jueves, 17 de noviembre de 2016

UNA SATISFACCIÓN JUSTA (II): LAS ACUSACIONES DEL INTENDENTE


Cuando las sombras cubrieron el terreno helado, la patrulla alcanzó las puertas de Siikajoki. Los preparativos de la batalla habían sumido a la ciudad en una anarquía: ciudadanos temerosos, soldados de gatillo fácil, comerciantes que abandonaban el lugar en carromatos y mercenarios que buscaban la manera de enrolarse en el ejército del mariscal Klingspor para ganar un plato de lentejas. Colérico, Stark observó los edificios de piedra y los tejados que sobresalían por encima de las murallas; había tardado más tiempo en pasar los malditos controles suecos que en llegar a la villa.
Un centinela armado con una carabina detuvo el avance del convoy. Tendría, como mucho, dieciséis veranos. Otro cabeza cuadrada que, vencido por el honor, se habría alistado voluntario para defender su patria.
—¿Quiénes diablos son ustedes? —inquirió de mala manera—. No está permitido entrar a la ciudad a estas horas.
El sajón fue cortante; los pelagatos que se tomaban su trabajo demasiado en serio le hinchaban las narices.
—Cierra el pico y déjanos pasar —rezongó—. Llevamos todo el día a lomos de nuestros caballos y nos duelen las nalgas. No quiero perder el tiempo dando explicaciones a un mocoso como tú.
Los finlandeses estallaron en carcajadas. Humillado, el muchacho se sonrojó como un tomate.
 —¡Levante las manos! —gritó mientras lo apuntaba con el fusil—. ¡Queda detenido!
El jefe de la guardia, atraído por el escándalo, al reconocer al grupo del sajón, intervino con prontitud:
—¡Baja la puta carabina, idiota! —bramó mientras le asestaba un guantazo que estuvo a punto de arrancarle la cabeza de los hombros—. Perdona, Konrad —se disculpó—. Esta mañana he recibido un grupo de recién salidos del cuartel que no sirven ni para limpiar la mierda del palo de un gallinero. ¡Están más verdes que un niño en la teta de su madre!
Stark se echó a reír.
—No te preocupes, compadre —dijo—. Una hostia como la que le acabas de dar convierte en un hombre a cualquiera en un santiamén.
—Pasad —invitó mientras se abrían las grandes puertas de acero—. No os quedéis a la intemperie.
Stark le guiñó un ojo mientras le pasaba subrepticiamente una pequeña bolsa de plata. Gracias a aquella suma, nadie se molestaría en registrar los carromatos. El jefe de la guardia, al igual que la mayoría de los militares, tenía un precio.   
—Gracias, compañero.

