viernes, 21 de octubre de 2016

RESEÑA "WOLFGANG STARK" CORTESÍA DE LA NOVELA ANTIHISTÓRICA


Vuelve a “La novela antihistórica” un viejo conocido. O más bien el ancestro de un viejo conocido: Konrad Stark. El inefable mercenario sajón que se mueve entre las guerras revolucionarias y napoleónicas abriéndose paso a estocadas, merced a una atrabiliaria simpatía y, sobre todo, gracias a una falta de escrúpulos imprescindible para un superviviente como él. En otras palabras: vuelve a “La novela antihistórica” el ancestro de una de las creaciones más populares del escritor Alexis Brito.

En “Wolfgang Stark. El último templario” nos encontramos, pues, con el lejano antepasado de Konrad Stark, que, a comienzos del siglo XIV, inicia la larga tradición familiar de mercenarios que parece llegar a su punto más alto con el carismático Konrad. 

Todo empieza en esta nueva novela histórica de Alexis Brito con la bien conocida e hiperrelatada detención y masacre de los caballeros de Jacques de Molay en 1307, que pone fin a la Orden del Temple, de la que es parte Wolfgang Stark.

De ahí, se podría deducir, prima facie, sin más elementos de juicio que guiarse por la portada, que “Wolfgang Stark. El último templario” es otra incursión más la enésima de un escritor fascinado por la malograda Orden Templaria que habría dejado tras de sí innombrables misterios que, como bien saben muchas grandes editoriales y numerosos autores, es éxito casi asegurado cuando se elige como tema de una novela. Pues esa especie de subgénero de la novela histórica el que podríamos llamar “de misterios templarios” se ha demostrado, muchas veces, como altamente vendible en ese maltrecho y hoy (gracias a Jeff Bezos) desarbolado sector.

Sin embargo, hay que advertir que “Wofgang Stark. El último templario” es algo ligeramente diferente a todo eso. Lo cierto es que Alexis Brito no ha recibido los altos honores de ser un autor independiente en la España actual por casualidad ni de manera inmerecida, y lo demuestra, una vez más, con esta novela. 

En efecto, “Wofgang Stark. El último templario” es tan absorbente, tan entretenida como cualquier otra del subgénero “misterios templarios” al que acabamos de hacer referencia, pero tiene elementos que rara vez encontramos en esas novelas. Más adocenadas cuanto más importante es la maquinaría editorial que suelen tener detrás.

Así, los personajes de “Wolfgang Stark. El último templario” y las situaciones históricas en las que estos se mueven, sorprenden por el tratamiento que Alexis Brito les da. 

Wolfgang Stark es un producto de su tiempo, enteramente real: hijo de un pequeño noble sajón, decide abandonar los privilegios de su estamento y hacer carrera eclesiástica pero dentro de una orden, la del Temple, en la que la meditación espiritual y la salvación del alma (el fin último de los hombres del siglo XIV) no está reñida con la acción. Más bien todo lo contrario.

Algo que queda bastante claro por la manera en la que Alexis Brito nos relata, en las treinta primera páginas de su novela, el modo en el que Wolfgang Stark sobrevive a la detención de Jacques de Molay y sus hermanos templarios, que acaba en un duro enfrentamiento con las tropas del rey de Francia Felipe IV. Quienes sean lectores habituales de Alexis Brito no saldrán defraudados. El último templario se abre paso a mandobles con una notoria soltura. Casi la misma que su padre literario muestra con los minuciosos detalles sobre el armamento y la táctica de combate de la época, de los que hace un alarde que es de agradecer. 

Además de esto, Wolfgang Stark es un personaje verosímilmente atormentado, que padece eso que se llama hoy día “síndrome del superviviente”. Es decir, la culpabilidad que sufren quienes han sobrevivido a una catástrofe en la que han caído muchos otros próximos o no al superviviente, que no se explica la razón por la que él ha sobrevivido en el lugar de otros. Acaso mejores que él. 

Esa desazón es la que impulsa a Wolfgang Stark de un lado a otro del mapa de la Europa en la que es un proscrito, como otros supervivientes templarios, a Tierra Santa y de allí de vuelta a Europa.

Largos viajes en los que topa con personajes llamativos. Como el noruego Harald, marino del barco que, en la segunda parte del capítulo titulado “El gigante del abismo”, lleva a Wolfgang Stark de vuelta a Europa. 

A través de ese personaje, Harald, Alexis Brito muestra una gran maestría en el relato histórico, desconocida para muchos practicantes del género, dibujando, con apenas unas cuantas pinceladas bien dadas, a un verdadero noruego de comienzos del siglo XIV. Es decir, un hombre que se debate entre las antiguas creencias paganas y las cristianas, evitando así caer en absurdos tópicos sobre “vikingos”, pero sin por ello renunciar al juego que, como personaje de acción, se esperaría de alguien como Harald. 

