viernes, 23 de septiembre de 2016

NICK CAVE & THE BAD SEEDS: "SKELETON TREE"

Nick Cave es un artista polifacético que ha incursionado en todo tipo de disciplinas: bandas sonoras, novelas, obras de teatro, lecturas poéticas, colaboraciones musicales, guiones de cine, proyectos paralelos a los Bad Seeds (Grinderman) y actuación. Era inevitable que una tragedia familiar de semejantes proporciones —la muerte de su hijo Arthur en un accidente— condicionara su nuevo trabajo.
Cave ha decidido no ofrecer entrevistas, por consiguiente, el documental One More With Feeling de Andrew Dominik (El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, 2007) en el que se muestra la grabación del disco, es el complemento perfecto para aclarar cualquier duda a los curiosos, periodistas y fieles seguidores. Durante toda la película, el australiano, su esposa y la formación se muestran sensibles y comedidos; apenas mencionan el nefasto suceso para no proporcionar carnaza a los titulares amarillistas. 
La seminal portada resulta un pequeño anticipo de lo que vamos a encontrar en su interior. “Jesus Alone”, primer single del álbum con su austero videoclip en blanco y negro, marca la pauta del sonido de Skeleton Tree: gélido, ominoso, crudo y minimalista. La voz de Cave suena descarnada en todos los cortes, como si el australiano apenas le restaran fuerzas para cantar. Este se muestra frágil, íntimo y vulnerable frente al desconocido que lo observa reflejado en el espejo. No queda lugar para personajes ni artificios; Cave y sus sentimientos son los protagonistas absolutos. Un crooner salido de los infiernos cuyas letras muestran imágenes bíblicas congeladas en un momento perpetuo de angustia, culpabilidad y desesperación.
Al igual que el laureado Push The Sky Away (Bad Seed Ltd., 2013), la música ha sido reducida a su mínima expresión: piano, sintetizadores fantasmales, tenues líneas de bajo, arreglos de cuerdas, loops, melodías rotas, electrónica y una percusión carente de peso. Aunque el grupo había comenzado las sesiones el año anterior, el fallecimiento del gemelo dio forma al disco tal como lo conocemos. Desde la partida de Mick Harvey, Warren Ellis se ha convertido en el director musical de la banda. Lejos de cualquier estridencia, las guitarras han desaparecido cediendo el protagonismo a atmósferas sobrevoladas por la mórbida tristeza que recorre cada surco del álbum.
Además de “Jesus Alone” y la estremecedora “I Need You” (en la que el músico se entrega por completo), destacan “Distant Sky”, con sus aires de iglesia y coros cortesía de la soprano Else Torp, la claustrofóbica balada “Girl In Amber”, la espectral “Magneto” y el resignado tema que titula el álbum deja una puerta abierta a la esperanza; un frío resquicio de luz en un camino velado por las tinieblas. 
Sin duda, Skeleton Tree es uno de los elepés más arriesgados y personales de Nick Cave —junto a The Good Son (Mute Records, 1990) The Boatman’s Call (Mute Records, 1997)— en el que desnuda su alma rota sin pudor, ofreciendo sus demonios, temores y miserias al público. Un ejercicio de catarsis convertido en arte que narra la pérdida de la fe, el dolor y la redención. Este podía haber aprovechado el morbo inherente de su situación para componer un tema apto para las radiofórmulas (“Tears In Heaven” de Eric Clapton sería un buen ejemplo) pero, a diferencia de otros artistas, ha ignorado la ocasión de lucrarse a favor de la autenticidad. Por una extraña ironía del destino, tal como sucedió con Blackstar de Bowie, su trabajo menos asequible se ha convertido en un éxito que ha superado a nivel comercial a la mayoría de sus anteriores discos. Ello demuestra que músicos llegados a una edad madura como Neil Young, Iggy Pop, Leonard Cohen, Van Morrison, Bob Dylan o Tom Waits continúan publicando grandes álbumes que corroboran su talento.
La escucha del disco puede resultar una experiencia perturbadora. Skeleton Tree es un álbum de duelo no apto para todos los públicos, ideal para la soledad del hogar. Un amargo regalo para los fanáticos del australiano, con los que comparte la pérdida que ha motivado la creación de otra singular obra maestra dentro de su fascinante discografía. 