El convoy se adentró por la calle principal de la ciudad con lentitud, ignorando a las personas que avanzaban por todas partes. El sonido de las herraduras resonó sobre el empedrado. Los faroles y las antorchas proporcionaban una irradiación mortecina a las viviendas. La ciudad apestaba a miedo; todos temían a los rusos que acampaban en las inmediaciones del río Siikajoki.
Nevaba ligeramente, cubriendo las avenidas de blanco. Stark se dirigió hacia la parte alta del barrio, introduciéndose por una serie de callejuelas estrechas. Conocía los suburbios a la perfección; no en vano había pasado las últimas semanas desplumando a las cartas a los incautos de la zona. Ojos desalmados los observaban desde la penumbra; ningún ladrón se atrevería a atacarlos mientras fueran en grupo. Finalmente, cuando les faltaba poco para llegar a la casa del prestamista, una desagradable sorpresa les heló la sangre en las venas.
—¿Pero qué coño…?
Una docena de soldados fuertemente armados los esperaba al doblar la esquina. Sin darse cuenta, el sajón llevó una mano a la pistola enfundada en el cinto. Por las expresiones hoscas y circunspectas de los suecos, aquellos desgraciados llevaban un buen rato esperándolos. Stark estuvo tentado en abandonar el pescante y salir por piernas pero no podía dejar a sus hombres en la estacada. Con tranquilidad, se detuvo a unas treinta varas del cabecilla del grupo; un teniente por las charreteras que llevaba sobre los hombros.
—Buenas noches, señores míos —saludó—. ¿En qué puedo servirles?
Un individuo calvo y gordo, emperifollado como una fulana y de aspecto avieso, dio un paso adelante a la vez que mascullaba:
—Menos monsergas, Stark. Sabemos que has robado a los rusos. El contenido del convoy pertenece al Estado.
El sajón apretó las mandíbulas. Se encontraba frente al intendente de los ejércitos de Klingspor. Según los rumores que había escuchado en las tabernas, aquel cretino solo entendía de números y estadísticas. Implacable, severo y cruel como pocos, los soldados las pasaban canutas para recibir una simple bandolera.  
Stark se hizo el tonto.
—¿Perdona? No sé a lo que te refieres, compadre.
El gordo enarcó las pobladas cejas.
—Lo sabes mejor que nadie, Stark —escupió con desprecio—. Uno de los espías del regimiento te vendió información confidencial sobre las rutas de abastecimiento del enemigo. El muy idiota, gracias al oro que le diste, pilló una borrachera monumental en un lupanar. Por suerte, la chica que había contratado era una fervorosa patriota y no tardó en comunicarlo a las autoridades pertinentes.
Aunque todo estuviera en su contra, Stark se desternilló de risa.
—Por supuesto —se burló del intendente—. La zorra ama a su patria mientras se abre de piernas por unas míseras monedas... ¡Conmovedor!
A ninguno de los suecos le hizo gracia el chiste.
—Bajad del carromato ahora mismo—ordenó el oficial mientras le enseñaba unos gruesos grilletes—. Quedan todos detenidos por asesinato, robo y malversación de fondos del Estado.
El intendente se encontraba rebosante de satisfacción. Stark detestaba a aquella clase de individuos ambiciosos, miserables y amargados que solo disfrutaban haciendo la vida imposible a los demás. Envidiaban su inteligencia, arrojo, valentía, talento para los naipes, virilidad y suerte con las mujeres. Una bala en mitad de los ojos era el mejor modo de tratar con ellos.
—¿Asesinato? —zumbó—. ¿Desde cuándo liquidar a los invasores se considera un crimen? ¿Tiene algún cargo más guardado en la manga o los improvisará conforme me conduzca a prisión?
El sajón no pensaba terminar sus días bailando en el extremo de una cuerda. Sabía que, aunque la guerra estuviera llamando a las puertas de la villa, los suecos encontrarían tiempo para ejecutarle.
El teniente arrastró las palabras:
—Cierre la boca o tendrá motivos para lamentarlo, Stark.
Este apretó el puño del mandoble.
—¿Quién va a hacerme callar? ¿Usted?
El aire estaba cargado de tensión. Por el rabillo del ojo, Stark vislumbró a sus hombres. Los soldados estaban tan atentos a su persona que habían olvidado al resto de la patrulla. Inesperadamente, Carl se levantó de un salto y disparó a bocajarro contra el oficial.
—¡Púdrete en el Infierno, hijo de perra! —exclamó.

El teniente salió despedido hacia atrás con el cuello perforado por la detonación. De inmediato, la calle devino en un caos de gritos, estampidos, blasfemias y amenazas. El intendente, aterrado, tomó las de Villadiego. Los mercenarios, furiosos, se batieron contra los suecos sin el menor remordimiento. Carl fue el primero en morir; una descarga le arrancó parte de la mandíbula y arrojó su cadáver entre los garañones que tiraban del carromato. Maldiciendo, el sajón abandonó su posición y se puso a cubierto lo mejor que pudo detrás de las ruedas. Otro de los finlandeses pereció con la cabeza destrozada. Balas picotearon el asiento y los ejes de madera. Astillas salieron despedidas por los aires y le golpearon el rostro, encegueciéndolo. Con la cara cubierta de sangre, luchó por recuperar el control de sus sentidos. Ardía de rabia y lo único que anhelaba era llevarse por delante a todos los rivales que pudiera. Un tercer mercenario cayó con los pulmones atravesados.

