jueves, 1 de diciembre de 2016

UNA SATISFACCIÓN JUSTA (I): EL CONVOY DE MUNICIÓN

Cada uno de los movimientos de todos los individuos se realizan por tres únicas razones: por honor, por dinero o por amor.

Napoleón Bonaparte
  

Finlandia, 17 de abril de 1808


Las cortantes ráfagas de aire que se filtraban entre los árboles levantaban espirales de nieve sobre el terreno sepultado por los elementos. El camino se perdía a la derecha hacia el interior del bosque y las enormes copas de los abetos ocultaban la visión del cielo encapotado desde primeras horas de la mañana. Stark maldijo la falta de luz habitual en aquellas tierras. ¡El condenado invierno parecía que no iba a terminar nunca!
—Falta poco para que los rusos aparezcan —comentó a sus hombres—. Nada de ruido, hijos de perra.

Los cuatro jinetes que lo acompañaban —mercenarios finlandeses curtidos por la mala vida, las escaramuzas y el pillaje— asintieron con prontitud. Llevaban las cartucheras a reventar de munición, pistolas, espadas y cuchillos en los cinturones, y pesados mosquetes colgando de las sillas de sus monturas. Stark, aunque tuviera las manos cubiertas por unos gruesos guantes de piel de oveja, apenas podía sentir la punta de los dedos. Temblando, sacó la petaca del interior del pesado abrigo e ingirió un trago de coñac para entrar en calor. Después, se ajustó la bufanda al cuello. Aborrecía aquellas latitudes; no veía la hora de enriquecerse para comprar un barco con el que recorrer los océanos ejerciendo el virtuoso oficio de la piratería.

Después de seis años, la guerra continuaba su curso, inexorable. Los franceses, con la aprobación de la Corona española, habían decidido invadir Portugal. El rey Juan VI, cuando recibió la noticia de que tropas armadas avanzaban hacia al Palacio Real dispuestas a rebanarle el gaznate, demostrando un gran valor, no tardó demasiado en ahuecar el ala rumbo a Brasil. Después de conquistar Lisboa, como de costumbre, Bonaparte decidió continuar ampliando su Imperio. ¿Qué le impedía tomar España? Carlos IV, al descubrir que había cometido un error imperdonable, se echó las manos a la cabeza. ¡Aquel maldito corso lo había engañado como a un niño! Furioso, lloriqueó a Manuel Godoy: «Napoleón es nuestro aliado..., ¿Por qué se ha vuelto contra nosotros?». El primer ministro, con el corazón en la boca, no pudo darle una respuesta inmediata. El pragmatismo habitual que lo dominaba se había ido al cuerno y temía que el pueblo le cortara la cabeza por la mala política que le había hecho apoyar a los gabachos desde el principio del conflicto. Vislumbró revueltas, sangre y cadalsos que, toda la inmensa fortuna que había acumulado gracias a la generosidad del monarca, no conseguiría evitar. Después que Pamplona y Barcelona mordieran el polvo, los burgueses y los campesinos, descontentos por los resultados de la batalla de Trafalgar, el despotismo de los nobles, los altos impuestos y los rumores sobre la aventura que Godoy mantenía con la reina María Luisa de Parma, decidieron tomar cartas en el asunto. La Familia Real no tuvo la oportunidad de abandonar las calles de Madrid con la intención de tomar un barco que los condujera a territorios menos hostiles. La idea de plantar cara a los franceses era demasiado extravagante; al parecer la aristocracia no vaciaba el vientre por el mismo lugar que los plebeyos. El palacio de Aranjuez fue asaltado por una turba de lunáticos fernandinos que prendieron fuego a todo lo que pudieron encontrar. Acobardado, el primer ministro se escondió como una rata haciendo lo imposible por salvar el pellejo. Con gritos de odio, juramentos, burlas y patadas en el culo, los amotinados lo condujeron hacia el Cuartel de Guardias de Corps. El príncipe Fernando, viendo una ocasión de oro para conseguir la Corona, obligó a su padre a abdicar para que no los lincharan a todos. Llevaba conspirando contra su propio progenitor entre las sombras desde hacía meses; hubiera sido capaz de venderlo a Satanás con tal de conseguir el poder.

Lúgubre, a Carlos IV no le quedó más remedio que comunicar las siguientes palabras a los periódicos: «Como los achaques de que adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis reinos, y me sea preciso para reparar mi salud gozar en clima más templado de la tranquilidad de la vida privada; he determinado, después de la más seria deliberación, abdicar mi corona en mi heredero y mi muy caro hijo el Príncipe de Asturias. Por tanto es mi real voluntad que sea reconocido y obedecido como Rey y Señor natural de todos mis reinos y dominios». La primera orden de Fernando VII fue confiscar los numerosos bienes de Godoy y encerrarlo en el castillo de Villaviciosa de Odón; siempre había detestado a aquel pisaverde que había convertido en cornudo a su estúpido padre. 
  