lunes, 5 de septiembre de 2016

MAD MAX: RUEDAS DE ACERO


... Y en medio de este caos y ruina, los hombres normales sucumbían aplastados. Hombres como Max, el guerrero Max, que con el tremendo rugido de una máquina, lo perdió todo. Y se convirtió en un hombre vacío. Un hombre quemado y sin ilusión. Un hombre que, obsesionado por los fantasmas de su pasado, se lanzó sin rumbo al páramo...

Feral Kid


1

EL PATRULLERO ERRANTE


El desierto interminable bañado por los haces moribundos del atardecer se dibujaba hasta el horizonte. Max descendió del vehículo, ignoró el calor tórrido y revisó las ruedas del Interceptor; las gomas continuaban intactas. Acto seguido, estiró su cuerpo enfundado en ropas de cuero manchadas de polvo mientras observaba la carretera; el páramo rielado por el sol le resultó deprimente. Una sensación de tristeza lo invadió: anhelaba compañía humana aunque no quisiera admitirlo. Irritado por su propia debilidad, se pasó la mano por los cabellos prematuramente encanecidos y apartó aquellas ideas de su cabeza: atormentarse no le serviría de nada. Max regresó al asiento del conductor. La búsqueda constante de gasolina lo había arrastrado hacia el norte, cruzando el continente desolado por la radiación atómica, lejos de la civilización hecha pedazos. A la derecha, el Desierto Simpson era un mar de dunas lejanas, autopistas en mal estado y vegetación reseca. A la izquierda, las montañas de la Gran Cordillera Divisoria cortaban la bóveda celeste como cuchillas oxidadas y aislaban la Costa Este del resto de Australia. Max encendió el contacto, quitó el freno de mano, apretó el embrague y metió la primera marcha mientras pisaba el acelerador. Lentamente, la carretera circundada por colinas áridas dio paso a pequeñas estribaciones corroídas por el viento. En tercera, mientras avanzaba a cincuenta kilómetros por hora, la brisa le acarició el rostro sin afeitar y despejó sus sentidos. En breve anochecería. Había estado toda la jornada al volante, su físico demandaba comida y descanso.  

Durante la Tercera Guerra Mundial, la Unión Soviética y los Estados Unidos aniquilaron el planeta. Las secuelas no tardaron en llegar a Australia: ciudades como Adelaida, Perth, Melbourne, Brisbane o Sídney fueron barridas por el caos. De ser un padre de familia en un mundo agonizante, Rockatansky se había convertido en todo lo que intentó erradicar cuando formaba parte de la Unidad Brecker Squad. La pérdida de los seres queridos, las privaciones y el vagabundeo lo habían moldeado en un hombre duro y violento. Ahora sólo le preocupaba conseguir combustible, alimentos, agua, armas, repuestos automovilísticos y munición para sobrevivir. 

El Interceptor traspasó una elevación arenosa y se internó en la Interestatal 66. La inmensa autopista, que recorría el continente desde Rockhampon hasta Cloncurry, trazando una recta irregular de mil millas de longitud, era el territorio favorito de las bandas de motoristas que se dedicaban a asaltar a los viajeros incautos. Max recordó a sus antiguos compañeros de la MPF: Macaffey, Jim, Barry, Charlie, Roop... ¿Qué habría sido de ellos? Por desgracia, nunca tuvo la oportunidad de despedirse de sus camaradas. El asesinato del “Ganso”, Jessie y Sprog a manos del “Cortaúñas” y sus pandilleros lo enloqueció y lo hizo perseguir a sus enemigos exterminándolos como a perros rabiosos inmerso en una espiral de venganza. Max comprobó el tablero de mandos; la aguja marcaba menos de veinte litros. Tendría que repostar cuanto antes o, de lo contrario, se quedaría sin carburante, a merced del desierto traicionero.

