Hay dos niveles: uno de ellos es la troposfera, relacionada con la tierra, y representa el principio del caos interno. En este nivel encontramos las canciones más agresivas y caóticas debido a la frustración del protagonista (causada por sus dudas sin respuesta y sus miedos)  y su incapacidad para resolverla. Luego tenemos el segundo nivel, o estratosfera, relacionado con la liberación, donde tras años de angustia y dudas, el protagonista hace una mirada introspectiva y aprende a no identificarse con sus pensamientos, con lo que el sufrimiento y el miedo empiezan a disminuir. En estas canciones comenzamos a ver referencias a la luz y el mar como símbolos de calma y alivio».

“The Hive”, tema con el que suelen empezar sus conciertos, abre el disco con una introducción que roza el rock progresivo, sintetizadores y una sección rítmica que da paso a las guitarras. Toda una declaración de intenciones que anticipa lo que vendrá a continuación. “Dead Sun” destaca por su arranque misterioso y los juegos de voces entre David García y Celia Montelongo; una de las mejores canciones del álbum que alterna entre el lado melódico/pesado de la formación con diferentes cambios de tempo.

“Pronaos” es una extensa balada eléctrica que cuenta con delicados arpegios, cuerdas, un bajo que lleva todo el peso de la canción y una letra que trata sobre borrar el pasado y volver a empezar de cero. Los sintetizadores de “Red Sea” recuerdan vagamente al trabajo de Jean Michel Jarre en los setenta, la muralla de ruidosas guitarras no proporciona respiro en ningún momento. Gran despliegue instrumental por parte de los miembros de la formación. 

En “Neptune”, la pieza más veloz de todo el elepé, García canta de modo suave hasta llegar al estribillo, en el que lo hace de forma gutural; un interesante cambio de voz que encaja perfectamente en la dinámica interna del tema. “Moebius’s Eyes” es otra furiosa pieza con un buen solo de guitarra, cuerdas, un puente instrumental dominado por punteos eléctricos y un sintetizador atmosférico a mitad de la canción.

Puede que la futurista “2064” sea el tema con más influencias de metal gótico de todo el elepé. Guitarras potentes, electrónica y un coro ideal para corear en vivo. Esta da paso a “Deimos”: riffs y voces entrecortadas, casi punks, con una batería contundente y desquiciada. La despedida perfecta para uno de los mejores discos que se han publicado en Canarias en años. Un trabajo variado y potente, con grandes melodías y un imaginativo trabajo de estudio por parte del guitarrista/productor Carlos Díaz.

Disoomnia es una de las bandas más solventes de la escena musical del archipiélago que se ha labrado una sólida reputación gracias a sus directos; su actuación el pasado mes de agosto en el Goymar 2017 resulta buena prueba de ello. Black Sabbath, Katatonia, AC/DC, Lamb Of God, Metallica, Sybreed, Paradise Lost, W.A.S.P. y Korn son algunos de sus grupos favoritos. Viendo el lapso de tiempo transcurrido entre su primer EP y la publicación de Planetary Concern solo cabe plantearse una pregunta: ¿para cuándo el próximo álbum?




viernes, 6 de octubre de 2017

MARILYN MANSON: "HEAVEN UPSIDE DOWN"


“Después que todos los globos se hayan marchitado y se hayan hundido en charcos de vómito e idealismo, no busques mi compasión. Estoy aquí para ser todo aquello que se me acusa no ser. Y para que se me culpe por ser aquello en lo que me habéis convertido. Los disparos que vas a oír proceden de una boca disfrazada de pistola. No llames a esto arte. Esto es una polla dura en una habitación llena de vampiros y música. La música es mi sangre sucia en vuestras caras”.

Marilyn Manson

Gracias a The Pale Emperor (Hell, etc, 2015), Marilyn Manson recibió las mejores críticas de su carrera desde finales de los noventa. Un disco oscuro y pantanoso, con atmósfera blues y trazos de psicodelia, que amplió su paleta sonora alejándolo del estilo industrial que lo caracteriza. Toda una sorpresa para los seguidores que habían perdido la fe en su ídolo desde hacía años.

Por desgracia para Manson, el personaje que lo lanzó a la fama ha ensombrecido su trayectoria musical. A diferencia de otros artistas, tanto la crítica como el público se ha quedado estancada en la trilogía formada por Antichrist Superstar/Mechanical Animals/Hollywood (In The Shadow On The Valley Of Death). A partir de entonces, independientemente de la calidad de sus nuevos lanzamientos, el consenso general siempre ha valorado su trabajo de forma negativa. Por poner un ejemplo, en la época Mechanical Animals (Interscope, 1998) fue acusado de comercial, que se había vendido al mainstream y que era una obra inferior a su predecesora. El paso del tiempo le ha hecho justicia y en la actualidad está considerado un gran disco.   

Olvidan que al igual que David Bowie, Manson cambia de piel en cada elepé para reinventarse; una actitud camaleónica que jamás ha sido valorada en su justa medida. El Reverendo NUNCA (en mayúsculas) publica dos álbumes idénticos. Aquellos que continúen suspirando por un nuevo Antichrist Superstar (Interscope, 1996), deberían asumir que el cantante no siente interés en grabar un álbum como el que lo encumbró al estrellato, contar con Trent Reznor en las labores de producción o con Floria Sigismondi para que dirija sus videoclips. Resulta ridículo que la mayoría de la prensa lo considere una parodia de sí mismo, que no ha publicado un disco decente y mucho menos una canción memorable desde The Golden Age Of Grotesque (Interscope, 2003). El absurdo ha alcanzado cotas increíbles.

Manson es consciente de su legado, del peso de su propia obra, que es incapaz de satisfacer las elevadas expectativas. Por consiguiente, siendo fiel a sí mismo, se ha desmarcado de su anterior trabajo con una serie de canciones rápidas y furiosas que beben de la época en la que arrasaba en las listas de ventas. Heaven Upside Down puede considerarse un compendio, en mayor o menor medida, de todos sus elepés anteriores —al estilo de The Next Day del Duque Blanco— que rescata el pasado sin ninguna clase de nostalgia.

“Revelation #12”, “WE KNOW WHERE YOU FUCKING LIVE”, “SAY10” y “JE$U$ CRI$I$” son sucias, ruidosas y llenas de urgencia, con guitarras chirriantes y un buen entendimiento de la sección rítmica. “WE KNOW WHERE YOU FUCKING LIVE”, presentada como primer single, es un tema al estilo de “No Reflection” destinado a contentar a su público esencial. Impagable videoclip en el que unas monjas dominatrix armadas hasta los dientes secuestran a una familia americana y los fuerzan sexualmente en contra de su voluntad. “SAY10” podría ser un nuevo clásico del repertorio en directo: alterna susurros, electrónica, gritos rabiosos y un coro arrollador. El vídeo cuenta con un irreconocible Johnny Depp como invitado, una joven masturbándose, chicas desnudas cubiertas de pintura pulverizada, una parodia del alzamiento de la bandera americana en Iwo Jima y al Reverendo sangrando profusamente por un corte en el cuello. Su trabajo visual más provocativo desde “(S)aint”.

En “Tattooed In Reverse” y “Threats Of Romance”, volvemos a encontrarnos al Manson de The Pale Emperor gracias a un blues arrastrado y electrónico con buenos juegos vocales. “Blood Honey” es una balada emparentada con “If I Was Your Vampire” o "Coma White"; atmósfera tenebrosa, teclados y guitarras punzantes. “Heaven Upside Down” y “KILL4ME” son los temas más asequibles del disco. No hay motivo para escandalizarse: no es necesario que Manson resulte ensordecedor todo el tiempo. El primero es una pequeña gema cercana al pop con un notorio trabajo electroacústico y el segundo posee ritmos de pistas de baile que parecen arrancados —salvando diferencias— de los surcos de Notorius de Duran Duran.

Por último, con sus ocho minutos de duración, en “Saturnalia” destaca un bajo palpitante, guitarras hirientes y múltiples capas de sonido que recuerdan al trabajo de Bauhaus en los ochenta. Su canción más experimental desde “I Want To Kill You Like They Do In The Movies” del infravalorado The High End Of Low (Interscope, 2008) que fue un fracaso de ventas, crítica y público. Motivo que lo obligó a abandonar su antiguo sello discográfico en busca de mayor libertad creativa.  