Aquello no sirvió de nada: Carlos IV escribió a Bonaparte alegando que había sido obligado a abdicar a la fuerza. Ni corto ni perezoso, este se reunió con la familia real en Bayona. La cena fue un completo desastre: el viejo monarca estaba hecho unos zorros y destrozado por la gota, Fernando VII encendió las iras de Napoleón al tratar de forma despreciable a su progenitor, el vestido impúdico de la reina la hacía parecer una furcia recién salida de un burdel y Godoy (que había sido liberado por Murat gracias a las súplicas de María Luisa) era un pálido reflejo del hombre que fue. Iracundo, el Emperador espetó al hijo del monarca español: «¡Es usted un malvado y un animal!». Fernando, al descubrir que el patio no estaba a su favor, renunció a la corona. ¡Hasta su madre había pedido que fuera decapitado! Ignoraba que Carlos IV, a sus espaldas, había entregado los reinos españoles y todas sus propiedades al corso a cambio del palacio de Compiègne, el castillo de Chambord y una renta vitalicia, que evidentemente nunca cobraría. La sorpresa lo dejó con la boca abierta cuando Bonaparte instaló en el trono a su hermano José. Ante sus coléricas protestas, las palabras de Napoleón no pudieron ser más elocuentes: «¡Príncipe, aquí se opta entre la abdicación o la muerte!». Satisfecho, el corso sacudió una mota de polvo imaginaria de su levita. España pertenecería a su casa y punto. El que no estuviera de acuerdo podía irse a la mierda.    

El grupo cruzó los árboles sin quitar los ojos de los rincones de la foresta en los que podía ocultarse cualquier patrulla. Todos eran conscientes de que una batalla oscurecía el horizonte: el enemigo avanzaba desde el sur, comandado por el general Jakov Petrovitj Kulneff, provisto de innumerables regimientos y batallones de infantería, escuadrones de caballería a los que se habían unidos los cosacos, y brigadas de artillería armadas con cañones de campaña. Durante los últimos meses, gracias a la retirada de los ejércitos suecos, Rusia había conquistado grandes extensiones de territorio. Prácticamente toda la zona austral de Finlandia pertenecía al zar Alejandro I que, orgulloso por haber pactado con Bonaparte, se encontraba a salvo en San Petersburgo junto a un volumen de Rosseau y una excelente copa de vino. Aunque el corso había ocupado España, demandaba más gloria, poder y riquezas. No le resultó demasiado difícil hacer las paces con sus antiguos rivales y formar una nueva alianza: sabía que Alejandro I ambicionaba someter a los suecos desde hacía tiempo; los soldados caídos en Eylau debían estar revolviéndose en sus tumbas. Gustavo IV Adolfo de Suecia odiaba a Napoleón hasta el grado que bordeaba la locura: para el monarca representaba al mismísimo Anticristo. No tardó en ponerse de parte de los británicos y enviar a la muerte contra Francia hasta el último de sus hombres. «¡Matad a la Bestia! —bramó como un condenado a sus mariscales—. ¡Que la ira de Dios caiga sobre ese repugnante retaco!».

Stark desmontó del caballo y, con un pistolón en la mano, observó el sendero cubierto de nieve. Pese a que el lugar se había convertido en zona de guerra, un silencio ominoso cubría el bosque de Eskola hasta el último confín. A su espalda, los finlandeses lo imitaron empuñando los fusiles. Sin emitir sonido, tomaron posiciones de combate. El sajón echó una ojeada al reloj: un cuarto de hora los separaba del convoy que se proponían asaltar. Esperaba que la información que había comprado al chivato fuera cierta; jamás había creído en aquellos que cambiaban de bando como de calzones. Este, en lugar de comunicarle la noticia al jefe de intendencia del mariscal Klingspor, prefirió vendérsela por una bolsa de monedas de oro. De no resultar verídicas sus palabras, alguien tendría problemas, graves todo había que decirlo, cuando regresara a Siikajoki   
—Como te hayas atrevido a jugármela te vas a cagar en tu abuela —gruñó al recordar el rostro marrullero del espía—. No pienso abandonar Finlandia con un palmo de narices.