En aquel momento un sonido familiar llamó su atención y lo obligó a olvidar sus problemas: alguien disparaba una ametralladora. Curioso, aminoró de velocidad y aguzó los oídos; parecía que las ráfagas venían del noroeste. Max abandonó la calzada, aplastó una hilera de matorrales espinosos y se dirigió hacia su objetivo: tenía la intuición de que encontraría gasolina por los alrededores. Diez minutos después, ascendió la ladera de una montaña y aparcó el V-8 al amparo de las rocas. Luego, salió del coche y, cojeando, recorrió el promontorio pedregoso con los prismáticos en la diestra. Al llegar arriba una altiplanicie llenó su campo visual, mostrándole una escena de pesadilla. A un kilómetro de distancia, una caravana de cinco vehículos combatía contra un grupo motorizado. Max elevó los binoculares y estudió el espectáculo: hombres vestidos con ropas de cuero atacaban con metralletas, ballestas y pistolas a un conjunto de aspecto religioso.

Un individuo montado en una Kawasaki rodeó una camioneta. El conductor, un sacerdote de edad indefinida, intentó escapar de su adversario, antes de caer con una flecha hundida en el cuello. El automóvil derrapó, perdió el equilibrio, dio varias vueltas de campana y se detuvo, boca abajo, sobre el alquitrán. Inmediatamente, su agresor saltó de la motocicleta y se abalanzó sobre el Ford, dispuesto a robar el combustible del tanque. Max giró los prismáticos y enfocó el extremo sur de la carnicería: cinco motoristas perseguían, con alaridos crueles, a una muchacha. La novicia corrió, desesperada, por la carretera, agitando los brazos, entorpecida por el hábito negro. Los dientes de Max chirriaron. Una imagen regresó a su memoria: su familia, destrozada en la autopista, gracias al “Cortaúñas” y su banda. Involuntariamente, el corazón empezó a latirle más deprisa. La sangre se le agolpó en las mejillas y aferró los binoculares hasta que le dolieron los dedos. El desenlace fue inevitable: los motoristas alcanzaron a la joven derribándola un golpe en la espalda. Al instante, la rodearon como chacales, ignorando sus chillidos y forcejeos, desgarrándole la ropa y violándola allí mismo. Max cerró los párpados. No podía resistir aquel acto macabro, estaba harto de la barbarie que contemplaba a diario en las carreteras; la locura que invadía el continente desde el Holocausto Nuclear. Deprimido, visualizó la caravana de este a oeste y de norte a sur, buscando posibles supervivientes, sin éxito. Un musculoso pandillero, que llevaba una gabardina hecha jirones daba órdenes a los motoristas, exhortándolos a que se apoderaran de la gasolina que pudieran encontrar. Max centró su atención en aquel hombre. Los prismáticos le mostraron un rostro salvaje, picado por la viruela, que dirigía la matanza con profundo sadismo. El jefe del grupo efectuó una señal y uno de los hombres remató a los heridos, degollándolos con un cuchillo: la novicia pereció escupiendo un borbotón de sangre por la boca. Max inclinó la cabeza. Aunque hubiera podido no habría hecho nada por detener la carnicería; la desventaja numérica le impedía tomar cartas en el asunto.