El Reverendo ha aprendido de sus errores: cantidad no es sinónimo de calidad. Heaven Upside Down es un elepé sencillo, directo y potente, con un minutaje ajustado a las radiofórmulas y sin grandes alardes de producción por parte de Tyler Bates. Su único defecto es la carencia de riesgo, buscar nuevos horizontes musicales. Por lo demás, completamente disfrutable. Probablemente si se tratara del debut de cualquier banda, los medios se desharían en elogios y coparía las listas de los mejores valorados a finales de año. A pesar de todos los problemas relacionados con la gestación del álbum —cambio de título, retraso a la hora de publicarlo, el fallecimiento del padre de Manson, su reciente divorcio y el aparatoso accidente en el Hammerstein Ballroom de Nueva York— Brian Hugh Warner no se ha dado por vencido.   
   


lunes, 18 de septiembre de 2017

GARY NUMAN: "SAVAGE (SONGS FROM A BROKEN WORLD)"


Ambientado en un mundo postapocalíptico destruido por el calentamiento global, Savage (Songs From A Broken World) (BMG, 2017), de Gary Numan, recuerda en concepto al lejano Warriors (Beggars Banquet, 1983) pero con una estética que en vez de beber de Mad Max, se inspira en Dune de Frank Herbert. Según declaraciones oficiales del propio Numan, las letras del disco están basadas en una novela de Ciencia Ficción de corte distópico que nunca llegó a finalizar.

“Ghost Nation” abre el disco con polvo, sintetizadores, una base rítmica pesada, un estribillo demoledor perfecto para corear en los conciertos y la imagen de los supervivientes del holocausto luchando por sobrevivir entre las ruinas azotadas por implacables tormentas de arena.

“Bed Of Thorns” —aparecida en versión demo en la banda sonora de Ghost In Shell— cuenta con trenzados arábigos, coros femeninos y colchones de sintetizadores. La espléndida “My Name Is Ruin” es uno de los mejores sencillos que ha publicado Gary Numan a lo largo de su dilatada andadura discográfica. Estupendas guitarras y un tempo avasallador. En el videoclip de ambientación futurista destaca la presencia y los coros de su hija Persia. Uno de los momentos más esperados de la gira actual es cuando la joven sube al escenario para acompañar a su padre en las voces. Un tema a la altura de caballos de batalla como “Metal”, "I'm An Agent", “Down In The Park”, la emblemática “Cars”, "Films" o “Are "Friends" Electric?”.  

“The Ends Of Things” comienza con tranquilidad, cuerdas y un coro épico en el que la canción demuestra todo su potencial. “And It All Began With You” es una balada en la que la voz asume el protagonismo absoluto. La forma de cantar del británico recuerda a “Wicked Game” de Chris Isaak. Posee un precioso trabajo en los teclados y una letra conmovedora que trata sobre el temor de perder al ser amado, probablemente inspirada en su esposa.

Llegados al ecuador del álbum, cabe enfatizar el sonido limpio, atmosférico y cristalino cortesía de Ade Fenton, mano derecha de Numan desde mediados de la década pasada, con el que ha grabado algunas de la piezas más notables de su carrera. A diferencia de los ochenta, cuando producía sus propios álbumes, el británico ha encontrado a una persona de confianza en la que puede delegar tal responsabilidad.    

“When The World Comes Apart” destaca por su melodía potente, furiosa y bailable en la que la electrónica y las guitarras encajan a la perfección. “Mercy” es la pieza que más debe a Nine Inch Nails: un medio tiempo puramente industrial que da paso a “What Good Intented” (segundo single), una amarga balada de letra melancólica en la que los sintetizadores llevan el peso del tema.

“Pray For The Pain You Serve”, la canción más rápida del álbum, nos prepara para la despedida: “Broken” es otro tema con influencias arábigas con una imaginativa introducción y un gran trabajo en los teclados que sirve para cerrar un disco sin fisuras. La voz de Numan es un instrumento más durante todo el elepé; se adapta a la perfección con su timbre cálido y maduro.

Savage (Songs From A Broken World) continúa la estela del notable Splinter (Songs From A Broken Mind) (Cooking Vinyl, 2013) llegando a superarlo en muchas ocasiones. El elepé ha sido un éxito de público y crítica, alcanzando el Nº2 en los charts su posición más alta desde Telekon (Beggars Banquet, 1980) británicos. Numan ha aunado los sintetizadores de su sonido clásico con la música que realiza en la actualidad para satisfacer a sus incondicionales. El estilo oscuro, taciturno y ominoso que lo caracteriza continúa inalterable. Todo un logro después de una carrera tan larga.




lunes, 4 de septiembre de 2017

REY KULL: ALMAS MUERTAS


Reemplazo la melancolía por el coraje, la duda por la certeza, la desesperación por la esperanza, la maldad por el bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma y el orgullo por la modestia.

Lautréamont


I

EL TRONO DE VALUSIA

A última hora de la tarde, la sala del consejo del palacio estaba prácticamente vacía. El amplio recinto sostenido por gruesas columnas decorado con ricos tapices, cortinas de seda y mullidas alfombras, mostraba su regio esplendor bajo la tenue luz vespertina. Durante la jornada, una infinidad de individuos habían expuesto sus problemas ante la corte: embajadores, sacerdotes, campesinos, nobles y mercaderes de todas las partes del mundo. Cualquier clase social tenía la misma importancia para el rey, este nunca hacía distinciones al respecto: todos los hombres eran iguales ante sus ojos. En el trono de topacio, un individuo de anchos hombros y poderosos músculos escuchaba el resumen del día, con la barbilla apoyada en el puño y una mirada ausente. Kull estaba agotado: los asuntos del reino eran una madeja extraña y laberíntica donde podía naufragar cualquier hombre. Añoraba la libertad de los bosques de Atlantis, sus montañas escarpadas, los acantilados batidos por las olas y sus gentes fieras e indómitas. Aunque intentara evitarlo, despreciaba la hipocresía y las máscaras propias de la civilización; odiaba a los siervos que fingían lisonjearlo mientras maldecían sus orígenes entre dientes; aborrecía las intrigas de una aristocracia que antes de su ascenso al poder, se tambaleaba víctima de la decadencia moral. Al fondo de la sala, un balcón revelaba una panorámica visión de Valusia: torres enjalbegadas, cúpulas escarlatas, tejados brillantes, palacios imponentes y murallas doradas. 
Tu, el primer consejero de la corte y amigo del Rey, carraspeó:
—¿Habéis escuchado algo de lo que he dicho, señor?
El gigante regresó a la realidad.
—Perdona, Tu. ¿De qué hablabas?
El anciano soltó un suspiro: nunca podía retener la atención del bárbaro.
—Majestad, decía que el embajador de Kamelia ha protestado por...
Indiferente, Kull regresó a sus pensamientos mientras procuraba aparentar lo contrario: las complicadas responsabilidades del Estado lo aburrían. A veces, cuando era incapaz de dormir, sentía que se había convertido en un esclavo de su reino; de las leyes, tradiciones y consignas que se perdían en el polvo de los siglos. Un relámpago peligroso le iluminó el iris. ¡Nunca se convertiría en un títere! Le había costado sudor y sangre conquistar el trono de la Ciudad de las Maravillas, no permitiría que nada ni nadie se lo arrebatara, aquél que lo intentase moriría bajo del filo de su acero. Una expresión desdeñosa llenó su rostro moreno cubierto de diminutas cicatrices: poco le interesaban las disputas de la nobleza, que se las arreglaran como pudieran. El atlante era consciente de que a pesar de haber levantado el país después de derrocar a Borna, el pueblo conspiraba a su espalda, cuchicheando en el interior de sus casas; nada les complacería más que ver destronado al bárbaro usurpador. El anciano continuaba exponiendo sus argumentos:
—En cuanto al conde Murom, desea que bendijeseis la boda de su hija Nalissa con Dalgar de Farsun apadrinando a los novios y...
Kull tomó nota mental de aquel detalle: el conde Murom era un súbdito fiel, uno de los primeros que abrazó su causa, no le quedaba otro remedio que complacerlo aunque no le agradaran aquel tipo de ceremonias. El gigante desvió la vista, la imagen de los asesinos rojos apostados a un lado del trono, inmóviles como estatuas de bronce, mejoró su ánimo introspectivo. La guardia privada, embutida en armaduras carmesíes, eran los mejores guerreros del mundo. Arrostrarían las llamas del infierno y derramarían hasta la última gota de sangre para proteger a su señor. El sol acarició los contornos majestuosos del palacio, se ocultó por poniente, y esparció una luz pálida y anaranjada sobre los azulejos de mármol. Un cansancio inesperado cubrió el alma de Kull durante un segundo: el peso de la corona le resultó insoportable. Tu detuvo su arenga, se frotó las manos apergaminadas y pareció que el rostro le envejecía notoriamente.