Minutos después, a la hora indicada, alcanzó a escuchar el relincho de un semental. Stark esbozó una sonrisa mordaz mientras hacía una señal a sus hombres; todo salía según lo previsto. Los mercenarios, que se encontraban a cubierto detrás de los gruesos troncos, pusieron los mosquetes en posición de tiro. Los segundos transcurrieron lentamente mientras cuatro vehículos blindados custodiados por una escolta de diez hombres pasaban delante del grupo. Los rusos iban vestidos con chacós emplumados, capotes hasta los muslos, chaquetas cruzadas con faldones abrochados a la espalda, pantalones negros y botas de caña alta provistas de espuelas. Más que vigilar un convoy, parecía que iban a asistir a un puñetero desfile. Las huestes del zar Alejandro I, tal como había visto en más de una ocasión, tenían un sentido de la vanidad tan ridículo como inútil. Pensaba robar todas las charreteras de los uniformes y venderlas al mejor postor cuando acabaran con ellos.        
Stark inhaló una bocanada de aire y aulló a pleno pulmón:
—¡Fuego!

Los finlandeses descargaron los fusiles contra el enemigo rompiendo la tranquilidad que envolvía la vegetación. Los soldados, estupefactos, no tuvieron la oportunidad de reaccionar. La primera salva barrió a los jinetes y los caballos cabriolaron aterrados, arrojando al suelo a aquellos que habían conseguido mantenerse sobre las sillas. El bosque quedó cubierto por el hedor de la pólvora y el humo negruzco de las detonaciones. Stark abrió fuego contra uno de los cocheros que intentaba darse a la fuga. Este quedó inmóvil en el aire, efectuó una pirueta grotesca y se desplomó sobre la nieve enrojecida con el cráneo destrozado. Los mercenarios recargaron las armas y volvieron a disparar, masacrando a los escasos supervivientes. Nuevos gritos de agonía, relinchos enloquecidos y maldiciones entrecortadas. El estoque del sajón emitió un sonido metálico al salir de la repujada vaina de cuero; estaba preparado para librar un combate cuerpo a cuerpo. Por tercera vez, las detonaciones resonaron en el camino, liquidando la escasa resistencia que los rusos aún eran capaces de ofrecer.
—Desenvainad los sables —ordenó—. ¡Ha llegado el momento de afeitar en seco a estos patanes!
Rugiendo, el grupo abandonó la protección de los abetos y prorrumpió en el sendero armado hasta los dientes. Los animales luchaban por escapar de las manos muertas de sus dueños, los cocheros se santiguaban y los pocos soldados que restaban en pie apenas podían levantar las espadas debido a las terribles lesiones causadas por las balas de gran calibre. Stark evaluó la situación en un abrir y cerrar de ojos:
—Matadlos a todos —masculló mientras envainaba el acero que no había tenido la oportunidad de utilizar—. No quiero supervivientes que puedan denunciarnos.
Ignorando las súplicas de sus víctimas, los mercenarios dieron buena cuenta de ellas. Varias detonaciones secas volvieron a instaurar la armonía rota por la breve y sangrienta escaramuza. Campante, con los brazos en jarras, Stark contempló los carromatos que habían pasado a pertenecerle. Uno de los finlandeses —alto, enjuto, hombros estrechos y semblante de carnicero— le comentó complacido:
—Ha sido jodidamente fácil, Konrad —La avaricia se le pintaba en la cara—. La fortuna está de nuestro lado una vez más.
Stark sonrió de buen humor:
—Esta noche tendremos toda la bebida, putas y comida que nos dé la gana, Carl. —bromeó—. Conozco a un prestamista de mala reputación que nos dará una pequeña fortuna por el contenido de los carruajes.
Stark se aproximó al primer vehículo y descerrajó de un tiro el candado que reforzaba la puerta trasera. El interior rebosaba de material bélico: pistolas, mosquetones, sables de cosaco, puñales, bayonetas, pólvora y munición de todo tipo, tanto como para las armas ligeras como para los cañones pesados. Los rusos tendrían que combatir con uñas, dientes, piedras y palos contra el ejército comandado por Wilhelm Mauritz Klingspor.
Sus hombres lanzaron los sombreros al aire y celebraron el botín con grandes exclamaciones de júbilo. Stark sintió que el pecho se le henchía de orgullo: le faltaba poco para volver a pisar la cubierta de un barco, disfrutar de los mares, la brisa salada y la caricia del sol sobre su físico. ¡Que le dieran por saco a la tundra, al hielo y a las bajas temperaturas de Finlandia!
 —Desvalijad a los muertos y atad los caballos al último carromato —dijo mientras apartaba el cuerpo inerte de uno de los cocheros del pescante para tomar las bridas—. Quiero llegar a Siikajoki antes de que termine esta podrida guerra.