Media hora más tarde, después de desvalijar los automóviles y los cadáveres, la banda se perdió en la distancia en dirección a Longreach. Max regresó al vehículo, descendió la montaña y se aproximó a la caravana con la esperanza de encontrar algo útil. Los coches humeantes rodeados de cuerpos inertes, le causaron un nudo en el estómago. Al llegar, emergió del Interceptor y agarró, de forma mecánica, la culata de la Hudson que le colgaba en el muslo dentro de una larga funda de piel. La prótesis de su pierna izquierda crujió mientras avanzaba, cauteloso, hacia los despojos desparramados sobre la calzada. Max levantó la vista: quedaban pocos minutos de luz solar; las primeras sombras de la noche cubrían el páramo y extendían sus formas sobre la autopista. Una corriente de aire levantó el olor del combustible derramado. Max profirió una maldición y propinó una patada a una llanta: había llegado demasiado tarde. Terco, revisó los tanques vacíos: los asaltantes habían efectuado bien su siniestra tarea. Un gañido lo apartó del Ford. Expectante, sorteó los cadáveres y volteó el cuerpo de un niño atravesado por una saeta. Un cachorro, de pelaje gris y blanco, escondido bajo la chaqueta del muchacho, lo observó con ojos asustados. Media sonrisa se le dibujó en los labios. No esperaba aquella sorpresa; algo bueno tendría que proporcionarle el despilfarro de carburante que le había costado llegar hasta allí. Max tranquilizó al dingo y comprobó que la herida del lomo era superficial: podría curarlo sin problemas. Una sensación de afecto lo invadió y le hizo rememorar tiempos mejores, cuando era policía y servía a la Ley, antes de que el Apocalipsis lo cambiara todo y arruinara su existencia.

 2

LONGREACH


En silencio, Max descendió las dunas polvorientas con una garrafa metálica en la mano. Las estrellas mortecinas brillaban en el cielo despejado e iluminaban las ruinas de Longreach: calles abandonadas, edificios devastados, carteles destruidos, postes de alta tensión derribados, parques moribundos y automóviles desguazados. Sus pies aplastaron la arena y dejaron un rastro fácilmente identificable; le quedaba poco para llegar a su destino. Max se detuvo, entornó los ojos y estudió la avenida a oscuras: sombras humanas oscilaban a una manzana de distancia en torno a una hoguera. Los gritos de los pandilleros rompieron el silencio de la madrugada, levantando ecos que llegaron a sus oídos. Max se inclinó, atravesó la calle y se ocultó detrás de un Chevy Impala del 59. Tambaleándose, dos hombres pasaron a su lado, borrachos como cubas, unidos en un estrecho abrazo. Rígido, contuvo la respiración, apretó el pomo del puñal que llevaba en la caña de la bota y esperó a que desaparecieran en las tinieblas. Seguidamente, se incorporó, se pegó a un muro y avanzó hacia los motoristas. Tomando todo tipo de precauciones, llegó al final de la avenida, se escondió tras la carrocería de un camión destrozado y asomó la cabeza por un lateral. En mitad de la calle, en torno a las llamas carmesíes, una docena de siluetas bailaban delante del fuego, poseídas por un salvajismo primigenio. Asqueado, Max observó sus movimientos grotescos, sintiendo como la bilis se agolpaba en la garganta. Uno de los motoristas se derrumbó de frente, encima de la hoguera, completamente ebrio. Las ropas ardieron, el olor de la carne quemada se elevó en el aire y llegó a sus fosas nasales. Los compañeros de éste rieron, divertidos, sin molestarse en hacer nada por auxiliarlo. Max ignoró a los pandilleros, aferró el asa de la garrafa y buscó sus vehículos con la mirada. A cincuenta metros de distancia, frente a una gasolinera desierta, las motocicletas y los coches modificados destellaban bajo la luz de la fogata. Rockatansky los reconoció: un Sedan XK Falcon, una Kawasaki 1977 KZ-1000 (el mismo modelo que Jim “El Ganso” condujo en el pasado), un Chevrolet del 34, una Suzuki Katana 1981, un Pontiac GTO del 69, una furgoneta Mazda Bongo Van, una Honda CB 750, un Valiant VH 1973 y dos Yamaha XS 1100E. Como una sombra, abandonó su precario refugio, evitó el resplandor de las llamas y se internó en la penumbra.

