martes, 25 de abril de 2017

CONAN DE CIMMERIA VOLUMEN 1 (1932-1933) CUARTA PARTE


Conan apareció en mi cabeza, simplemente, hace pocos años, mientras me encontraba en una pequeña aldea fronteriza de la parte baja del río Grande. No lo creé por medio de un proceso consciente. Sencillamente emergió del olvido, maduro del todo, y me envió a dar testimonio de la saga de sus aventuras.
Robert E. Howard


En la correspondencia mantenida con otros colegas de oficio, Howard manifestaba que sus personajes e historias se presentaban de forma automática, casi sin esfuerzo por su parte, obligándolo a permanecer largas horas delante de la máquina de escribir. No solía mencionar los relatos inconclusos o aquellos que no hubiera logrado vender a los pulp de la época. Con el paso de los años, sus afirmaciones demostraron un exceso de romanticismo y confianza en sí mismo. Entre los numerosos escritos encontrados después de su muerte, se descubrió que el texano elaboraba minuciosamente las sinopsis de sus historias y que, en líneas generales, siempre se mantuvo fiel a las mismas durante el proceso creativo. Los cambios eran mínimos: nombres, escenas, descripciones, modificaciones sugeridas por los editores para poder vender el cuento… Todo ello, por supuesto, sin comprometer la integridad y la calidad de su obra.

A principios de 1932, gracias a la venta de los relatos El pueblo de la oscuridad y El túmulo en el promontorio a Strange Tales of Mistery of Horror, Howard se tomó unas pequeñas vacaciones en el sur de Texas. Según la leyenda, apenas escribió durante aquellos días, en los que vagabundeó a lo largo de la frontera y su única ocupación consistió en «el consumo de tortillas, enchiladas y vino español». El autor se hallaba en un bache creativo y necesitaba descanso, otro ambiente y nuevas experiencias para refrescar las ideas. El poema Cimmeria fue el primer paso que cambiaría su obra (y su destino) para siempre.

Howard apuntó en una carta: «Escrito en Mission, Texas, febrero de 1932; sugerido por la visión de las colinas que se alzan sobre Fredicksburg bajo la neblina de un chaparrón invernal».

Recuerdo
Los bosques oscuros, que ocultaban laderas de sombrías colinas;
el arco plomizo y perenne de las nubes grisáceas;
los oscuros arroyos que fluían en completo silencio,
y los vientos solitarios que susurraban por los pasos.

Paisaje sobre paisaje, colinas sobre colinas,
ladera tras ladera, tapizadas todas de árboles tétricos,
se extiende nuestra severa tierra. Tanto que, cuando un hombre
coronaba un picacho y miraba, cubriéndose los ojos,
no veía sino paisaje sobre paisaje, colina sobre colina
ladera tras ladera, encapuchadas todas, como sus hermanas.

Era una tierra sombría que parecía albergar
todos los vientos, las nubes y los sueños que rehúyen la luz del sol,
de ramas desnudas que estremecían los solitarios vientos,
presidida toda ella por las lúgubres florestas,
que ni alcanzaba a iluminar ese raro visitante, el sol
que cosía sombras menudas a las figuras de los hombres; la llamaban
Cimmeria, Tierra de Oscuridad y profunda Noche.

Fue hace tanto, y tan lejos
que he olvidado el nombre por el que me llamaban.
El hacha y la lanza de punta de piedra son como un sueño,
las cacerías y las guerras, sombras. Recuerdo
solo la quietud de esta tierra sombría;
las nubes que se apiñaban sobre las colinas;
el crepúsculo de los bosques interminables.
Cimmeria, tierra de la Oscuridad y de la Noche.

Oh, alma mía, nacida entre colinas oscuras,
entre nubes y vientos y fantasmas que rehúyen la luz del sol.
¿Cuántas muertes necesitarás para quebrar al fin
esta heredad que me envuelve en la gris
mortaja de los fantasmas? Busco mi corazón y encuentro a
Cimmeria, tierra de la Oscuridad y de la Noche.