II

MENKARA DE ZARFHAANA

Kull inquirió:
—¿Qué sucede, amigo mío?
El anciano soltó una bocanada de aire.
—Corren rumores por la ciudad, señor.
El atlante enarcó las espesas cejas.
—No te andes por las ramas, Tu.
El consejero real fue directo al grano:
—Mis espías me han dicho que Menkara, la mano derecha del emperador de Zarfhaana, se encuentra en la ciudad...
Kull lo interrumpió con brusquedad.
—¿Qué hace aquí ese perro?
Tu encogió los estrechos hombros.
—No lo sé, majestad. Pero se rumorea que se dedica a inmolar vírgenes valusas en los altares de la serpiente.
Sin percibirlo, el gigante llevó la diestra hacia su espada.
—¿Cómo es posible? —exclamó—. ¡Quiero su cabeza!
—Primero tenemos que conseguir pruebas, señor —explicó—. Si lo detuviéramos ahora se desencadenaría un conflicto diplomático de proporciones catastróficas.
Kull enrojeció de rabia.
—¿Por qué no me lo habías dicho, maldito seas?
Tu fue pragmático:
—Porque sabía que reaccionaríais de esta manera, majestad.
El atlante gruñó:
—¿Y eso que diablos significa?
El anciano procuró tranquilizar al bárbaro.
—Que debemos obrar con cautela, señor. Os aseguro que cuando consiga testigos fidedignos dará con sus huesos en las mazmorras.
Kull golpeó el estrado con todas sus fuerzas.
—¿Y qué harás mientras tanto? ¿Permitirás que sacrifique a todas las muchachas que le dé la gana? ¿Te cruzarás de brazos hasta que cometa un error? 
Tu bajó la mirada.
—No podemos hacer nada, majestad.
El gigante se puso en pie.
—¡Estoy harto de las normas de la corte! —bramó—. ¡Son una pérdida de tiempo!
El primer consejero retrocedió ante la furia del atlante.
—La ley es la ley, señor.
Kull entrecerró los párpados.
—¿Dónde está Menkara? —masculló—. ¡Quiero saberlo!
El anciano se apresuró a responder:
—En la Torre del Esplendor, señor.   
El atlante descendió la escalinata, abandonó el estrado y desapareció por la puerta principal del salón hecho una furia. Tu murmuró en voz baja:
—Que los dioses nos protejan.

III

LA DECISIÓN DEL REY

Al llegar a sus aposentos, Kull despidió a los criados bruscamente: necesitaba pensar a solas. Furioso, el gigante recorrió la estancia de un lado a otro, como un lobo atrapado, haciendo resonar sus pasos en la penumbra. Kull había forjado su destino gracias a su valor, al temple de su brazo, al fuego de su espíritu y al poder de su espada: no le debía nada a nadie. El atlante era un extranjero para los valusos, un invasor que había derrocado a la antigua dinastía entre un mar de llamas y sangre, para ceñirse la corona sobre la frente. Gracias a los bárbaros que recorrían el imperio, la Ciudad de las Maravillas había sobrevivido, de lo contrario, hubiera muerto víctima de la degeneración de sus propios habitantes. Kull había reconstruido los ejércitos, arruinado la supremacía de los grondaros, terminado con los sediciosos, quebrado el poder de la Federación Triple, y aniquilado el culto de los hombres serpiente: méritos suficientes para merecer la lealtad de un pueblo que lo denigraba entre las sombras. El gigante profirió una maldición en su idioma natal y apretó los puños. ¿Qué clase de soberano sería si permitiera aquellos horrores en su feudo? Con la cabeza llena de hirvientes pensamientos, franqueó la habitación, apartó las cortinas de un manotazo, y se quedó mirando la Torre del Esplendor. La fortificación, construida hacía milenios, destellaba como una gema en la oscuridad dominando las calles a oscuras. Kull levantó la vista y contempló las estrellas que brillaban en la noche temprana: tuvo la impresión de que los astros se burlaban de su impotencia. El atlante recordó el camino que había recorrido para llegar al poder: su infancia salvaje entre los tigres que lo criaron, los tiempos como esclavo en una galera lemur, su adolescencia de pillajes en las colinas de Valusia, los meses como preso en las celdas del palacio, su éxito como gladiador en las arenas del circo, los hombres bajo su mando cuando fue comandante supremo de los ejércitos... Una impresión de amargura estranguló su aliento y le humedeció los ojos: anhelaba recuperar el pasado.
—¡Por Valka! —rugió—. ¡No permitiré que Menkara haga lo que quiera en mi reino!               
La cólera inflamó su corazón, le hinchó las venas del cuello y lo obligó a rechinar los dientes. Kull sabía que el político zarfhaano era un individuo corrupto, capaz de cometer las peores atrocidades, tal como demostraban las historias que corrían sobre su persona. De hecho, lo conoció el día que fue nombrado monarca de la Ciudad de las Maravillas: su presencia le resultó repulsiva. El gigante rememoró las facciones abominables del político: la frente estrecha, los ojos hundidos, malévolos, sus labios finos y crueles. Kull arrojó la corona sobre la cama, se arrancó las vestiduras de un tirón y ajustó el pesado mandoble en la cintura: tenía que comprobar con sus propios ojos lo que Tu le había contado. El atlante se detuvo en el alféizar de la ventana. Abajo, a cien pies de distancia, el jardín envuelto en tinieblas estaba vacío: los guardianes tardarían unos minutos antes de volver a pasar por debajo de sus aposentos. Kull estudió las enredaderas que llegaban hasta el suelo, los árboles estremecidos por el viento, las fuentes de agua, los setos bien recortados y los muros del castillo: la decisión estaba tomada.

IV

LA CIUDAD DE LAS MARAVILLAS

En el cielo, un cuarto de luna destelló en la negrura e irradió las calles empedradas, haciendo que la ciudad adquiriera un aspecto fantasmagórico. El gigante recorrió la azotea a gran velocidad, llegó al final de la misma y saltó al edificio de enfrente. El impacto del aterrizaje recorrió su fisonomía de los pies a la cabeza. Acto seguido, atravesó la construcción en diagonal, agarró una cañería, tomó impulso y llegó hasta el siguiente tejado. Kull utilizó pies y manos para ascender hacia el muro de la azotea, aplastó las tejas con su peso y llegó a su objetivo: una legua de distancia lo apartaba de la Torre del Esplendor. Debajo de su posición, a tres pisos de altura, una pareja de guardias armados con lanzas y espadas rectas, cruzaron la avenida y desaparecieron detrás de una vivienda. El rey sostuvo la respiración, comprobó que nadie lo veía y continuó adelante: la rabia daba alas a sus pies.
—Veremos qué clase de hombre eres —rezongó—, cuando nos encontremos cara a cara, bastardo.
Kull era consciente de que estaba cometiendo una locura, sus acciones podían liberar una guerra entre Valusia y Zarfhaana, pero le era imposible contener su sed de justicia. Aquel político no se saldría con la suya. ¡Los dioses eran testigos de su promesa! El atlante descendió una tapia, recorrió varias terrazas pegadas unas a las otras, flexionó las piernas y efectuó un brinco entre dos edificios: pocos individuos hubieran podido realizar aquella hazaña. Con la respiración agitada y el cuerpo empapado de sudor, se orientó entre las azoteas y eligió el rumbo más seguro que podía encontrar.

Salir del palacio fue tarea fácil, sus guardianes no estaban preparados para hombres como el bárbaro; hasta un ciego hubiese logrado burlarlos. Silencioso, el atlante bajó por las enredaderas, se detuvo detrás de unos setos tupidos, y esperó a que la guardia pasara de largo. Inmediatamente, corrió a través del jardín, se escondió unas cuantas veces entre los árboles para esquivar a sus soldados, y alcanzó las murallas en poco tiempo. Sin aminorar de velocidad, Kull saltó en el aire, agarró el parapeto con ambas manos y subió a pulso encima del muro. Delante, la Ciudad de las Maravillas dormitaba, ignorante de los crímenes que se perpetraban en las tinieblas. El gigante sacudió la negra melena, abandonó el precario refugio y se desvaneció en la noche igual que una sombra.