Por supuesto “El último templario” también tiene sus dosis de misterios templarios sin las cuales, tal vez, carecería de sentido haberla escrito.

Es algo que se hace patente en las partes II y III de ese mismo capítulo, donde Wolfgang Stark se ve atrapado en una situación en la que Alexis Brito rinde homenaje a la literatura “pulp” de los años treinta hoy convertida en clásico. Es decir, a H. P. Lovecraft y al Robert E. Howard de relatos como “Gusanos de la Tierra”. 

Ahí, entre impresionantes apariciones shakesperianas del difunto padre de Wolfgang Stark, épicos combates con nigromantes y razas degeneradas expulsadas a los márgenes de una Noruega ya completamente cristianizada, aparece el mítico Baphomet. El símbolo impío, demoníaco, que se dijo adoraban los templarios y sirvió para acusarlos y condenarlos. 

Wolfgang Stark se abrirá paso en ese turbulento escenario por medio de todo un reguero de sangre que le permita llevar ese símbolo hasta Escocia. Tal y como se le ha pedido que haga, por encargo de un noble de esa nacionalidad. 

A partir de ahí la novela se desarrolla en diferentes episodios muy similares, en los que el atormentado templario se enfrenta a nuevos peligros y sale airoso de ellos.

Unas veces gracias a su fuerza física y otras gracias a la espiritual. Particularmente notable es su enfrentamiento con el Príncipe del Aire, que se le aparece, como solía ser habitual en él, bajo la forma de un enigmático viajero de nombre supuesto. 

Un episodio en el que Alexis Brito combina magistralmente las creencias escatológicas de un caballero medieval que recuerdan a “El séptimo sello” de Bergman o incluso a “El Caballero, la Muerte y el Diablo” de Durero con una acción en la que la violencia está muy limitada en lo físico, reduciéndose el enfrentamiento a una cuestión más bien espiritual, en la que se decide una sutil lucha entre lo que es correcto y lo que es incorrecto y se despacha también toda una completa teoría sobre la justificación del origen del Mal en un mundo creado por un Dios bondadoso.

Similares características tiene el capítulo en el que Wolfgang Stark debe afrontar el único episodio romántico de todo el libro, donde su valor es puesto a prueba no por el miedo o la tentación como ocurre en su enfrentamiento con el Demonio, sino para que abandone su vida errante y se convierta en un hombre sedentario y casado con una mujer a la que, sin duda, ama. 

Con esa alternancia de episodios violentos con otros más reflexivos es cómo “Wolfgang Stark. El último templario” llega a un relativamente sorprendente final abierto y en el que espera a los lectores una nueva ración de aventura y acción combinada con una interesante dosis de datos históricos sobre la accidentada vida de la mujer del rey inglés Eduardo II. Isabel, conocida como “La loba de Francia”, hija de Felipe IV, el rey que condena a los templarios, a la que Alexis Brito endosa un nuevo amante, Michael Oldcastle, que, naturalmente, se las tendrá que ver con Wolfgang Stark durante una no menos accidentada expedición por la entonces apenas explorada costa africana que acaba dejando muchas posibilidades abiertas. 

Entre ellas, acaso, una nueva novela con Wolfgang Stark como protagonista que explique qué acabó ocurriendo con el Baphomet llevado a Escocia. Ese punto donde se dice vinieron a converger los fugitivos templarios y el origen de la Masonería, también acusada por sus detractores de adorar a esa figura equívoca…

Enlace original:

sábado, 1 de octubre de 2016

DAVID BOWIE: "THE GOUSTER"


Durante 1974, en un descanso de la gira de Diamond Dogs, David Bowie alquiló los estudios Sigma Sound de Filadelfia para grabar nuevos temas. Inspirado por el programa Soul Train, el funky, el Motown, la escena latina y el R&B, era hora de probar un estilo diferente que le permitiera ampliar sus horizontes musicales. Carlos Alomar —guitarrista portorriqueño criado en Nueva York que había trabajado con James Brown y Chuck Berry— lo puso en contacto con músicos del circuito local. La formación con la que grabaría su próxima obra sería la siguiente: Robin Clark, Ava Cherry y Luther Vandross como coristas, Mike Garson al piano, el saxofonista David Sanborn, el bajista Willie Weeks y Andy Newmark a la batería.