Howard, al igual que Plutarco, admiraba a los antiguos celtas que habitaban en tierras ásperas, rodeados por bosques impenetrables, montañas afiladas cubiertas de nieve y la dureza elemental propia de la vida salvaje. Siempre se ha sospechado que la descripción de Cimmeria fue inspirada por su lugar de nacimiento: Dark Valley, condado de Palo Pinto, Texas. Entre la creación del poema y el nacimiento del bárbaro apenas transcurrieron unos días de diferencia.

Conan siempre se ha considerado una versión idealizada del autor: fiero, indómito, un león en batalla, seductor, caballeroso, etc. Una corriente subterránea de oscuridad envuelve al personaje —sombrío, rebelde, solitario, lleno de rabia y en constante lucha contra el mundo— que, gracias a su inteligencia, fuerza de voluntad, pericia con la espada y superioridad física, consigue abrirse paso desde una humilde aldea hasta el trono de Aquilonia. Existe un trasfondo oculto en la saga que pocos críticos han puntualizado: la necesidad imperiosa de experimentar una vida plena de aventuras para encontrar el olvido de unos orígenes tenebrosos, cuanto más sangrientas y brutales, mejor. Por otra parte, tenemos a un joven escritor que anhela escapar de la existencia gris, aburrida y monótona propia del entorno rural del medio oeste, alejado de los centros culturales y artísticos en los que hubiera podido desarrollar todo su talento. Trazar paralelismos es inevitable. Gracias al bárbaro, Howard se convirtió en leyenda. Ambos —personaje y creador— terminaron alcanzando su objetivo.

Aunque el texano era un maestro escribiendo escenas de acción, la influencia de sus películas favoritas son notables en las historias del cimmerio: El jorobado de Notre Dame, Robin Hood, La marca del Zorro, El pirata negro, El ladrón de Bagdad, etc. Howard escribía a gran velocidad para ganarse la vida y no solía redactar más de dos borradores antes de dar por concluida la historia. Excepto con Conan, claro está, que se convertiría en su principal fuente de ingresos durante los siguientes años.     

EL COLOSO NEGRO (WEIRD TALES, JUNIO DE 1933)

Cuando Yasmela corrió de nuevo las cortinas, un cimmerio cubierto de acero bruñido apareció ante los nobles. Tenía la visera alzada y el semblante oscurecido por las negras plumas de su casco, y de su figura emanaba un aire sombrío e imponente que hasta el mismo Thespides no pudo menos que advertir, a su pesar. Unas palabras de broma murieron en los labios de Amalric, que dijo con voz pausada:
—¡Por Mitra, nunca creí que te vería con armadura completa, Conan de Cimmeria, pero debo reconocer que no quedas mal! ¡Por los huesos de mis dedos, que he visto a muchos reyes que llevaban la armadura con bastante menos majestad que tú!
Conan se quedó callado. Una vaga sombra cruzó por su mente, como una profecía. En los años venideros iba a recordar las palabras de Amalric, cuando el sueño se convirtiera en realidad.

El coloso negro fue el primer cuento del personaje que consiguió la portada de Weird Tales. Curiosamente, tal como sucedería más adelante, Conan es relegado a un segundo plano a favor de las sugerentes jóvenes en apuros que aparecían en las historias. El texano no le costó demasiado llegar a la conclusión de que relatos como El dios del cuenco no le harían ganar dinero, por ello, en una época de necesidad, recurrió a una fórmula que, aunque a la larga se convertiría en rutinaria, le ayudaría a mantenerse a flote económicamente.

La historia —al mejor estilo de Sax Rohmer— comienza con la inesperada resurrección de un nigromante que, al volver a la tierra de los vivos, no duda en reunir a los clanes del desierto para conquistar los territorios que le pertenecieron siglos atrás. Desesperada por las monstruosas visiones que visitan sus sueños, la reina Yasmela decide pedir ayuda al oráculo de Mitra para vencer a su adversario. En el templo recibe la indicación de que nombre comandante de sus ejércitos al primer hombre que encuentre por la calle. Como era de esperar, tal responsabilidad recae sobre los hombros del bárbaro.