Kull volvió al presente, se pasó la mano por el rostro y analizó la Torre del Esplendor. Ahora que su cólera empezaba a difuminarse, una frialdad tétrica invadió su interior y le serenó los ánimos. Lo mejor era buscar una apertura en el muro exterior de la fortificación, esquivar a los guardianes y ascender hasta la cúspide del edificio. Lamentaba no estar mejor preparado, una cuerda y una cota de malla le serían útiles en aquella aventura. Lo hecho hecho estaba; no tenía sentido mirar atrás. El atlante traspasó unos tejados irregulares, eludió a los hombres que salían de una taberna cercana y sonrió a las estrellas. Pesadas nubes recorrieron el firmamento ocultando la luna: la oscuridad era ideal para sus propósitos. Por primera vez en meses, Kull experimentó una desbordante sensación de felicidad que colmó su espíritu de mares espumosos y montañas lejanas. Olvidó las lúgubres reflexiones de los últimos días, el tacto de las ropas de terciopelo, los hábitos de la corte, la corona que abatía su conciencia, sus obligaciones como monarca. Seguía siendo un hombre libre; eso era lo único que importaba.

V

ALMAS MUERTAS

Cautelosamente, se aproximó a la claraboya y observó a través de los cristales: una docena de sacerdotes vestidos con sombrías túnicas oraban debajo de su posición. A sus oídos llegó un monótono canto religioso. Kull sintió como se le ponía la carne de gallina: despreciaba la brujería con todas sus fuerzas. Aferró el pomo de la espada. Un estremecimiento le recorrió la espina dorsal. La superstición propia de su raza hizo mella en su espíritu: las costumbres hereditarias eran difíciles de borrar. Un poder malsano, que se perdía en el alba de los tiempos, cuando Atlantis era una isla entre las aguas, emanaba de aquellos hombres. En el centro de la estancia, sobre un altar de obsidiana, una joven de pálidos miembros, yacía esposada de pies y manos por cadenas de plata. Detrás de ella, la figura familiar del político zarfhaano sostenía un puñal en la diestra, preparado para cumplir su siniestra inmolación. Kull rechinó los dientes: los espías del consejero real estaban en lo cierto. Las voces aumentaron de intensidad. Menkara avanzó unos pasos, se situó a un lado de la muchacha y levantó el arma sobre su cabeza. Una mirada fanática le ardía en los ojos enrojecidos.
—¡Acepta nuestro sacrificio, Thulsa Doom! —aulló con voz ronca—. ¡Devuelve su poder al pueblo de los hombres serpiente!
El rey se precipitó hacia adelante. El tragaluz estalló en mil pedazos, fragmentos de cristal llovieron en todas las direcciones, y un bramido de asombro inundó las gargantas de los sacerdotes. Kull aterrizó entre el enemigo. El mandoble destellaba en su puño, prometiendo muerte a todos aquellos que se atrevieran a atacarlo. Unas palabras primigenias surgieron de su boca sin que fuera consciente de ellas:
Ka nama kaa lajerama...
Los rostros de los sacerdotes se difuminaron debajo de las capuchas, adquirieron unos rasgos horripilantes y se transformaron en ofidios que espumeaban saliva por las fauces abiertas. El gigante trazó un arco con la espada y dividió la cabeza de un hombre serpiente desde la coronilla hasta el esternón. Al instante, se desembarazó el cadáver y le abrió el pecho al sacerdote que tenía a su izquierda: sus pulmones salpicaron las baldosas de mármol. Aterrado, Menkara reculó al reconocer la silueta del bárbaro.
—¡Matadlo, hermanos! —ordenó a sus acólitos—. ¡Es Kull de Valusia!
El atlante soltó una risotada, movió la hoja a ambos lados y trazó un arco sanguinolento entre sus adversarios. Sin pensarlo, embistió como una pantera, destrozando los cuerpos que se le ponían por delante, enloquecido por la alegría del combate. Kull ignoró las heridas superficiales, los cuchillos que buscaban su físico desprotegido, las caras perversas de los sacerdotes, y cualquier iniciativa de protegerse: estaba en su elemento, había nacido para matar o morir. Su visión se tiñó de rojo, cortó miembros, extirpó vidas y destrozó a los hombres serpiente. Aquellos individuos, poco y mal entrenados en el uso de las armas, no podían vencer la cólera elemental del bárbaro. Minutos más tarde, Kull se irguió entre los cuerpos aniquilados: una miríada de pequeños cortes llenaba su anatomía. El atlante esbozó una sonrisa gélida, hizo caso omiso de sus heridas, pasó por encima de los cadáveres y se aproximó al zarfhaano: sus intenciones homicidas eran evidentes.
—¡Socorro! —chilló Menkara—. ¡Guardias!
Kull volvió a reír con siniestra alegría.
—Grita todo lo que quieras. Tus hombres no pueden auxiliarte. ¡He terminado con ellos, perro!
Menkara palideció.
—¡Mientes!
La punta de la espada apuntó el corazón del político.
—¡Basta de cháchara! —gruñó—. ¡Acabemos con esto!
El zarfhaano levantó los brazos, puso los ojos en blanco y pronunció una frase en un idioma arcano, negro como el infierno. Bruscamente, el avance del rey se detuvo: el hechizo le había paralizado los miembros. Una corriente helada acarició el cuerpo de Kull y espesó la sangre en las venas, congelándole el corazón. El político lanzó una carcajada triunfal.
—¡Estás atrapado, bárbaro! —masculló—. ¡Ningún hombre puede romper mi conjuro!
El llanto desgarrado de la joven se alzó sobre el rugido que le inundaba los tímpanos. Frenético, Kull concentró toda su energía en el brazo que sostenía el acero: no pensaba permitir que aquella muchacha muriera. Estupefacto, Menkara retrocedió por segunda vez.
—¡No! —exclamó ante el poder del bárbaro que había cometido el error de subestimar—. ¡Es imposible!
Con un último esfuerzo, el gigante arrojó la espada hacia el zarfhaano. El mandoble surcó el aire, trazó una elipsis centelleante y perforó el esternón de su enemigo, clavándolo en la pared como a una mosca. El político se estremeció, escupió un borbotón púrpura y pereció con un gesto horrible en las facciones retorcidas por la agonía. Exhausto, Kull se desplomó de rodillas, con los músculos estremecidos por grandes temblores: poco había faltado para no contarlo. Al recuperarse de la espantosa experiencia, se incorporó a trompicones y alcanzó a la joven desecha en lágrimas.
—Gracias, señor —susurró la muchacha—. No sé como agradecéroslo...
El atlante rompió las cadenas con sus vigorosas manos, levantó a la chica y la acunó entre sus brazos. Una inesperada muestra de ternura que pocos habían visto.
—Todo ha terminado —murmuró—. Estás a salvo, pequeña.


    

martes, 15 de agosto de 2017

REPLICANTE


REPLICANTE. N. Ver también ROBOT (antiguo): ANDROIDE (obsoleto): NEXUS (genérico): Humano sintético con habilidades parafísicas y cultura carnal. También: Rep, Pellejudo (argot); Utilización en otros mundos: Combate y exploración espacial de alto riesgo. Prohibida su utilización en el mundo madre. Datos y especificaciones: información clasificada.

New American Dictionary.

1

El hedor de la carne quemada llenaba el pequeño vertedero. Dos obreros uniformados con monos naranjas apilaban a los androides, formando una montaña de cadáveres que esperaban su turno de incineración. El primero se dirigió al segundo:
—Peter... ¿Qué hora es?
Su compañero comprobó su Zodiac:
—Las dos menos cuarto.
Eddie lanzó un suspiro.
—Aún quedan dos horas.
Peter soltó una risa seca.
—¡Supéralo!
Cansados, volvieron al trabajo con expresiones consternadas. Ambos cogieron a un replicante, uno por los brazos y otro por las piernas, colocándolo sobre la rampa que descendía hasta los hornos de fundición. El calor era espantoso: sudaban bajo las ropas ignífugas; suerte que faltaba poco para ser relevados. Peter señaló el cuerpo inerte que se deslizaba boca abajo hacia las llamas.
—¿Habías visto a uno como ese?
Eddie se subió las gafas a la altura de la frente.
—No.
Peter sonrió, triunfante.
—Nexus-6.
Eddie enarcó las pobladas cejas.
—¿Cómo te has enterado?
Peter hizo un gesto de superioridad.
—Tengo mis contactos.
El androide entró en la caldera. Su piel ardió, consumiéndose, mostrando los huesos blanqueados por las altas temperaturas. Sus restos se convirtieron en cenizas y desaparecieron sin dejar rastro. El sistema anunció con voz metálica: Replicante Nº 156 eliminado.
Eddie sufrió un escalofrío.
—¿Por qué los retirarán del mercado?
Peter se secó el sudor de la frente con una gamuza sucia.
—Son modelos obsoletos —explicó—. A los cuatro años se les acaban las pilas.
Eddie gruñó:
—Las Casas Madres no quieren perder pasta, ¿verdad?
Peter arrojó el trapo sobre un cadáver.
—Claro que no —dijo con cinismo—. Los crean con fecha de terminación para que compres uno nuevo cada cierto tiempo. Los negocios son los negocios.
Eddie sacudió la cabeza.
—Tengo sed —comentó—. ¿Quieres una Coca-Cola?
Peter se quitó los guantes.
—Te acompaño.