Max sabía a lo que se arriesgaba, si los motoristas lo capturaban sería hombre muerto. La idea de caer vivo en sus manos le puso la carne de gallina; había visto lo que eran capaces de hacer. No le quedaba más remedio que arriesgarse, necesitaba combustible para continuar adelante, en el páramo sus posibilidades menguarían: cien mil kilómetros de terreno baldío lo apartaban de cualquier reducto civilizado. Durante sus vagabundeos había escuchado rumores, historias poco creíbles sobre una ciudad situada en algún lugar del Desierto Simpson dónde el carburante era la moneda corriente al igual que en los viejos tiempos. Las bombas nucleares habían arrasado el continente hacía años; la imaginación de los supervivientes no conocía límites.

Conforme se aproximaba a la construcción, divisó una figura imprecisa en la lobreguez de la noche, crucificada en los surtidores. ¿Quién sería aquel hombre? Max rodeó la gasolinera sin emitir el menor sonido y penetró por la parte de atrás. Sus ojos acostumbrados a la negrura captaron las formas del sacerdote: mitra desgarrada, huesos rotos, rasgos tumefactos y miembros lacerados por gruesos clavos. Inesperadamente, la cabeza del hombre hizo un leve movimiento y sus labios destrozados se abrieron.
—Agua...
Max siseó:
—¡Silencio!
Su propia voz le sonó extraña: llevaba semanas sin hablar con nadie. El clérigo no pareció escucharlo.
—Agua...
—Cierra el pico —gruñó—. No tengo agua.
La mirada enloquecida del hombre se encontró con la suya.
—No eres uno de ellos, ¿verdad?
—No.
El sacerdote continuó:
—Supongo que vienes a por la gasolina de estas bestias...
Rockatansky asintió:
—Sí.
El hombre señaló los tanques con un débil movimiento.
—Te diré donde la guardan... Pero antes debes prometerme una cosa, vagabundo.
Max inquirió con interés:
—¿El qué?
—¡Mátame!
Un escalofrío recorrió la espina dorsal del antiguo patrullero.
—¿Estás seguro de lo que dices?
El clérigo suspiró:
—Siento que el señor me reclama. Me falta poco para reunirme con mis hermanos y hermanas. ¿Sabes si alguno sobrevivió?
Max decidió no decirle la verdad.
—No sé de lo que me hablas.
Una sonrisa torturada iluminó los rasgos del hombre.
—Mientes, vagabundo. He confesado a demasiadas personas. Sé cuando alguien es sincero y cuando no...
Max fue franco:
—Acabaron con todos esta tarde. ¿Dónde está el combustible?
Al perder su pasado también había perdido su alma: lo único que le importaba era obtener carburante. 
—Justo detrás de mí.
Max dudó, no deseaba matar a aquel hombre, pero de no hacerlo, sus padecimientos no conocerían límites y su rostro asediaría sus peores pesadillas.
El sacerdote elevó la mirada al cielo.
—Que se haga la voluntad del Señor.
Max sacó el puñal: una promesa era una promesa. Su tono destiló algo cercano al consuelo: 
—Hasta siempre.
La hoja traspasó el corazón del clérigo y acabó con su existencia. Un gemido escapó de los labios del sacerdote.
Max comprobó el depósito, abrió la tapa de la garrafa, sacó la manguera y la introdujo dentro del recipiente: la gasolina manó y llenó el tambor de veinte litros. Una voz rompió el silencio:
—¿Aún sigues vivo, perro?
Max reconoció la figura que caminaba hacia la gasolinera. Gorro de aviador, trinchera, vestiduras de algodón y botas de piel de cocodrilo. Achispado, el líder de la banda se detuvo delante del cadáver: la borrachera le impidió ver la silueta vestida de cuero agazapada en la negrura. Con voz pastosa comentó:       
—No dices nada, ¿eh?
Max dio un salto, agarró al hombre por la camisa y le enterró la hoja en el esternón. El alarido del pandillero quedó ahogado por su diestra enguantada. Agónico, el hombre le arañó la cara: sus facciones cubiertas de cicatrices se contorsionaron en una mueca asesina. Los dientes podridos buscaron su garganta pero Rockatansky le apartó la cabeza y clavó el puñal en el vientre de su enemigo. Un espasmo recorrió la fisonomía del hombre, la fuerza de los brazos cedió y un brillo de reconocimiento resplandeció en sus pupilas: el miedo ante la cercanía de la muerte había hecho mella en su espíritu. Max sacó el cuchillo, volvió a hundirlo en la carne temblorosa y destripó al gigante: las entrañas rojas y azuladas se desparramaron sobre sus pies. Con un gesto de repugnancia, se quitó el cadáver de encima y limpió la sangre del puñal en la gabardina: aquel tipo había recibido lo que merecía. De un rápido vistazo, verificó que los sonidos y forcejeos de la lucha habían pasado desapercibidos: los motoristas roncaban bajo los efectos del alcohol. Max dio media vuelta, se orientó lo mejor que pudo en las tinieblas y se dispuso a regresar a su coche. De improviso, un individuo apareció delante de sus narices, empuñando un rifle de dardos.
—¡Alerta! —gritó—. ¡Intruso!
De inmediato, Max sacó el pistolón y apretó el gatillo: el centinela salió despedido hacia atrás con la cabeza abierta en dos. El disparo despertó a los pandilleros dormidos. Un clamor colectivo sacudió la madrugada y estremeció los confines de la ciudad. La sorpresa y el desconcierto dieron paso a la fiebre de la caza. Voces ansiosas de sangre lo maldijeron prometiendo dolor, torturas y muerte. Rockatansky no tuvo la oportunidad de escuchar nada, su huida errática en la oscuridad lo distanció de sus oponentes: debía alcanzar el V-8 antes de que los motoristas llegaran a sus vehículos.   

