viernes, 4 de noviembre de 2016

UNA SATISFACCIÓN JUSTA (III): UNA SATISFACCIÓN JUSTA


Una voz lo arrancó del tétrico mundo de las pesadillas:
—¿Qué le ha pasado, hijo? ¿Se encuentra usted bien?
Alarmado, Stark abrió los ojos, presto para defenderse. Sin pensarlo, apuntó con el arma al individuo que se dibujaba delante de su persona. Al descubrir la sotana negra y el alzacuello, respiró con alivio. El cura retrocedió unos pasos con las manos en alto, mostrándole que no pretendía hacerle daño.
 —Siento haberlo asustado, padre  —se disculpó—. Tuve una mala noche.
¿Por qué el rostro del sacerdote le resultaba tan familiar? El sajón se devanó los sesos intentando descubrir de qué lo conocía, sin éxito. El religioso tendría unos treinta y tantos años de edad, facciones huesudas, órbitas hundidas, pelo prematuramente gris y le faltaban casi todos los dientes de la boca.
—¿Quién es usted? —inquirió desconfiado mientras se ponía en pie—. ¿Nos hemos visto antes?
El cura asintió.
—Me temo que sí, hijo.
La lista de enemigos que se había labrado durante toda su existencia era tan larga que podría llenar la Biblia sin problemas. Stark amartilló la pistola.
—Sorpréndame…
—Preferiría hablar en mi despacho delante de un fuego, sentados y con una copa de vino en la mano. ¿Tendría la gentileza de acompañarme?
—Por supuesto —Le puso el pistolón debajo de la nariz—. Usted primero.
Al cura no le llegaba la camisa al cuerpo.
—No es necesario que me amenace, hijo. Estamos en la casa del Señor.
Stark no bajó el arma; de haberse encontrado en el Vaticano hubiera actuado igual.
—Insisto, padre. 

El sacerdote dio la media vuelta, cruzó el pasillo y se dirigió a la nave principal. Suspicaz, lo siguió a una prudente distancia sin quitarle los ojos de encima. Si aquel individuo se atrevía a traicionarlo, se encontraría en el Paraíso con una onza de plomo en la barriga. La visión del interior de la iglesia —estrado cubierto por un mantel blanco, bancos de madera, confesionarios, pila bautismal, vidrieras de colores, estatuas de santos, columnas, incensarios y suelos de azulejos blancos y negros— le arrancó una sonrisa lúgubre. Aquel lugar había conocido tiempos mejores. Llevaba mucho tiempo sin pisar la morada de Dios, tanto, que dudó haberlo hecho alguna vez. Le resultaba ridículo acudir a la Iglesia todos los domingos, ponerse de rodillas, rezar, escuchar el sermón de turno y dejar unas monedas en el cepillo. Prefería gastarse el dinero en un burdel; por lo menos recibiría algo mejor que irrisorias esperanzas y promesas vacías. Stark se caracterizaba por ser un hombre práctico.