2

Cuando los obreros desaparecieron, los cadáveres se agitaron y una replicante surgió entre ellos con los labios apretados. Metódica, Takako comprobó su entorno; el crematorio estaba vacío. Después, auxilió a sus compañeros: tres androides emergieron entre los muertos. La Nexus-6 susurró en voz baja:
—Disch, vigila la entrada.
El gigante se acercó a las dobles puertas metálicas que conectaban el vertedero con el hangar principal. Su cuerpo de dos metros de altura parecía esculpido en un bloque de acero. Vance se aproximó a su compañera.
—¿Qué hacemos con los obreros?
Takako fue pragmática:
—Matarlos.
El androide esbozó una mueca.
—¿Es necesario?
—Si los dejamos vivos darán la señal de alarma. Tendremos a la policía detrás de nosotros. —Señaló los cadáveres con la cabeza—. ¿Quieres terminar como esos pobres bastardos?
Vance suspiró, la visión de los muertos le agitó el vientre; no deseaba aquel destino.
—Supongo que tienes razón.
La Nexus-6 le apretó el hombro para darle ánimos.
—Confía en mí.
Bear inspeccionaba una consola, buscando la forma de escapar, pendiente de las imágenes tomadas por las cámaras de seguridad. La replicante inquirió:
—¿Tenemos alguna posibilidad?
El androide asintió.
—Sí.
Takako inspeccionó las pantallas.
—¿Podrás conseguir un vehículo que nos lleve al espaciopuerto?
Bear afirmó:
—Yo conduzco cualquier cosa que tenga gas.
La Nexus-6 esbozó una sonrisa cálida.
—Eres el mejor, Bear.
Disch murmuró con urgencia:
—Tenemos compañía.
El grupo se ocultó. Peter atravesó las puertas acompañado por Eddie. Ambos charlaban, relajados, ignorando el peligro que corrían. Peter preguntó a su compañero:
—¿Qué harás esta tarde?
Eddie respondió:
—Saldré con mi mujer y los críos a...
Aquellas fueron sus últimas palabras. Disch lo embistió por la espalda, le agarró la cabeza y le quebró las vértebras cervicales; su cuello crujió siniestramente al romperse. Horrorizado, Peter intentó huir, pero fue demasiado tarde, el replicante saltó sobre su cuerpo, estrangulándolo. Takako observó los asesinatos, impávida.
—Arrojadlos al fuego —ordenó—. Es lo único que merecen.


3

Bear aparcó el todoterreno. Los replicantes abandonaron el vehículo bajo una cúpula deteriorada y recorrieron el muro exterior del espaciopuerto. Hipnotizada, Takako contempló Marte: el planeta rojo llenó su campo visual. La androide levantó la cabeza: las estrellas destellaban, lejanas, imbuidas en un misterio imposible de definir. Un temblor sacudió su anatomía. Era la primera vez que vislumbraba la galaxia; nunca hubiera imaginado que fuera tan hermosa. Vance le apretó la mano.
—Espectacular, ¿verdad?
La Nexus-6 musitó, impresionada, con los ojos vidriosos:
—Así es.
Bear interrumpió el momento.
—¿Estás segura que puedes pilotar una jodida nave?
El replicante iba a lo práctico; su inteligencia Nivel-C no daba para más.
—¡Por supuesto!
Con precisión, sortearon la valla electrificada y pasaron dentro del recinto. Disch hizo una señal. El grupo se inclinó detrás de un condensador eléctrico mientras una patrulla de seguridad poderosamente armada descendía hacia los depósitos. Los androides no necesitaron hablar, sabían lo que tenían que hacer; habían sido diseñados para el combate extremo por los ingenieros genéticos de la Corporación Tyrell. Como una sola persona, formaron un triángulo ofensivo, atacando a sus víctimas. Bear aplastó el cráneo del primer guardia; el hombre exhaló un gemido de dolor y murió instantáneamente. Vance se ocupó del de la derecha, reduciéndolo en cuestión de segundos, hundiéndole la yugular con el canto de la mano. Disch terminó con el tercero, reventándole los ojos; las orbitas del guardia quedaron cubiertas de sangre. Takako se encargó del último, tumbándolo de una patada; su columna vertebral se partió al tocar el suelo. Habían transcurrido diez segundos exactos, nadie había notado la presencia de los androides fugitivos; podían considerarse a salvo. Tomaron las armas y ocultaron los cadáveres, preparados para continuar adelante. Bear fue despectivo:
 —¡Humanos! —masculló—. ¡No sirven para nada!   
Todos le dieron la razón en silencio, eran conscientes de su superioridad; no volverían a manipularlos. Vance señaló a su izquierda:
—Una lanzadera espacial.
La nave se recortaba entre las luces cenitales de los hangares. Takako volvió a asumir el mando de la tropa.
—Tenemos que llegar hasta ella.
Inclinados, cruzaron la pista de aterrizaje, evitando las cámaras de vigilancia. Un soldado se interpuso en el camino de los androides.
—¡Alto!
Disch levantó la Franchi Spas, las postas trituraron el estómago del hombre, diseminando sus entrañas contra el fuselaje de la lanzadera. Otro agente apareció en lo alto de la escalera.
—¡Replicantes! —chilló—. ¡Alerta Roja!
Vance abrió fuego. Las balas de mercurio lo convirtieron en un colador; su cuerpo rodó escalones abajo dando tumbos. La Nexus-6 aulló:
—¡Bear, cierra la compuerta!
El androide pulsó un interruptor del tablero de mandos; la puerta descendió acompañada por una vaharada de nitrógeno líquido. 

4

Disch franqueó el pasillo tubular con el dedo en el gatillo del arma sin perder de vista los recodos traicioneros. Un soldado apareció de improviso. La andanada estuvo a punto de volarle la cabeza; la pared situada a su espalda quedó cubierta de agujeros. El Nexus-6 contraatacó. El agente dio una pirueta; tenía la mandíbula destrozada. Takako miró al resto del grupo.
—Nos veremos en la cabina de vuelo. Matad a cualquiera que se interponga en vuestro camino. ¿Entendido?
Vance protestó:
 —¿Civiles también?
El tono de la replicante no dio lugar a dudas:
—Naturalmente.
Takako siguió a Disch, con una H&K en la diestra, cubriendo su retaguardia. Una azafata apareció delante de su camino. Un balazo le perforó el cráneo; los sesos salieron despedidos en todas las direcciones. Una descarga se escuchó en el otro extremo de la nave: sus compañeros se habían encontrado con nuevos enemigos. Otro estertor llegó a sus oídos. Los androides habían salido victoriosos de la escaramuza. Disch preguntó:
 —¿Has visto los emblemas de los soldados?
La Nexus-6 se encogió de hombros:
—¿Acaso importa?
Disch se mostró preocupado.
—Pertenecen a la Corporación Schneider.
Takako respingó:
—¡Joder!
El replicante continuó:
—Si llegamos a la Tierra, no sólo nos perseguirán las unidades Blade Runners, sino también los agentes ejecutores de la Schneider. Estamos metidos en la mierda hasta las orejas. 
La androide procuró tranquilizarlo.
—Todo saldrá bien.
Disch sonrió.
—¡Eso espero!
Takako aparentó más seguridad de la que en realidad sentía. Sabía que su plan estaba condenado al fracaso, tarde o temprano terminarían cazándolos, pero prefería morir como una mujer libre, que tiranizada por los militares que los habían comprado. Descendieron un pasadizo circundado por paredes inclinadas; faltaba poco para llegar a su objetivo. En el caso de permanecer en Deimos, terminarían por descubrirlos y ejecutarlos. Disch percibió un ruido. De una poderosa patada, derribó la puerta de un camarote, arrancándola de los goznes. Un oriental con aspecto de informático berreó:
—¡No dispare!
Sus pulmones quedaron esparcidos en el interior de la lujosa estancia. Curiosa, la replicante registró el cadáver, consciente de que habían eliminado a un hombre importante; la riqueza del compartimiento lo certificaba. Ignoró la sangre fresca y sacó una cartera de polipiel del bolsillo trasero de su víctima.
—¡Mierda!
Disch recargó la escopeta.
—¿Qué pasa?
—Era un tipo importante. Un programador de la Schneider. Se llamaba Miyoshi Hitsukaza.
Su camarada no le dio importancia.
—Un humano menos, entonces.
La Nexus-6 se incorporó, cambió el tambor de la pistola, y continuó detrás de Disch. Una ruidosa ráfaga crepitó delante de los androides. Un agente se derrumbó abatido por la espalda soltando sangre por la boca. Una granada de trinitrotolueno escapó de su mano inerte. Vance pasó encima del cadáver.
—¡Por los pelos!
Bear pateó al muerto.
—Hemos tenido suerte —gruñó—. La granada nos hubiera matado a todos.
Takako fue práctica:
—¿Cuántos quedan?
Vance confirmó las estadísticas.
—Ninguno —dijo—. La cabina está libre.
La matanza no le dio ni frío ni calor. Habían conseguido su objetivo. Era lo único que le importaba.
—Perfecto. 