Acorralado, en inferioridad de condiciones y con la vida pendiendo de un hilo, a Stark no le quedó más remedio que poner pies en polvorosa. Dejó atrás el convoy y, a duras penas, se introdujo por una calle adyacente. Un disparo le arrancó un gemido de sufrimiento; la bala le había lamido la cadera. Unos palmos más a la izquierda y lo hubiese traspasado de parte a parte. A trompicones, se quitó la bufanda del cuello e hizo presión contra la herida para contener la hemorragia. Al llegar al final de la callejuela, escuchó unos juramentos. Volvió la cabeza: tres soldados provistos de mosquetes se habían lanzado en su persecución.
—¡Solo queda uno! —chilló un sueco espoleado por la fiebre de la caza—. ¡Acabemos con este bastardo!
Perdiendo sangre, corrió como un loco durante un espacio de tiempo que le resultó interminable. El enemigo, pegado a sus talones, no cedía un ápice de terreno; solo regresaría a la guarnición cuando le llenaran el cuerpo de plomo. Avanzó hacia la izquierda, después dobló a la derecha y por último, se encontró delante de una pequeña y destartalada iglesia. Frenético, echó un vistazo a su espalda. La calle, por el momento, se encontraba vacía. No podía seguir huyendo, tarde o temprano terminarían por darle caza; necesitaba un refugio.
—Que sea lo que Dios quiera...

Stark rodeó el edificio y tropezó con una puerta. Reuniendo las escasas energías que le restaban, se arrojó contra la misma. La madera emitió un crujido y tembló hacia dentro. El impacto le dejó del hombro entumecido. Ignoró el dolor y volvió a embestir la entrada. La cerradura saltó en pedazos y le permitió acceder al interior de la iglesia. Con el corazón bombeándole salvajemente en el pecho, penetró en el edificio y cerró la puerta apoyándose en ella. Con el pistolón en la zurda, aguzó los oídos; los suecos pasaron delante de su posición y desaparecieron en la noche.

Exhausto, Stark se dejó caer al suelo. Estudió su entorno: se encontraba en una estancia a oscuras bordeada por toneles de vino que, a través de un estrecho pasillo, conectaba con la parte posterior de la capilla. Tragó saliva para aclararse la garganta seca; la carrera lo había dejado con una sed espantosa y el cuerpo empapado de sudor. Un odio visceral encendía sus entrañas como el fuego; no descansaría hasta abrirle la cabeza a aquel condenado intendente.

Comprobó el alcance de las lesiones; por fortuna, el balazo que había recibido en la cadera había cesado de sangrar. Mareado, se puso en pie y utilizó una barrica para atrancar la puerta. Después, se echó un largo trago de vino al coleto. El alcohol, junto a la pérdida de sangre y el cansancio, le produjo una profunda modorra. Lamentaba la muerte de sus hombres; el destino había escupido en la cara de aquellos pobres desgraciados. Stark cerró los párpados y, empuñando la pistola cebada, se rindió al sueño.   


            