Este se nos presenta como un individuo pendenciero, implacable, luchador, franco y seguro de sí mismo. Sus superiores, aunque desconfían de sus habilidades como comandante en jefe, no pueden dejar de admirar su arrojo y valentía en el campo de batalla. Las últimas páginas del relato son memorables: después de la cruenta lucha contra el ejército de Khotan, en la que perecen miles de soldados, tanto amigos como enemigos, Conan aniquila al brujo con un certero golpe de espada. 

Nuevamente, al igual que sucedió en La reina de la Costa Negra, sexualidad y muerte van unidas de la mano:

—¡Por los demonios de Crom, muchacha! —dijo Conan, con un gruñido—. ¡Suéltame! Hoy han muerto cincuenta mil hombres y todavía hay mucho que hacer...
—¡No! —repuso ella, jadeando y aferrándose a él con todas sus fuerzas—. ¡No te dejaré marchar! ¡Soy tuya, por el fuego, el acero y la sangre! ¡Y tú eres mío! ¡Allí pertenezco a otros..., pero aquí tan sólo a ti! ¡No te irás!
El cimmerio vaciló al notar que su espíritu era ya un volcán de encontradas pasiones. El fulgor sobrenatural aún brillaba en la sombría habitación, alumbrando con una luz espectral el rostro muerto de Thugra Khotan, que parecía sonreírles con una mueca siniestra. Afuera, en el desierto, los hombres morían, aullaban y mataban como locos, y los reinos se tambaleaban sobre sus cimientos. Pero todo aquello pareció borrarse del alma de Conan mientras apretaba con fuerza entre sus brazos de hierro el esbelto cuerpo marfileño que brillaba en la penumbra como una blanca llama embrujada.

SOMBRAS DE HIERRO A LA LUZ DE LA LUNA (WEIRD TALES, ABRIL DE 1934)

La voz era tan imponente como la figura que se adelantó tambaleante. Se trataba de un gigante desnudo hasta la cintura, cuyo enorme vientre ceñía un amplio cinto que sujetaba unos holgados pantalones de seda. Tenía la cabeza afeitada, con excepción de un mechón, y los bigotes le caían a ambos lados de la boca. Calzaba babuchas shemitas de color verde con la punta retorcida hacia arriba y empuñaba una larga espada de hoja recta.
Conan lo miró y sus ojos centellearon.
—¡Sergius de Khrosha! —exclamó.
—¡Si, por Ishtar! —repuso el gigante, con una intensa expresión de odio en sus negros ojos—. ¿Creíste que me había olvidado? ¡No! ¡Sergius jamás olvida a un enemigo! ¡Voy a colgarte de los pies y a desollarte vivo! ¡ A él, muchachos!
—Sí, puedes enviar a tus perros contra mí, gordinflón —dijo Conan con desprecio—. Siempre has sido un cobarde, cerdo kothio.

Publicado en Weird Tales con el título de Sombras a la luz de la luna, nos encontramos con un cuento que es una extensión del estilo del anterior: doncellas ligeras de ropa, criaturas demoniacas, ruinas antiguas, luchas sangrientas y un cimmerio caballeroso que, aunque extermine a sus oponentes de la forma más sanguinaria posible, resulta irresistible para las jóvenes que acoge bajo su protección.   

El relato empieza con una joven esclava huyendo de su amo a través de un pantano situado en las cercanías del mar de Vilayet. Antes de que Shah Amurat pueda apresarla, tropieza con un bárbaro loco de rabia al que ha vencido escasos días antes. Ebrio por vengar a los kozakos caídos a las orillas del río Ibars, Conan entra en combate contra su rival, lo aniquila despiadadamente y se lleva a la chica consigo para que los hombres del muerto no acaben con ella cuando encuentren el cuerpo de su señor. Durante su huída en una barca, arriban en una isla sin nombre en la que son atacados por una misteriosa presencia oculta entre la selva. Buscando refugio, pernoctan en unas ruinas decoradas con temibles estatuas de hierro. Por primera vez aparecen piratas en el ciclo del cimmerio: individuos duros, bravucones y rebanapescuezos que, a pesar de su carencia de escrúpulos, conservan un extraño código de honor. La mejor parte de la historia es la pesadilla que turba los sueños de la muchacha:

Olivia soñó, y en sus sueños aparecía constante y obsesivamente un ser maligno, parecido a una serpiente negra, que se deslizaba por unos jardines floridos. Sus sueños eran fragmentarios y llenos de color, como exóticas piezas de un diseño inconexo y desconocido, hasta que cristalizaron en una escena de horror y locura contra un fondo de piedras y columnas ciclópeas. La muchacha vio en sueños un gran salón cuyo techo, muy alto, estaba sostenido por columnas de piedra adosadas en filas regulares a las recias paredes. Entre dichos pilares revoloteaban papagayos de plumaje verde y escarlata. La sala estaba atestada de guerreros de piel negra y rostro de halcón. Pero no eran hombres de raza negra. Tanto ellos como sus ropas y sus armas le resultaban absolutamente desconocidos.

Se agrupaban en torno a alguien que estaba atado a una de las columnas. Se trataba de un muchacho esbelto, de piel blanca y rizos dorados. La belleza del joven no era en absoluto humana... era como el sueño de un dios cincelado en mármol vivo.

Los guerreros negros se reían y se burlaban de él en una lengua extraña. La figura esbelta y desnuda se retorcía bajo aquellas crueles manos, mientras la sangre resbalaba por sus piernas de marfil y salpicaba el pulido suelo. Los ecos de los gritos de la víctima se oían por toda la sala. Entonces, el joven levantó la cabeza hacia el cielorraso y pronunció un nombre con una voz estremecedora. Una daga que empuñaba una mano de ébano interrumpió su grito y la dorada cabeza cayó sobre el pecho de marfil.

Como respuesta al desesperado lamento, se oyó el retumbar de una especie de carruaje celeste, y delante de los asesinos apareció una figura que daba la impresión de haberse materializado a partir del aire. La forma era humana, pero ningún mortal había gozado jamás de belleza tan sobrehumana. Existía un inconfundible parecido entre él y el joven muerto, pero los rasgos de humanidad que suavizaban las facciones divinas del joven no existían en las del desconocido, que resultaban sobrecogedoras en su inexpresiva belleza.

Los negros retrocedieron ante la aparición con ojos que eran como surcos de fuego. El desconocido levantó la mano y habló, y las ondas de su voz resonaron a través de las silenciosas salas con tonos profundos y cadenciosos. Como si estuvieran en trance, los guerreros negros siguieron retrocediendo hasta quedar alineados a lo largo de las paredes en filas regulares. Entonces, de los labios cincelados del desconocido surgió una terrible invocación, que era una orden:
Yagkoolan yok tha, xuthalla!
Al escuchar aquel grito terrible, las negras figuras se quedaron rígidas, como paralizadas. Sus miembros adquirieron una extraña apariencia pétrea. El desconocido tocó el cuerpo inerte del joven y las cadenas que lo sujetaban cayeron a sus pies. Levantó el cuerpo en sus brazos y comenzó a alejarse, mientras su serena mirada recorría las silenciosas filas de figuras de ébano. Señaló con la cabeza hacia la luna, que brillaba a través de algunos boquetes del techo. Aquellas estatuas tensas y expectantes, que habían sido hombres, comprendieron...

Sombras de hierro a la luz de la luna, al igual que los futuros cuentos Xuthal del crepúsculo y El estanque del negro, fueron escritos entre los meses de noviembre y diciembre de 1932. Tal como he comentado, el texano había descubierto la fórmula que le garantizaba que Fransworth Wright comprara las historias del bárbaro. Lo mejor aún estaba por llegar.    






miércoles, 5 de abril de 2017

CONAN DE CIMMERIA VOLUMEN 1 (1932-1933) QUINTA PARTE


Y al fin Talon and Bow fue publicada. Fue un gran momento en la vida de Steve. Se quedaba sentado mirando su nombre impreso, a veces durante horas, temblando de placer hasta la punta de los dedos. Apenas creía lo que veían sus ojos, y en algunos momentos temía que solo fuese un sueño presuntuoso del que no tardaría en despertar.