3

RUEDAS DE ACERO


Rugiendo, el supercargador Weiand absorbió oxígeno y lanzó al Interceptor en una carrera desesperada a través de la carretera bañada por los primeros rayos del amanecer. Max cambió a cuarta, dio un volantazo y sorteó una depresión que arrancó una lluvia de chispas a los bajos del automóvil. Cien metros atrás, los pandilleros forzaban sus vehículos para intentar darle alcance: el bramido del motor ahogó sus improperios. Rockatansky echó una ojeada a su izquierda. El cachorro, tumbado en el asiento del pasajero, le devolvió una mirada asustada agachando la cabeza. Un arma abrió fuego, los proyectiles rozaron la carrocería del Interceptor sin hacerle ningún daño. Max cambió a quinta ganando terreno a sus perseguidores. Si una bala acertaba los depósitos supletorios instalados en el maletero, saltaría por los aires.

La autopista transcontinental era interminable: se extendía en la distancia, bordeada por el erial desértico. Max observó el espejo situado a su derecha: la Suzuki Katana, el Valiant del 73, la Kawasaki del 77, el Falcon HK, la Honda CB 750 y las Yamahas, seguían su rastro como sabuesos enloquecidos. Por suerte, la mayoría de los pandilleros se encontraban demasiado borrachos para perseguirle. Revisó el salpicadero: le quedaban quince litros de carburante; había gastado más de cinco desde la jornada anterior. Como continuara a aquella velocidad, agotaría el combustible que le restaba; debía combatir para conservar lo que tenía. Max apretó un botón de la caja de cambios y apagó el turbocompresor. El V-8 aminoró de velocidad y descendió a noventa kilómetros por hora. Poco a poco, las motocicletas ganaron terreno y lo rodearon. Detrás, el Valiant, y el Falcon formaron un semicírculo y le imposibilitaron la oportunidad de escapar.