El despacho, pobremente amueblado, le dio la bienvenida. Un fuego ardía alegremente en la chimenea. Stark agradeció el calor; el edificio parecía un témpano de hielo. El cura tomó asiento detrás de la mesa y, con un gesto, lo invitó a que arrellanara las posaderas en un incómodo butacón. Stark rechinó los dientes; la herida le punzaba hasta el hueso.
—Me llamo Rafael de Olivenza —dijo mientras le servía una copa de vino—. ¿No me recuerda usted?
—Es posible.
—Nos encontramos en Portugal hace unos tres años —explicó—. En aquella época yo era un hombre muy diferente: bebía, mataba y frecuentaba la compañía de malas mujeres. Me había entregado a los brazos del Diablo y no experimentaba ningún remordimiento al respecto. Por suerte, gracias a usted, encontré el buen camino.
Stark fue burlón:
—¿En serio? 
El sacerdote no captó la ironía de sus palabras.
—Trabajaba para un noble despreciable como guardaespaldas. Usted lo robó y salimos en su persecución —Se señaló la boca con un dedo—. Perdí los dientes combatiendo contra usted. ¿Lo recuerda?
La luz se abrió paso en la mente del sajón.
—¡Claro! —rio—. Me había quedado sin balas y le acaricié los morros con la culata de mi pistola. ¡Supongo que desde entonces lo tendrá difícil para comer algo sólido!
Rafael no se mostró irritado por sus palabras. Como buen religioso, su filosofía consistía en poner la otra mejilla.
—Los aldeanos me propinaron una buena paliza y me rompieron todos los huesos del cuerpo —continuó—. Por suerte, el párroco del pueblo se compadeció de mí y los obligó a curar mis lesiones. Era un hombre piadoso y recto como pocos, se lo aseguro. Durante mi convalecencia tuve tiempo de reflexionar sobre los males que había cometido y encontré consuelo en las Sagradas Escrituras. Dios me había dado la oportunidad de enmendar mis errores y empezar de nuevo.
Stark empezaba a aburrirse: ¿aquel elemento no tenía a nadie con quién charlar? 
—Una historia fascinante…
—Aprendí a leer y a escribir y me entregué en cuerpo y alma al servicio del Señor —dijo con una mirada fanática—. Descubrí que las buenas acciones y servir al prójimo compensan una vida de pecado. Mis viajes por Europa me condujeron a esta iglesia. He conseguido redimirme y me encuentro en paz conmigo mismo. Por ello vuelvo a agradecerle todo lo que hizo por mí y lamento haber intentado matarle.
Stark sopesó las palabras del cura: este había perdido la chaveta entre misa y misa, sin duda alguna. Desaprobaba a los hombres que, después haber vivido a lo grande encontraban la salvación escudándose en pretextos tan vacuos como inútiles. De haberlo matado aquel día, seguro que no estaría opinando lo mismo. Lo más probable era que se hubiera pillado una cogorza de campeonato después de mear sobre su cadáver tirado en mitad de la hierba. El arrepentimiento de los hipócritas le resultaba repulsivo.
 —Me parece estupendo —terminó la copa de vino y se levantó—. La batalla se encuentra próxima y tengo deudas que saldar con cierto intendente que me ha dado por el culo. ¿Tendría usted un caballo para poder salir de Siikajoki?
Rafael abrió los ojos como platos: no esperaba aquella respuesta por parte del sajón.
—Por supuesto, hijo.
Stark sonrió para sus adentros: aquel mequetrefe siempre sería un imbécil.

Horas más tarde, el estampido de los cañonazos llegaba hasta el interior de la villa. La segunda brigada del ejército sueco, al mando del coronel von Döbeln, plantó una enfurecida resistencia a los invasores en la orilla meridional del río Siikajoki. La caballería rusa formada por el regimiento de húsares de Grodno y cosacos, mordió el polvo entre nieve, sangre y aullidos de agonía. Al mismo tiempo, el general Carl Johan Adlercreutz, gracias a sus tropas de refuerzo, consiguió detener el implacable avance del enemigo. Los rusos no tuvieron más remedio que aceptar una humillante derrota.

Mientras tanto, después de hablar con el jefe de la guardia, Stark se disponía a cobrarse una justa satisfacción. A uña de caballo, atravesó la ciudad con la mente llena de ideas homicidas. El animal que le había proporcionado el cura —un penco de avanzada edad que no hubiera podido ni tirar de una carreta— avanzaba como si le hubieran metido pimienta en el trasero. Stark no tenía tiempo de andarse con remilgos; una orden de busca y captura prendía sobre su cabeza. Si los soldados lo apresaban, lo conducirían amablemente al piquete de ejecución para meterle una andanada de plomo entre pecho y espalda. Destino que, como era evidente, no pensaba correr.

Las calles desiertas atestadas de hielo lo condujeron a casa del intendente. La vivienda de dos plantas, con puntales de mármol y un pequeño jardín en la entrada coronado por una fuente de agua, exudaba riqueza por los cuatro costados. Stark arrugó el entrecejo: ¿desde cuándo los funcionarios vivían como nobles? Estaba seguro que aquella bola de grasa, gracias a sus rastreras prácticas, habría desvalijado a más de un honrado mercenario. ¡Qué triste le resultaba que en aquellos tiempos caóticos todo tipo de sanguijuelas se aprovecharan del sudor ajeno!