Post Oaks and Sand Roughs, Robert E. Howard

En 1928, la novela Post Oaks and Sand Roughs (El Rebelde, La Biblioteca del Laberinto, 2011) fue rechazada por Dodd, Mead & Co. Howard no volvería a escribir ficción realista durante el resto de su brillante (y corta) carrera literaria. Steve Costigan (alter ego del autor) posee los rasgos típicos de sus mejores creaciones: fuerte, honesto, viril, solitario, dueño de una fuerza de voluntad inquebrantable, poseído por tormentos internos y en lucha constante contra el mundo que lo rodea.

Infravalorada en la actualidad por los críticos, El Rebelde constituye una delicia para los fans del texano. En ella descubrimos la vida de un joven aprendiz de escritor de pulps, sus anhelos íntimos, las amistades que tuvo, los empleos que realizó, sus primeros pasos literarios, la terrible soledad que padeció, etc. Todo narrado con la rabia, pasión, fuerza y epicidad que caracterizaría el estilo posterior que lo llevaría a la fama. Aunque las palabras formen un marco de ficción, su autor fue incapaz de resistirse a la exploración interna, a plasmar sobre el papel las ideas, emociones, influencias, demonios y temores que le carcomían el alma.

Es una lástima que Howard no continuara por ese camino: El Rebelde es una rara avis dentro de su nutrida producción literaria. De hecho, siempre he pensado que deberían haberla llevado a la pantalla en vez de los diarios de Novalyne Price (El que camina solo, 1996). Desgraciadamente, tal como ha sucedido con todas las adaptaciones cinematográficas realizadas sobre sus personajes, ninguna ha estado a la altura de la obra y mucho menos ha sido fiel a la misma. A diferencia de multipremiada trilogía del Señor de los Anillos de Peter Jackson, los estudios no han tenido el coraje de respetar la esencia de las historias del texano.  

Howard siempre utilizó los mismos recursos estilísticos: protagonistas feroces y gigantescos, grandes dosis de acción, sangre a mansalva, combates cuerpo a cuerpo, uso de espadas y la superioridad de la vida salvaje (pura y honesta) contra la sofisticación de los imperios en decadencia (débiles y degenerados). Animo al lector a introducirse en la psique de “Bob Dos pistolas” (apodo cariñoso cortesía de Lovecraft) a través de la novela mencionada: le aseguro que no lo lamentará.   

Aparecida en marzo de 1923, Weird Tales era una revista especializada en fantasía, ciencia ficción y terror, que había pasado por profundas penurias económicas (algo que sucedería durante el resto de su carrera) obligando a reestructurar su plantilla directiva. Farnsworth Wright, antiguo ayudante de Edwin Bard, sustituyó a este después de catorce números, haciéndose cargo de la publicación. Wright trabajó en ella desde 1924 hasta su muerte ocurrida en 1940. Publicó a autores como H.P. Lovecraft, E. Hoffman Price, C.L. Moore, Seabury Quinn, Frank Owen, Robert Bloch, Clark Aston Smith, Paul Ernst, Edmond Hamilton, Nictzin Dyaltis y, evidentemente, el propio Howard, que recibió su primera oportunidad profesional en sus páginas.

Durante 1924, el texano había enviado una serie de cuentos cortos y poemas a diversos fanzines que, dada su inexperiencia como narrador, fueron rechazados en su totalidad. Obstinado, continuó insistiendo hasta que logró vender Lanza y colmillo (julio de 1925) y En el bosque de Villerèfe (agosto de 1925) por veinticuatro dólares a Weird Tales. Ambas historias le abrirían las puertas del difícil y competitivo mundo literario de la época. Meses más tarde, después de empezar una novela corta por entregas titulada La isla de los eones que jamás llegó a completar, Howard escribió el relato de 7.500 palabras Cabeza de lobo, secuela de En el bosque de Villerèfe, una obra más madura que la anterior caracterizada por tratantes de esclavos, fiestas, maldiciones ancestrales, castillos de regio abolengo y  misteriosos crímenes.