viernes, 4 de noviembre de 2016

UNA SATISFACCIÓN JUSTA (III): UNA SATISFACCIÓN JUSTA


Una voz lo arrancó del tétrico mundo de las pesadillas:
—¿Qué le ha pasado, hijo? ¿Se encuentra usted bien?
Alarmado, Stark abrió los ojos, presto para defenderse. Sin pensarlo, apuntó con el arma al individuo que se dibujaba delante de su persona. Al descubrir la sotana negra y el alzacuello, respiró con alivio. El cura retrocedió unos pasos con las manos en alto, mostrándole que no pretendía hacerle daño.
 —Siento haberlo asustado, padre  —se disculpó—. Tuve una mala noche.
¿Por qué el rostro del sacerdote le resultaba tan familiar? El sajón se devanó los sesos intentando descubrir de qué lo conocía, sin éxito. El religioso tendría unos treinta y tantos años de edad, facciones huesudas, órbitas hundidas, pelo prematuramente gris y le faltaban casi todos los dientes de la boca.
—¿Quién es usted? —inquirió desconfiado mientras se ponía en pie—. ¿Nos hemos visto antes?
El cura asintió.
—Me temo que sí, hijo.
La lista de enemigos que se había labrado durante toda su existencia era tan larga que podría llenar la Biblia sin problemas. Stark amartilló la pistola.
—Sorpréndame…
—Preferiría hablar en mi despacho delante de un fuego, sentados y con una copa de vino en la mano. ¿Tendría la gentileza de acompañarme?
—Por supuesto —Le puso el pistolón debajo de la nariz—. Usted primero.
Al cura no le llegaba la camisa al cuerpo.
—No es necesario que me amenace, hijo. Estamos en la casa del Señor.
Stark no bajó el arma; de haberse encontrado en el Vaticano hubiera actuado igual.
—Insisto, padre. 

El sacerdote dio la media vuelta, cruzó el pasillo y se dirigió a la nave principal. Suspicaz, lo siguió a una prudente distancia sin quitarle los ojos de encima. Si aquel individuo se atrevía a traicionarlo, se encontraría en el Paraíso con una onza de plomo en la barriga. La visión del interior de la iglesia —estrado cubierto por un mantel blanco, bancos de madera, confesionarios, pila bautismal, vidrieras de colores, estatuas de santos, columnas, incensarios y suelos de azulejos blancos y negros— le arrancó una sonrisa lúgubre. Aquel lugar había conocido tiempos mejores. Llevaba mucho tiempo sin pisar la morada de Dios, tanto, que dudó haberlo hecho alguna vez. Le resultaba ridículo acudir a la Iglesia todos los domingos, ponerse de rodillas, rezar, escuchar el sermón de turno y dejar unas monedas en el cepillo. Prefería gastarse el dinero en un burdel; por lo menos recibiría algo mejor que irrisorias esperanzas y promesas vacías. Stark se caracterizaba por ser un hombre práctico.