En la entrada, acompañado por varios lacayos, su objetivo se disponía a subir a un carruaje. ¿Acaso se estaba dando a la fuga? Stark espoleó al cansado penco y, aprovechando la sorpresa, estuvo encima del vehículo en un instante. El cochero, al verle la cara llena de cortes menores, se ensució en los calzones y no tardó mucho en abandonar el pescante. La expresión pétrea de Stark junto a la pistola que llevaba en la mano, fue de gran ayuda para que los criados regresaran a la seguridad de la mansión con gritos de miedo.
El gordo, que no se había enterado de nada, asomó la cabeza por la ventanilla y gruñó:
—¿Qué coño pasa? ¿Por qué no nos ponemos en movimiento?
Al descubrir al sajón, sus rasgos adquirieron una palidez cadavérica que, en pocos segundos, se convirtió en una tonalidad verdosa. Para sus adentros, se maldijo por no haberse gastado el dinero en contratar a una escolta que lo protegiera de los numerosos males que asolaban el mundo.
Stark echó atrás el percutor.
—Volvemos a vernos las caras, compañero.
El gordo bisbiseó:
—Usted… ¿Cómo es posi…?
Stark gruñó secamente:
—Basta de charla. ¿Dónde está mi dinero?
—¿A qué dinero se refiere usted?
Stark esbozó una sonrisa sangrienta.
—A las ganancias del Estado que ha conseguido gracias a la venta del convoy, idiota. ¿Pretende hacerme creer que no se ha puesto las botas?
—¡Soy un hombre honrado! —berreó lleno de indignación—. ¡Retire esas sucias acusaciones de inmediato!
—¡Honrado mis cojones! El jefe de la guardia me ha dicho que lleva toda la noche trapicheando con los usureros de esta puerca ciudad. No hace falta ser un lumbreras  para llegar a la conclusión de que ha conseguido una pequeña fortuna. 
—Yo…
Stark desmontó del animal y abrió la puerta del carruaje bruscamente. Junto al gordo descansaba una gruesa bolsa de lona dentro de la cual, con toda probabilidad, se encontraría el botín obtenido por la venta de la munición y los corceles. Stark arreó un guantazo al funcionario y, acto seguido, tomó lo que había venido a buscar. Este, aterrado, intentó encontrar refugio dentro de la carroza. Tarea inútil; ningún hombre se movía más rápido que una bala.
—¡No!
El disparo cortó la exclamación en seco. Con la cabeza abierta, quedó hecho un guiñapo sobre los sillones salpicados de sangre y sesos. Impasible, Stark guardó el pistolón en la cartuchera; los finlandeses podrían descansar tranquilos.
 —La avaricia rompe el saco, cretino —comentó cínicamente al cadáver. 
La guardia de la ciudad, alertada por el disparo, no tardaría mucho en hacer acto de presencia. De inmediato, Stark soltó a uno de los sementales de la carroza y le puso la silla del penco. Necesitaba una buena montura; con aquel jamelgo famélico no llegaría ni a la vuelta de la esquina. Después, subió al animal y se dispuso a abandonar Siikajoki. La guerra había terminado para él durante una buena temporada; vislumbraba las aguas del Mediterráneo en el horizonte.       

Paradójicamente, aunque los suecos habían resultado vencedores de la batalla, el mariscal Klingspor ordenó la retirada de sus ejércitos hacia el norte con la intención de llegar a Oulu. A partir de aquel momento, una serie de desastrosas campañas —Lemo, Vasa, Rimito Kramp, Sandöström, Salmi, Oravais, Palva Sund, Hörnefors y Sävar— volvieron la tortilla en su contra. Meses más tarde, a mediados de septiembre, gracias al Tratado de Fredikshamn, la Guerra Finlandesa llegó a su fin. Suecia había perdido las provincias de Laponia, Västerbotten, Åland y las provincias orientales. Gustavo IV Adolfo fue destronado y, orgulloso por el transcurso de los acontecimientos, el zar Alejandro I asumió la dignidad de gran Duque de Finlandia.