5

Los androides tomaron asiento sobre las butacas forradas con poliuretano. Disch rezongó:
—Ha llegado el comité de bienvenida.
Un batallón de soldados disparó contra la nave. Las balas rebotaron sobre el blindaje, picoteando el cristal de la cabina. La Nexus-6 accionó los controles, agarró los mandos de la lanzadera y apretó el conmutador de ascenso.
 —¡Demasiado tarde, estúpidos!
Movió una palanca. Las ametralladoras de proa giraron, enfocaron a sus contrincantes y lanzaron una ráfaga de trazadoras de nitrógeno. El casco de la lanzadera tembló. Los agentes fueron borrados del mapa. Takako abrió el techo del almacén. Los motores gemelos quemaron la plataforma. La nave ascendió hacia las galerías plagadas de enemigos. La fuerza centrífuga los aplastó contra los sillones. La replicante activó el escudo de protección al máximo. Una docena de proyectiles pesados chocó contra el campo iónico. Bear revisó los paneles indicadores.
—Contamos con tres ametralladoras. No es mucho para enfrentarnos a ellos.
Takako fue mordaz:
—Haré lo que pueda.
Vance indicó:
La Nexus-6 conectó el radar bidimensional. Un rectángulo azulado surgió encima de los mandos. Ningún caza los esperaba en el exterior. La nave se inclino hacia un lado, efectuó un elegante giro y abandonó el espaciopuerto, internándose en el cosmos. Lentamente, la superficie quebrada de la luna, con sus cráteres llenos de carbono, regolito y hielo quedaron atrás, desvaneciéndose en el abismo estelar. Takako conectó la Inteligencia Artificial. Luego relajó los músculos de su espalda. Vance le dio un beso en la nuca.
—Tu plan ha dado resultado.
La Nexus-6 no respondió, preocupada, le inquietaba el futuro que les aguardaba; en La Tierra no tendrían un segundo de respiro.
Ya veremos lo que pasa, pensó. Quizá logremos sobrevivir en Los Ángeles.



  

martes, 1 de agosto de 2017

NEXUS


«Tus esfuerzos han sido endebles e ilusorios. Te propusiste la tarea de describir el impulso de la humanidad hacia la autodestrucción, pero sólo te has señalado a ti mismo.»

Greg Bear

1

MISIÓN

Dorian...
Nessa se inclinó sobre el alemán.
—¿Estás bien? Despierta... ¡Por favor! No me abandones ahora.
La cyborg lo sacudió.
—Dorian... ¿Puedes abrir los ojos?... Dorian... ¡Despierta!

Con expresión amarga, Stark abrió los ojos y abarcó con la vista el dormitorio a oscuras. Sus pupilas fotoeléctricas asimilaron la vacuidad de la habitación, convirtiendo las tinieblas omnipresentes en día. Como de costumbre, había sufrido una pesadilla. Atesoraba demasiados remordimientos para conciliar un sueño natural; su conciencia estaba manchada por la sangre de innumerables víctimas.
Desanimado, extendió el brazo izquierdo, agarró un frasco metálico e ingirió tres anfetaminas sin agua. El sabor de los estimulantes le abrasó la garganta y encendió sus músculos embotados por la falta de descanso, proporcionándole una oleada de energía artificial. Stark abandonó el lecho de látex y se dirigió al salón del hogar con pasos erráticos por la subida de las pastillas. Involuntariamente, acarició las paredes forradas con papel de arroz con la punta de los dedos.
Sus agudizados sentidos percibieron que la lluvia había cesado. Era un alivio no tener que soportar el repiqueteo constante de las tormentas que azotaban las calles de Los Ángeles. Derrumbándose sobre el sofá tapizado con gomaespuma, observó con la mirada borrosa el entorno claustrofóbico que lo rodeaba: televisor Thomson de cincuenta pulgadas, mesa hexagonal de metacrilato, Disco Selector de alimentos y persianas de aluminio anodizado.
La imagen de Nessa regresó a su memoria y atormentó la escasa humanidad que conservaba, haciendo que apretara los puños. Extrañaba a la cyborg. ¿Por qué diablos lo había abandonado? La mujer nunca quiso darle una explicación, desapareció sin dejar rastro, probablemente para convertirse en una terrorista, utilizándolo para desertar de la Schneider.
Tú decidiste por los dos, pensó. No tuviste el valor de decirme la verdad, Nessa.
Dorian abrió las manos doloridas; ocho diminutas heridas se dibujaban sobre las palmas enrojecidas por la presión. Sacudió la cabeza, se levantó de un salto y abrió el balcón con violencia. Una corriente de aire sacudió su rostro blanquecino, los circuitos biosensitivos de la columna vertebral enviaron una señal al cerebro y erizaron todos los poros de su piel.
La imagen de la megalópolis lo deprimió. El horizonte estaba punteado por torres de refinerías que propagaban eructos de magnesio, e iluminaban las cúpulas empresariales aplastadas por la madrugada cubierta de cenizas en suspensión. El zumbido del Fujitsu-Siemens lo arrancó de sus tétricos pensamientos. Tenía una videoconferencia del departamento.
—Buenas noches, Stark.
El comandante Aries sostenía un cigarrillo de mercado negro entre sus finos labios.
—Buenas noches, señor.
Su superior fue directo al grano:
—El General Moser me ha encargado una misión para usted, sargento.
El alemán sintió una punzada de contrariedad.
—Lo escucho, señor.
Aries expelió una nube de humo por la nariz.
—Debe eliminar a cuatro androides Nexus-6.
Aquello no le gustó en absoluto.
—¿Por qué, señor?
El comandante se mostró despiadado.
—Esos pellejudos han asesinado a uno de nuestros agentes, Stark.
Dorian fue cínico.
—Magnífico.
Su superior hizo caso omiso a su comentario.
—La Corporación Tyrell ha proporcionado las cintas de creación del grupo a nuestros Técnicos de Información...
Stark lo interrumpió:
—Mi trabajo no consiste en eliminar replicantes —protestó—. Que se encargue de ellos la unidad Blade Runner de la policía megapolitana.
Aries exclamó:
—¡Usted obedecerá mis órdenes, sargento! ¡O se encontrará limpiando letrinas el resto de su carrera!
Stark rechinó los dientes: no le quedaba otro remedio que aceptar la misión.
—Sí, señor —gruñó.
El comandante apagó el cigarrillo en un cenicero.
—El honor de nuestra casa debe ser restaurado. El General Moser no piensa permitir que cualquier vulgar androide liquide a un miembro de la Orden de los Centinelas. Esto es algo serio, ¿entiende?
Stark no confió en su explicación.
—¿A quién ejecutaron, señor?
Aries finalizó la conversación.
—No es de su incumbencia. Le enviaré los datos esta noche, Stark. Espero su informe dentro de veinticuatro horas.
La rabia le causó un nudo en el vientre.
—De acuerdo, señor.

2

JEAN

El rostro inexpresivo del primer androide, encuadrado por un fondo blanco llenó la pantalla líquida ultraplana, a la vez que giraba una y otra vez sobre sí mismo:

Replicante (M) Des: Vance.
NEXUS-6 N6MAB22318
Func.: Combate/Carga.
Fis.: Nivel-A. Mental: Nivel-B.

Jean bromeó.
—Poca cosa para ti, Dorian.
Stark forzó una sonrisa crispada.
—Tenía entendido que la Tyrell los creaba con fecha de terminación. ¿Dónde demonios está?
La cyborg masculló.
—A esos cerdos no les interesa que lo sepamos.
El segundo replicante reemplazó al anterior.

Replicante (M) Des: Disch.
NEXUS-6 N6MAB62016
Func.: Combate, Programado para Defensa Colonias.
Fis.: Nivel-A. Mental: Nivel-B.