Mientras empezaba a labrarse una carrera como novelista, al joven autor no le quedó más remedio que aceptar diversos empleos para ganarse la vida, que por un motivo u otro, nunca llegaron a prosperar. El mundo laboral y el texano no eran compatibles: este ponía todo su empeño, paciencia y fuerza de voluntad en esculpir una obra que, con el paso de los años, se convertiría en clásica. Acuciado por sus padres, realizó un curso de contabilidad (que nunca fue de su agrado) y trabajó en una heladería durante el caluroso verano (en la que bajó considerablemente de peso y apenas tenía tiempo para escribir) de 1925. A finales de año llegó a un trato con su progenitor: si en los siguientes doce meses no lograba vivir de la escritura abandonaría la profesión y se dedicaría a trabajar de contable en alguna oficina. 

A principios de 1926, Howard recibió una carta anunciando que Cabeza de lobo había sido aceptada y que ocuparía la portada del mes de abril de aquel año. Por desgracia, como Wright había perdido el manuscrito original, obligó al texano a reescribir la historia. Finalmente, cuando recibió las galeradas, el resultado fue un duro golpe para su ego: el relato no era tan bueno como pensaba. Recibió cincuenta dólares por su trabajo, molestias incluidas.

XUTHAL DEL CREPÚSCULO (WEIRD TALES, SEPTIEMBRE DE 1933, COMO LA SOMBRA DESLIZANTE)

El cimmerio no tenía fuerzas ni para hablar, pero sus labios lacerados esbozaron una leve sonrisa al acercarse a la muchacha. Su pecho peludo, brillante por el sudor y la sangre, jadeaba intensamente. Levantó los brazos con gran esfuerzo y cortó las ligaduras que mantenían atada a la joven en la pared. Luego cayó de espaldas contra ésta, con las temblorosas piernas separadas, que ya no lo sostenían por más tiempo. La joven se incorporó de donde había caído y lo abrazó sollozando histéricamente.
—¡Oh, Conan, estás gravemente herido! ¡Oh! ¿Qué haremos?
—No se puede luchar contra un demonio de los infiernos y salir bien librado de la lucha— dijo el cimmerio jadeando.

Publicado con el título de La sombra deslizante, al igual que sucedió con El coloso negro, la historia consiguió la portada. Como de costumbre, la ilustración de Margaret Brundage ignoró al bárbaro y se centró en los personajes femeninos, haciendo hincapié en la escena de la flagelación. En Xuthal del crepúsculo encontramos una extraña ciudad aislada entre las abrasadoras arenas del desierto, ciudadanos narcotizados por el loto negro, una diosa de cabellos de ébano, la decadencia de una sociedad condenada a la extinción y una amenaza invisible que recorre pasillos perfumados y silenciosos buscando víctimas. Supervivientes del destruido ejército del príncipe Almuric, Conan y Natala se encuentran perdidos en el desierto estigio, sin provisiones, al borde de la muerte. La aparición de las murallas de un enclave civilizado les aporta esperanzas de continuar adelante y el cimmerio, dispuesto a sobrevivir de cualquier modo, decide penetrar en el mismo en busca de comida, agua y refugio.

Enfrentado a fuerzas hostiles superiores en número, Conan se abre paso con su espada, abatiendo a cualquiera que ose interponerse en su camino, sea humano o inhumano. A diferencia de otras historias, en las que el personaje es prácticamente invencible, en Xuthal del crepúsculo pasa hambre y sed, sufre tentaciones físicas, es traicionado y recibe un brutal castigo corporal cuando se enfrenta a la criatura que domina la ciudad con su espeluznante presencia. Tres años más tarde, basándose en el mismo esquema argumental, con todas sus habilidades de escritor desarrolladas, Howard escribiría la superior Clavos rojos.

