sábado, 1 de octubre de 2016

DAVID BOWIE: "THE GOUSTER"


Durante 1974, en un descanso de la gira de Diamond Dogs, David Bowie alquiló los estudios Sigma Sound de Filadelfia para grabar nuevos temas. Inspirado por el programa Soul Train, el funky, el Motown, la escena latina y el R&B, era hora de probar un estilo diferente que le permitiera ampliar sus horizontes musicales. Carlos Alomar —guitarrista portorriqueño criado en Nueva York que había trabajado con James Brown y Chuck Berry— lo puso en contacto con músicos del circuito local. La formación con la que grabaría su próxima obra sería la siguiente: Robin Clark, Ava Cherry y Luther Vandross como coristas, Mike Garson al piano, el saxofonista David Sanborn, el bajista Willie Weeks y Andy Newmark a la batería.

Bowie empezaba a tener problemas económicos con MainMan. Al sanear sus finanzas, había descubierto que no era más que el títere de una compañía que se había enriquecido a su costa. Vivía de créditos y anticipos y se sentía estafado por su mánager Tony Defries. Por otra parte, la cocaína le estaba pasando factura; se encontraba deprimido, exhausto y emocionalmente inestable debido a su consumo. A pesar de ello, durante seis frenéticas semanas, impulsado por el afán de experimentar y una insultante seguridad en sí mismo, demostró que era capaz de abrazar un sonido ajeno para convertirlo en propio. Osado, incursionó el terreno en el que Al Green, Marvin Gaye, Aretha Franklin, Barry White, Donna Summer o Isaac Hayes destacaban.    

Con Tony Visconti en la labor de productor, las sesiones fueron improvisadas, rápidas y productivas. Un soul exuberante impregnaría canciones como “Somebody Up There Likes Me”, “Right”, “It’s Gonna Be Me” y las baladas “Can You Hear Me” y “Who Can I Be Now”. “John, I’m Only Dancing (Again)” fue reinterpretada como un número funky y el futuro clásico “Young Americans” tuvo influencia del estilo compositivo de Bruce Springsteen. La forma de cantar de Bowie había madurado: ahora era sugerente, profunda y sensual, entre el vibrato, el gemido y el falsete, con ecos de Scott Walker, Brian Ferry y Frank Sinatra. Finalmente, en un alarde de generosidad, al terminar el álbum, invitaron a un grupo de fieles fans “Sigma Kids” para que disfrutaran del trabajo antes de que saliera a la venta. Su pasión por la música negra era auténtica, no fue una maniobra impostada para conquistar Estados Unidos. The Gouster —título original del proyecto— rompía con todo lo que había hecho antes; lejos quedaba la riqueza melódica de los discos glam con los que había saltado a la fama. “After Today”, “I’m A Laser” (que se transformaría en “Scream Like A Baby” años después), “Shilling The Rubes” y el cover “It’s Hard To Be A Saint In The City” del Boss no fueron incluidas en el disco.    

Bowie regresó a los escenarios para finalizar la segunda parte de la gira por tierras americanas. Alomar se sumó a Earl Slick como guitarra y añadieron “Knock On Wood” al repertorio. Fue una época de glamour, excesos, fiestas en Beverly Hills, amistades famosas (Elizabeth Taylor, Cher, Bing Crosby), declaraciones controvertidas sobre ufología y estupefacientes. Conforme avanzaba el espectáculo, el teatral escenario de Hunger City (con edificios de nueve metros de altura, puente levadizo, grúa elevadora y números coreografiados) desapareció a favor de un sencillo espectáculo soul que sirvió para estrenar sus nuevas canciones. Gracias a ello, el británico ganó dinero por primera vez en directo. Entre bastidores, Freddy Sessler —acompañante habitual de Keith Richards— siempre llevaba los bolsillos repletos de ampollas de la cocaína médica más pura que podía conseguirse en el mercado. Bowie cambió de imagen: sombrero, corbata, camisas blancas y pantalones anchos con tirantes; poco tenía que ver con el dios alienígena Ziggy Stardust que había triunfado en Inglaterra. Aunque la gira fue un éxito, la crítica con Lester Bangs en cabeza, tomó su viraje estilístico, visual y sonoro como una completa farsa.

A finales de año, después de despachar “Fascination” y “Win” en Nueva York, Bowie se dispuso a grabar una versión de “Across The Universe” de los Beatles. En enero, junto a John Lennon, Carlos Alomar y Eddie Kramer al mando de los controles, improvisando sobre el riff de “Foot Stompin”, la magia invadió los estudios Electry Ladyland y “Fame” nació gracias a una base acústica de Lennon. “Fame” fue un ataque a MainMan, a la decadencia y falsedad del mundo del estrellato que llegaría al número uno de los charts de Estados Unidos.

Bowie se sintió en deuda con Lennon y, aunque “Across The Universe” era un tema poco inspirado, decidió incluirlo como homenaje a su amigo. The Gouster había mutado en Young Americans para consternación de Visconti, que no esperaba cambios de aquella envergadura. El álbum fue uno de los más exitosos de Bowie durante los años setenta y este repetiría la misma fórmula con el multiplatino Let’s Dance (EMI, 1984) y Black Tie White Noise (Arista, 1993). La tendencia estaba marcada: artistas como Bee Gees, Elton John, Roxy Music, Talking Heads, Queen, ABC, Spandau Ballet y Simply Red recogerían su legado. A velocidad de vértigo, 1976 alumbraría al Duque Blanco: otro golpe de timón que aproximaría a su creador a un sonido tan experimental como europeo.