La mujer señaló la mandíbula cuadrada del Nexus-6.
—No me gusta —frunció los labios—. Será duro de roer.
Stark le dio la razón, excitado, le gustaban los objetivos difíciles, le hacían probar su valía como soldado.
—Cierto.
El tercer androide sucedió al segundo.

Replicante (M) Des: Bear.
NEXUS-6 N6MAC91217
Func.: Polic. Homicidio
Fis.: Nivel-A. Mental: Nivel-C.

Stark esbozó un gesto cínico.
—El imbécil del grupo.
Jean lanzó una carcajada.
—¿Inteligencia Nivel-C? ¡Menuda mierda! ¡Prefiero ser una cyborg!
La cinta de creación mostró a la última replicante.

Replicante (H) Des: Takako.
NEXUS-6 N6HAA81619
Func.: Piloto, Programada para Cruceros Estelares.
Fis.: Nivel-A. Mental: Nivel-A.

Takako le arrebató la respiración: cabellos negros, frente amplia, ojos sesgados, nariz recta, labios carnosos. Su perfil oriental era idéntico al de Nessa. Los recuerdos le punzaron el corazón. Por mucho que quisiera, era incapaz de huir del pasado. La cyborg estudió su expresión angustiada.
—¿La conoces?
—No.
Sus pensamientos eran demasiado íntimos, excesivamente dolorosos, como para compartirlos con terceros.
—Parece que has visto a un fantasma.
Stark cambió de tema.
—¿Puedes localizarlos?
Jean enarcó las cejas con superioridad.
—Es posible... ¿Qué me darás a cambio?
Su tono malicioso lo obligó a levantar la guardia.
—Yendólares.
—¿Son de la Corporación Schneider?
—Claro.
—Perfecto.
Mientras la máquina trabajaba delante de la consola, Stark estudió su musculosa fisonomía, disfrutando con la perspectiva del cuerpo enfundado en un mono de poliéster gris que realzaba las potentes curvas de la mujer. Le gustaba, hacía años que experimentaba una atracción sexual por ella, como de costumbre, seguía anhelando recuperar lo que no tenía remedio.
Ya amaste a una cyborg, reflexionó amargamente. Con una vez fue más que suficiente.
Jean percibió su helado escrutinio.
—¿Ves algo que te interese, Dorian?
La pregunta le arrancó una mueca sarcástica.
—Es posible.
La cyborg adivinó lo que le pasaba por la cabeza, cosa que no le agradaba, detestaba que lo conocieran tan bien, lo hacía sentirse vulnerable.
—¿Cuándo vas a mandar al infierno a tus superiores?
La cuestión lo pilló desprevenido.
—Jean, sabes que si deserto, la OC me cazará como a un perro rabioso.
—Eres un acojonado —gruñó—. Ganarías más pasta como mercenario.
Dorian encogió los hombros.
—El dinero es lo de menos.
La mujer rió.
—Eres un nihilista. Nunca cambiarás. Te han lavado el cerebro a conciencia.
Stark entrecerró los ojos grises.
—Jamás.
La cyborg se levantó y dio la espalda al escritorio de palo de rosa, con una expresión ladina en el semblante triangular.
—¿Dónde tienes el chip de crédito?
El olor de sus cabellos lo mareó.
—Dime lo que sabes —dijo—. Sacaré mis propias conclusiones.
—He encontrado a tu colega, Takako para más señas, trabaja en una clínica de mercado negro.
Sabía que Jean no le fallaría.
—¿Dónde?
—Vive en Long Beach, calle Carson, 747.
La dirección le resultó familiar.
—¿En qué distrito está?
Jean fue burlona:
—En el cuarto.
—El Barrio Chino...
Ella volvió a reír.
—Te ha tocado el peor de todos, Dorian.
Stark suspiró.
—Es lo habitual. ¿Y la clínica?
—Imposible de localizar. Necesitarías a un hacker con toda la parafernalia de los de su clase: implantes parietales de alto presupuesto, cables de fibra óptica, guantes de retroalimentación.
La mujer se aproximó al alemán con una mirada turbadora en los ojos sintéticos. Dorian tragó saliva y luchó por aparentar indiferencia.
—¿Cómo lo has averiguado?
Su presencia lo hipnotizaba.
—Takako es una estúpida. Ha vendido sangre para llegar a finales de mes. Cualquiera con una consola podría detectar su rastro.
Stark se mostró extrañado:
—¿La sangre de los androides es válida para una transfusión?
Jean le acarició el mentón con ambas manos.
—Efectivamente.
La máquina lo besó, sus bocas se unieron con fuerza y compartieron un instante cargado de ternura, de deseos imposibles de satisfacer. Segundos más tarde, Stark la apartó con delicadeza, aquel consuelo, como tantos otros, le estaba negado de antemano.
—Tengo que marcharme.
La mujer no esperaba otra cosa.
—¿Volveré a verte?
—Sí.

3

MEGALÓPOLIS

Mientras recorría la avenida, Stark asimiló el entorno cubierto de desechos y hundió las manos en los bolsillos de la trinchera de cuero. Los edificios interminables se elevaban hacia el cielo y cubrían con sus perfiles abruptos la ciudad en ruinas, que aprisionaba a millones de habitantes entre sus fauces de acero. La sucia calle estaba atestada de bidones de basura prendidos con fósforo. El aire húmedo hedía a combustible, sudor rancio, basuras y restos de comida china.
Takako andaba entre la muchedumbre abrumadora, ignorando la lluvia pegajosa, que resbalaba por sus ropas de polipiel. Stark llevaba horas siguiéndola, invisible a los afilados sentidos de la replicante: esperaba que lo condujera al resto del grupo. Ambos cruzaron el Distrito Cuarto y pasaron locales de diversión, letreros luminosos, puestos de sushi, cabezas de dragones modeladas con neones fluorescentes y fumaderos de opio. Los transeúntes cubrían las aceras atestadas, imbuidos en la dolorosa necesidad de ser reales en un universo donde la capacidad de elección había sido negada; todos le resultaron idénticos. Apuró el paso y serpenteó entre las masas viscosas que parecían adherirse a su piel. Unas prostitutas intentaron atraparlo con sus redes, Stark ni se molestó en mirarlas, no quería perder a la androide.
Continuó atravesando las bóvedas que sostenían los rascacielos, bañado por una tormenta de imágenes holográficas: logotipos industriales, salones de masajes, rótulos publicitarios, escaparates comerciales y máscaras taotie. Un grupo de vietnamitas pasó a su izquierda, drogados, tambaleándose bajo los efectos del eucodal sintético de mala calidad. Llevaban camisetas de plástico, raídos pantalones vaqueros y zuecos de puntas abiertas.
Cada día odio más La Tierra, pensó con desagrado. Debería largarme a las colonias del mundo exterior.
¿Por qué habían desertado los replicantes? Para su desagrado, experimentaba cierta afinidad con ellos, una especie de empatía que lo hacía comprender sus motivaciones mucho mejor que los Ingenieros de Robótica que los creaban. El porcentaje biomecánico de su personalidad lo turbaba, no le interesaba identificarse con los seres que aborrecía, aunque esa parte lo convirtiera en el mejor agente ejecutor de la Orden de los Centinelas, manteniéndolo con vida hasta el presente.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. A veces temía su condición de máquina: pertenecía a ambos mundos, su naturaleza lo convertía en un paria; jamás conseguiría integrarse en ninguna parte. Una hilera de nepalíes recitaba un monótono mantra religioso, holgadas túnicas naranjas cubrían sus cuerpos como sudarios amortajados, mientras pedían limosna en la puerta de un local de striptease. Takako torció a la derecha. Un tiburón martillo nadaba dentro de un acuario cubierto por líquido amniótico y ocupaba el escaparate de un local de comida rápida, donde mujeres de aspecto indefinido servían a los clientes. Al reflexionar sobre su condición, una sensación de desánimo lo invadió; no le gustaba pensar de aquella forma, lo colocaba a la misma altura que a los seres a los que se había prometido exterminar. De todas maneras, no era distinto antes de la primera bioperación, los implantes afirmaron sus posturas y matizaron su idiosincrasia; sería un asesino el resto de su vida.
La androide franqueó un puesto de aves artificiales construido con cañerías de aluminio. El olor de las bestias manufacturadas impregnó las fosas nasales de Stark. Una anciana discutía el precio de un colibrí de vistosas plumas con varios compradores. Las jaulas rebosaban de pájaros extintos: patos, martines pescadores, caluros, ibis rojos, águilas, cuervos, halcones, jilgueros y aves del paraíso. Un vagabundo lo abordó de frente y hundió una Taurus en su estómago.
—¡Dame la pasta, hijoputa!
Antes de que terminara la frase, el alemán le apartó el brazo y le hundió la nuez de Adán con el canto de la mano. El hombre salió despedido hacia atrás y chocó contra el gentío, con un último estertor de muerte.
Bastardo, pensó. Elegiste al hombre equivocado.
Nadie se dio por aludido, la gente rodeó el cadáver, evitando mirarlo a los ojos. Indiferente, continuó su rumbo y divisó a Takako a cien metros de distancia, dispuesta a traspasar la carretera aglomerada. Un dirigible publicitario flotó encima de él, su forma ovalada ocultó los carriles de la aéreoautopista, difundiendo un eslogan tridimensional que le causó repulsión: «Viajes interplanetarios a mitad de precio, aproveche la ocasión para visitar Marte, un planeta virgen lleno de riquezas por conquistar».
El anuncio era una mentira, los planetas colonizados eran una cloaca al igual que La Tierra, la ambición de las corporaciones los había degradado a conciencia.
“Este anuncio ha sido cortesía de Erizawa-Maronne, S.A. Ayudando a América a llegar al nuevo mundo...”