Bowie empezaba a tener problemas económicos con MainMan. Al sanear sus finanzas, había descubierto que no era más que el títere de una compañía que se había enriquecido a su costa. Vivía de créditos y anticipos y se sentía estafado por su mánager Tony Defries. Por otra parte, la cocaína le estaba pasando factura; se encontraba deprimido, exhausto y emocionalmente inestable debido a su consumo. A pesar de ello, durante seis frenéticas semanas, impulsado por el afán de experimentar y una insultante seguridad en sí mismo, demostró que era capaz de abrazar un sonido ajeno para convertirlo en propio. Osado, incursionó el terreno en el que Al Green, Marvin Gaye, Aretha Franklin, Barry White, Donna Summer o Isaac Hayes destacaban.    

Con Tony Visconti en la labor de productor, las sesiones fueron improvisadas, rápidas y productivas. Un soul exuberante impregnaría canciones como “Somebody Up There Likes Me”, “Right”, “It’s Gonna Be Me” y las baladas “Can You Hear Me” y “Who Can I Be Now”. “John, I’m Only Dancing (Again)” fue reinterpretada como un número funky y el futuro clásico “Young Americans” tuvo influencia del estilo compositivo de Bruce Springsteen. La forma de cantar de Bowie había madurado: ahora era sugerente, profunda y sensual, entre el vibrato, el gemido y el falsete, con ecos de Scott Walker, Brian Ferry y Frank Sinatra. Finalmente, en un alarde de generosidad, al terminar el álbum, invitaron a un grupo de fieles fans “Sigma Kids” para que disfrutaran del trabajo antes de que saliera a la venta. Su pasión por la música negra era auténtica, no fue una maniobra impostada para conquistar Estados Unidos. The Gouster —título original del proyecto— rompía con todo lo que había hecho antes; lejos quedaba la riqueza melódica de los discos glam con los que había saltado a la fama. “After Today”, “I’m A Laser” (que se transformaría en “Scream Like A Baby” años después), “Shilling The Rubes” y el cover “It’s Hard To Be A Saint In The City” del Boss no fueron incluidas en el disco.    

Bowie regresó a los escenarios para finalizar la segunda parte de la gira por tierras americanas. Alomar se sumó a Earl Slick como guitarra y añadieron “Knock On Wood” al repertorio. Fue una época de glamour, excesos, fiestas en Beverly Hills, amistades famosas (Elizabeth Taylor, Cher, Bing Crosby), declaraciones controvertidas sobre ufología y estupefacientes. Conforme avanzaba el espectáculo, el teatral escenario de Hunger City (con edificios de nueve metros de altura, puente levadizo, grúa elevadora y números coreografiados) desapareció a favor de un sencillo espectáculo soul que sirvió para estrenar sus nuevas canciones. Gracias a ello, el británico ganó dinero por primera vez en directo. Entre bastidores, Freddy Sessler —acompañante habitual de Keith Richards— siempre llevaba los bolsillos repletos de ampollas de la cocaína médica más pura que podía conseguirse en el mercado. Bowie cambió de imagen: sombrero, corbata, camisas blancas y pantalones anchos con tirantes; poco tenía que ver con el dios alienígena Ziggy Stardust que había triunfado en Inglaterra. Aunque la gira fue un éxito, la crítica con Lester Bangs en cabeza, tomó su viraje estilístico, visual y sonoro como una completa farsa.

A finales de año, después de despachar “Fascination” y “Win” en Nueva York, Bowie se dispuso a grabar una versión de “Across The Universe” de los Beatles. En enero, junto a John Lennon, Carlos Alomar y Eddie Kramer al mando de los controles, improvisando sobre el riff de “Foot Stompin”, la magia invadió los estudios Electry Ladyland y “Fame” nació gracias a una base acústica de Lennon. “Fame” fue un ataque a MainMan, a la decadencia y falsedad del mundo del estrellato que llegaría al número uno de los charts de Estados Unidos.

Bowie se sintió en deuda con Lennon y, aunque “Across The Universe” era un tema poco inspirado, decidió incluirlo como homenaje a su amigo. The Gouster había mutado en Young Americans para consternación de Visconti, que no esperaba cambios de aquella envergadura. El álbum fue uno de los más exitosos de Bowie durante los años setenta y este repetiría la misma fórmula con el multiplatino Let’s Dance (EMI, 1984) y Black Tie White Noise (Arista, 1993). La tendencia estaba marcada: artistas como Bee Gees, Elton John, Roxy Music, Talking Heads, Queen, ABC, Spandau Ballet y Simply Red recogerían su legado. A velocidad de vértigo, 1976 alumbraría al Duque Blanco: otro golpe de timón que aproximaría a su creador a un sonido tan experimental como europeo.