El despacho, pobremente amueblado, le dio la bienvenida. Un fuego ardía alegremente en la chimenea. Stark agradeció el calor; el edificio parecía un témpano de hielo. El cura tomó asiento detrás de la mesa y, con un gesto, lo invitó a que arrellanara las posaderas en un incómodo butacón. Stark rechinó los dientes; la herida le punzaba hasta el hueso.
—Me llamo Rafael de Olivenza —dijo mientras le servía una copa de vino—. ¿No me recuerda usted?
—Es posible.
—Nos encontramos en Portugal hace unos tres años —explicó—. En aquella época yo era un hombre muy diferente: bebía, mataba y frecuentaba la compañía de malas mujeres. Me había entregado a los brazos del Diablo y no experimentaba ningún remordimiento al respecto. Por suerte, gracias a usted, encontré el buen camino.
Stark fue burlón:
—¿En serio? 
El sacerdote no captó la ironía de sus palabras.
—Trabajaba para un noble despreciable como guardaespaldas. Usted lo robó y salimos en su persecución —Se señaló la boca con un dedo—. Perdí los dientes combatiendo contra usted. ¿Lo recuerda?
La luz se abrió paso en la mente del sajón.
—¡Claro! —rio—. Me había quedado sin balas y le acaricié los morros con la culata de mi pistola. ¡Supongo que desde entonces lo tendrá difícil para comer algo sólido!
Rafael no se mostró irritado por sus palabras. Como buen religioso, su filosofía consistía en poner la otra mejilla.
—Los aldeanos me propinaron una buena paliza y me rompieron todos los huesos del cuerpo —continuó—. Por suerte, el párroco del pueblo se compadeció de mí y los obligó a curar mis lesiones. Era un hombre piadoso y recto como pocos, se lo aseguro. Durante mi convalecencia tuve tiempo de reflexionar sobre los males que había cometido y encontré consuelo en las Sagradas Escrituras. Dios me había dado la oportunidad de enmendar mis errores y empezar de nuevo.
Stark empezaba a aburrirse: ¿aquel elemento no tenía a nadie con quién charlar? 
—Una historia fascinante…
—Aprendí a leer y a escribir y me entregué en cuerpo y alma al servicio del Señor —dijo con una mirada fanática—. Descubrí que las buenas acciones y servir al prójimo compensan una vida de pecado. Mis viajes por Europa me condujeron a esta iglesia. He conseguido redimirme y me encuentro en paz conmigo mismo. Por ello vuelvo a agradecerle todo lo que hizo por mí y lamento haber intentado matarle.
Stark sopesó las palabras del cura: este había perdido la chaveta entre misa y misa, sin duda alguna. Desaprobaba a los hombres que, después haber vivido a lo grande encontraban la salvación escudándose en pretextos tan vacuos como inútiles. De haberlo matado aquel día, seguro que no estaría opinando lo mismo. Lo más probable era que se hubiera pillado una cogorza de campeonato después de mear sobre su cadáver tirado en mitad de la hierba. El arrepentimiento de los hipócritas le resultaba repulsivo.
 —Me parece estupendo —terminó la copa de vino y se levantó—. La batalla se encuentra próxima y tengo deudas que saldar con cierto intendente que me ha dado por el culo. ¿Tendría usted un caballo para poder salir de Siikajoki?
Rafael abrió los ojos como platos: no esperaba aquella respuesta por parte del sajón.
—Por supuesto, hijo.
Stark sonrió para sus adentros: aquel mequetrefe siempre sería un imbécil.

Horas más tarde, el estampido de los cañonazos llegaba hasta el interior de la villa. La segunda brigada del ejército sueco, al mando del coronel von Döbeln, plantó una enfurecida resistencia a los invasores en la orilla meridional del río Siikajoki. La caballería rusa formada por el regimiento de húsares de Grodno y cosacos, mordió el polvo entre nieve, sangre y aullidos de agonía. Al mismo tiempo, el general Carl Johan Adlercreutz, gracias a sus tropas de refuerzo, consiguió detener el implacable avance del enemigo. Los rusos no tuvieron más remedio que aceptar una humillante derrota.

Mientras tanto, después de hablar con el jefe de la guardia, Stark se disponía a cobrarse una justa satisfacción. A uña de caballo, atravesó la ciudad con la mente llena de ideas homicidas. El animal que le había proporcionado el cura —un penco de avanzada edad que no hubiera podido ni tirar de una carreta— avanzaba como si le hubieran metido pimienta en el trasero. Stark no tenía tiempo de andarse con remilgos; una orden de busca y captura prendía sobre su cabeza. Si los soldados lo apresaban, lo conducirían amablemente al piquete de ejecución para meterle una andanada de plomo entre pecho y espalda. Destino que, como era evidente, no pensaba correr.

Las calles desiertas atestadas de hielo lo condujeron a casa del intendente. La vivienda de dos plantas, con puntales de mármol y un pequeño jardín en la entrada coronado por una fuente de agua, exudaba riqueza por los cuatro costados. Stark arrugó el entrecejo: ¿desde cuándo los funcionarios vivían como nobles? Estaba seguro que aquella bola de grasa, gracias a sus rastreras prácticas, habría desvalijado a más de un honrado mercenario. ¡Qué triste le resultaba que en aquellos tiempos caóticos todo tipo de sanguijuelas se aprovecharan del sudor ajeno!