4

VIDEOGALERÍA

Con cautela, Stark penetró en la vídeogalería y siguió el rastro de su presa, dispuesto a empuñar la W-PPK en cualquier momento. Las máquinas zumbaban, transmitían una cacofonía infernal y llenaban el local con su rumor errático. Takako se detuvo delante de una consola y se apartó el cabello mojado de la frente: el gesto le recordó a Nessa sin que pudiera evitarlo.
La pantalla mostraba a una especie de criatura alienígena, que devoraba seres humanos, tanto a militares como a civiles, atrapados en el interior de una nave espacial. Los clientes no percibían que había una replicante entre ellos, eran ciegos al peligro que los amenazaba. El alemán la hubiera descubierto con facilidad, tenía un instinto especial para aquellas cosas. Debía reconocer que la Tyrell efectuó un buen trabajo, la androide rozaba la perfección, estéticamente superaba a cualquier humano. Inoportunamente, su Nokia vibró en el bolsillo. Lo más seguro era que Aries intentaba contactarle.
—Hola, Dorian.
Jean ocupó la pequeña pantalla de dos pulgadas.
—¿Alguna novedad?
Debía colgar lo antes posible, no era propio de su persona distraerse durante las operaciones de exterminio.
—Efectivamente. ¿La has encontrado?
—Sí.
La cyborg comprobó unos datos fuera de su campo visual.
—He localizado la información que buscabas.
—¿Y bien?
—Los Nexus-6 escaparon de Deimos. Utilizaron una lanzadera espacial para llegar a la tierra. Asesinaron a toda la tripulación.
La noticia empeoró su humor introspectivo.
—Típico de los replicantes.
Jean sonrió.
—¿Adivinas quién viajaba en la nave?
—Sorpréndeme.
—Un pez gordo. Miyoshi Hitsukaza. ¿Te resulta familiar?
Ahora encajaban las piezas.
—Sí.
La mujer inquirió con curiosidad.
—¿De qué lo conoces?
—Tuve que cargarme a sus antiguos jefes hace algunos años. La Corporación Fujifujih decidió cazarlo cuando vendió sus servicios a la Schneider. Ignoraba que había sido destinado a Marte.
Jean bufó:
—Tus superiores lo mantendrían aislado para que no pudiera hacer lo mismo otra vez.
—Es lo más probable.
Takako se giró.
—Jean, tengo que dejarte.
La mujer captó la urgencia de sus palabras.
—Vigila tu espalda, Dorian.
Stark asintió con frialdad.
—Lo haré.
La Nexus-6 avanzó en su dirección, con una expresión imperturbable, sus miradas se cruzaron durante un segundo, androide contra bioconstruido.
Maldita sea, pensó. Me ha descubierto.
Con rapidez, Takako se dio la vuelta y aferró una H&K en la diestra. La tormenta de plomo lo obligó a agacharse, las balas de punta endurecida destrozaron las máquinas recreativas, haciendo que los clientes salieran despavoridos. Un joven pereció víctima de los proyectiles. Colérico, Stark devolvió el ataque. La replicante se ocultó detrás de una columna esquivando las balas. Silenciosos, analizaron los movimientos del contrario, esperando el momento oportuno para actuar. El ambiente podía cortarse con un cuchillo. Conocía el modus operandi de los Nexus-6: por norma huían para salvar el pellejo, nunca se enfrentaban a sus adversarios a campo abierto, la discreción era fundamental para su supervivencia. Aquellos bastardos tenían agallas, eran diferentes al resto.  
El espejo roto situado en frente le mostró una figura conocida: Bear se abría paso por su flanco derecho sin hacer ruido, con una ametralladora Hawk en las manos. Stark encajó las mandíbulas, se encontraba acorralado, lo más probable era que la vídeogalería fuera el punto de reunión de los androides. Rodando, emergió detrás de una consola y abrió fuego desde el suelo. Bear salió despedido hacia atrás y estalló una pared de fibra de vidrio, con el pecho perforado por tres partes distintas. Un balazo atravesó su hombro artificial de parte a parte. El dolor le arrancó un gemido; nunca se acostumbraría al sufrimiento de los injertos biónicos. Furioso por la muerte de su camarada, Vance aulló como un loco, perdiendo el control de sus actos. Takako gritó a pleno pulmón:
—¡Ponte a cubierto! —advirtió—. ¡O acabará contigo!
Implacable, Stark aprovechó la inesperada oportunidad y baleó las rodillas del Nexus-6, que se derrumbó contra un expendedor de refrescos, rompiéndose el cuello por la violencia del aterrizaje. El dolor lo distraía. La trazadora de mercurio estuvo a punto de arrancarle el brazo, suerte que la detonación acertó un miembro mecánico, su porcentaje humano continuaba intacto. Los proyectiles ensordecedores llovieron sobre su cabeza. Stark quedó cubierto de cristales mientras se pegaba al suelo, protegido por la forma rectangular de una consola destrozada. Los replicantes renovaron los tambores, dispuestos a aniquilar a su enemigo; los cargadores vacíos chocaron contra las baldosas de mármol.
Una rabia sorda se apoderó de su personalidad, borró cualquier atisbo de compasión y lo convirtió en una máquina, la misión se había transformado en algo personal. Velozmente, se incorporó, con las dos pistolas por delante, avanzó hacía sus oponentes y vació las armas. Su propia seguridad había cesado de importarle. Takako retrocedió ante la embestida y buscó refugio al fondo de la videogalería. Disch esquivó las balas, aproximándose como una exhalación. La culata de la Franchi Spas abrió una brecha en la cara del alemán: el impacto hubiera matado a cualquier otro. Aturdido, soltó las W-PPK y alzó las manos al rostro de forma involuntaria. Ágilmente, el androide agredió a Stark, el puñetazo rompió su guardia e hizo que retrocediera por la fuerza del golpe. Este resistió el dolor que le recorría el esternón y giró alrededor de su adversario, deslizándose sobre el suelo manchado de sangre. Disch le lanzó una patada, Stark la detuvo con la rodilla y atacó simultáneamente por la izquierda con los dedos de la zurda extendidos. El androide se inclinó, evitó la acometida y le hizo una llave que lo arrojó de lado contra el suelo: el golpe recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies. Dolorido, rodó hacia un lado. La rodilla de su contrincante se hundió en el lugar donde estuvo unos segundos antes.
Cuando se incorporaba, Disch lo alcanzó en la cara con la bota claveteada de combate. Un zumbido le sacudió la cabeza, mil estrellas brillaron ante sus ojos. Escupió sangre. El gigante le aferró el cuello con las enormes manos.
—¡Te mataré! —masculló—. ¡Eres hombre muerto!
Con un chasquido, tres garras de veinticinco centímetros emergieron de su puño derecho, atravesaron el cráneo del replicante y esparcieron su masa encefálica. Stark se quitó el cadáver de encima, recuperó sus armas y buscó a la mujer con la mirada. Takako lo contemplaba, llorando por el destino de sus iguales, atrapada entre las máquinas pulsantes. La H&K colgaba inútil en su mano. Había abandonado toda esperanza. Exclamó llena de odio:
—¡Asqueroso poli de mierda!
El alemán fue letal:
—Asquerosa replicante.
El balazo le voló la cabeza, sus sesos golpearon la consola situada detrás de su espalda y dejaron un rastro carmesí salpicado de astillas de hueso. Exhausto, Dorian bajó el arma. Una impresión de derrota invadía su espíritu.
El trabajo está hecho, reflexionó. Mis superiores han conseguido lo que querían.