Inesperadamente, Max hundió el pedal de freno a fondo. Los neumáticos rechinaron y el vehículo se detuvo con brusquedad. La Kawasaki chocó contra la parte trasera del Interceptor. El piloto dio un brinco por encima del coche y se destrozó la cara al aterrizar. Max pisó el acelerador, se desvió a la izquierda y arremetió a los motoristas que pasaban a su costado. La Susuki intentó evitar el impacto, derrapó sobre el alquitrán y rodó con estrépito. El Interceptor colisionó contra una Yamaha, el lateral aplastó la pierna del hombre y lo arrojó de la moto, convertido en un guiñapo. El conductor de la Honda fue incapaz de esquivar a sus compañeros y la rueda delantera embistió a la Kawasaki. El vehículo trazó una elipsis y el pandillero cayó de bruces con un sonido de huesos rotos. Max sacó la mano por la ventanilla, los cañones gemelos de la Hudson brillaron, reventando el parabrisas del Sedan XK Falcon. La detonación destrozó el cráneo del conductor, esparció sus sesos sobre el cristal fragmentado y lo derrumbó encima del tablero de mandos. Maldiciendo, el copiloto agarró el volante para controlar el automóvil pero el cadáver se lo impidió. El Falcon atravesó el arcén y se estalló contra una roca. Max activó el supercargador y puso el motor al máximo de revoluciones, agrediendo al vehículo que tenía delante. El conductor del Valiant rebotó contra las paredes de la cabina, el segundo impacto ladeó el automóvil y lo dejó en posición horizontal. El antiguo policía pasó por alto el olor a embrague quemado. Su enemigo levantó una Smith & Wesson preparado para volarle la cabeza, con la cara desencajada por el odio. Max se anticipó; se las había ingeniado para recargar el arma. Las facciones repulsivas explotaron en una marejada sangrienta y salpicaron el volante de masa encefálica y astillas de hueso. La Yamaha zigzagueó, dándose a la fuga. Vengativo, Max no le dio la oportunidad de huir. El morro del Interceptor la derribó dentro de una zanja. Rockatansky frenó, saltó del automóvil y renqueó hacia el motorista: el frío de la noche había hecho mella en su pierna lesionada. 

Sin desearlo, rememoró una carrera similar efectuada años atrás, en dirección a su familia, en una autopista de Melways. El dolor le arrebató la respiración, le humedeció los ojos y estranguló su alma: sabía que nunca podría superar aquel momento. Max apretó el paso mientras recordaba los hechos: las súplicas de la anciana que les había ofrecido hospitalidad, el peso de la escopeta en su mano, la sensación de impotencia, la saliva agolpada en su garganta, la visión de los cuerpos abatidos sobre la carretera, las nubes grises que colgaban sobre su cabeza...

La Yamaha, tirada sobre un costado, soltaba una espiral de humo por el radiador, perdiendo combustible. Rockatansky entró en la zanja y localizó al pandillero debajo de la carrocería, con el manillar de la motocicleta incrustado en el pecho. Max encajó las mandíbulas y desenvainó el puñal. Aquel hombre había degollado a los supervivientes de la caravana. Con voz trémula, la sabandija suplicó:
—No... Por favor...
Impertérrito, Max le mostró la hoja afilada y le cortó el cuello: un reguero escarlata empapó la arena ardiente. De inmediato, le arrancó el casco al cadáver, lo puso debajo del motor y acopió la gasolina que no podía permitirse el lujo de desperdiciar.    


Horas después, Max guardó en la parte trasera del V-8 el botín: baterías, pistones, bombas centrífugas, cilindros, correas de transmisión y filtros de aceite. Satisfecho, colocó una garrafa llena de carburante entre los depósitos: había recuperado con creces el combustible perdido. En la bóveda celeste, a contraluz, las primeras aves de presa realizaban lentos círculos, a la espera de que el antiguo policía abandonara el lugar, atraídas por el olor de la carroña. Con un chirrido, el Interceptor dejó la marca de los neumáticos en la carretera, levantó una nube de polvo y se desvaneció en el horizonte hacia el oeste.

Siempre hacia el oeste...