En la entrada, acompañado por varios lacayos, su objetivo se disponía a subir a un carruaje. ¿Acaso se estaba dando a la fuga? Stark espoleó al cansado penco y, aprovechando la sorpresa, estuvo encima del vehículo en un instante. El cochero, al verle la cara llena de cortes menores, se ensució en los calzones y no tardó mucho en abandonar el pescante. La expresión pétrea de Stark junto a la pistola que llevaba en la mano, fue de gran ayuda para que los criados regresaran a la seguridad de la mansión con gritos de miedo.
El gordo, que no se había enterado de nada, asomó la cabeza por la ventanilla y gruñó:
—¿Qué coño pasa? ¿Por qué no nos ponemos en movimiento?
Al descubrir al sajón, sus rasgos adquirieron una palidez cadavérica que, en pocos segundos, se convirtió en una tonalidad verdosa. Para sus adentros, se maldijo por no haberse gastado el dinero en contratar a una escolta que lo protegiera de los numerosos males que asolaban el mundo.
Stark echó atrás el percutor.
—Volvemos a vernos las caras, compañero.
El gordo bisbiseó:
—Usted… ¿Cómo es posi…?
Stark gruñó secamente:
—Basta de charla. ¿Dónde está mi dinero?
—¿A qué dinero se refiere usted?
Stark esbozó una sonrisa sangrienta.
—A las ganancias del Estado que ha conseguido gracias a la venta del convoy, idiota. ¿Pretende hacerme creer que no se ha puesto las botas?
—¡Soy un hombre honrado! —berreó lleno de indignación—. ¡Retire esas sucias acusaciones de inmediato!
—¡Honrado mis cojones! El jefe de la guardia me ha dicho que lleva toda la noche trapicheando con los usureros de esta puerca ciudad. No hace falta ser un lumbreras  para llegar a la conclusión de que ha conseguido una pequeña fortuna. 
—Yo…
Stark desmontó del animal y abrió la puerta del carruaje bruscamente. Junto al gordo descansaba una gruesa bolsa de lona dentro de la cual, con toda probabilidad, se encontraría el botín obtenido por la venta de la munición y los corceles. Stark arreó un guantazo al funcionario y, acto seguido, tomó lo que había venido a buscar. Este, aterrado, intentó encontrar refugio dentro de la carroza. Tarea inútil; ningún hombre se movía más rápido que una bala.
—¡No!
El disparo cortó la exclamación en seco. Con la cabeza abierta, quedó hecho un guiñapo sobre los sillones salpicados de sangre y sesos. Impasible, Stark guardó el pistolón en la cartuchera; los finlandeses podrían descansar tranquilos.
 —La avaricia rompe el saco, cretino —comentó cínicamente al cadáver. 
La guardia de la ciudad, alertada por el disparo, no tardaría mucho en hacer acto de presencia. De inmediato, Stark soltó a uno de los sementales de la carroza y le puso la silla del penco. Necesitaba una buena montura; con aquel jamelgo famélico no llegaría ni a la vuelta de la esquina. Después, subió al animal y se dispuso a abandonar Siikajoki. La guerra había terminado para él durante una buena temporada; vislumbraba las aguas del Mediterráneo en el horizonte.       

Paradójicamente, aunque los suecos habían resultado vencedores de la batalla, el mariscal Klingspor ordenó la retirada de sus ejércitos hacia el norte con la intención de llegar a Oulu. A partir de aquel momento, una serie de desastrosas campañas —Lemo, Vasa, Rimito Kramp, Sandöström, Salmi, Oravais, Palva Sund, Hörnefors y Sävar— volvieron la tortilla en su contra. Meses más tarde, a mediados de septiembre, gracias al Tratado de Fredikshamn, la Guerra Finlandesa llegó a su fin. Suecia había perdido las provincias de Laponia, Västerbotten, Åland y las provincias orientales. Gustavo IV Adolfo fue destronado y, orgulloso por el transcurso de los acontecimientos, el zar Alejandro I asumió la dignidad de gran Duque de Finlandia.