 EL ESTANQUE DEL NEGRO (WEIRD TALES, OCTUBRE DE 1933)

El movimiento de Conan fue demasiado rápido como para que lo pudiera captar la mirada humana. Su enorme puño chocó con terrible fuerza contra la mandíbula de su contrincante, y el zingario salió catapultado por los aires hasta caer hecho un guiñapo junto a la borda.
Conan se volvió hacia los demás. Excepto un suave brillo que se reflejaba en sus ojos, su compostura y serenidad eran las mismas de antes. Pero el «bautizo» había terminado con la misma rapidez con la que había comenzado. Los marineros levantaron a su compañero. Su fracturada mandíbula colgaba fláccida y su cabeza oscilaba de forma poco natural.
—¡Por Mitra..., tiene el cuello roto! —exclamó un pirata de barba negra.
—Vosotros, los filibusteros, sois gente muy floja —dijo Conan con una sonrisa—. Los barachanos no tomamos en cuenta a tipos como vosotros. ¿Queréis jugar a las espadas conmigo? ¿No? Entonces todo está bien y somos amigos, ¿verdad?

El estanque del negro repite los mismos esquemas de las anteriores aventuras del cimmerio: ciudades encantadas, joven indefensa que proteger, criaturas demoniacas y la supremacía del bárbaro ante cualquier situación que, por muy complicada que sea, este siempre logra triunfar. Víctima de una contienda de piratas, Conan decide abandonar Tortage (capital de las islas Baracha) en bote y atravesar el Océano Occidental. Al amanecer, al distinguir las velas del Holgazán, deja hundirse la lancha y lo aborda a nado, sin temor por las aguas infectadas de tiburones o el recibimiento que podrá recibir en la nave.  

Una faceta interesante a tener en cuenta en esta historia de piratas en la ambigüedad moral del personaje. Por norma, el cimmerio siempre suele actuar como un individuo honorable, caballeroso y con principios. En El estanque del negro Conan traiciona a Zaporavo, obrando con malicia, por no decir crueldad, para apoderarse del barco. Ello aporta un punto de vista distinto del bárbaro que, a pesar de todas sus virtudes, es capaz de ensuciarse las manos para conseguir sus objetivos.   

Buscando un tesoro, El holgazán echa el ancla junto a una isla sin nombre. Para sorpresa de todos, esta se encuentra habitada por una maligna raza de gigantes de ébano que pretende acabar con todos ellos gracias a la magia negra. Después de una sangrienta batalla entre los muros color jade de la ciudad del enemigo, Conan asume el mando de la tripulación, convirtiéndose en capitán de los piratas que, vencidos por su carisma, no dudan en aceptarlo como líder. Los versos con los que empieza el relato son tan poéticos como las Crónicas Nemedias (El fénix en la espada), El camino de los reyes (La ciudadela escarlata) o la Canción de Bêlit (La reina de La Costa Negra):   

Desde la creación del mundo
los barcos navegan hacia occidente
desconocido para el hombre.
Leed, si os atrevéis, lo que escribió Skelos
tocando su levita de seda con manos inertes,
y seguid a los barcos a través de la tormenta…
Seguid a los barcos que no regresarán jamás.    

El estanque del negro posee un valor sentimental: fue el primer cómic que leí sobre el cimmerio. La adaptación de Roy Thomas, John Buscema y Sonny Trinidad es una de las mejores realizadas por Marvel.

A finales de 1932, el texano tenía tanta confianza su personaje que solo necesitaba dos revisiones antes de enviar las historias a Weird Tales. Bran Mak Morn, Solomon Kane, Kull, Turlogh O’Brien y Cormac Mac Art pertenecían al pasado. Empezaba a mostrar interés por las leyendas del Oeste americano que cambiarían su obra para siempre. 





jueves, 30 de marzo de 2017

CONAN DE CIMMERIA VOLUMEN 1 (1932-1933) SEXTA PARTE


De Montour estaba de pie, con las piernas en tensión, los brazos echados hacia atrás y los puños cerrados. Los músculos se marcaban bajo la piel y sus ojos se agrandaban y cerraban sucesivamente; las venas le palpitaban visiblemente sobre la frente, como si estuviera realizando un enorme esfuerzo físico. Mientras lo observaba, y para mi horror, ¡una informe e indescriptible cosa apareció de la nada y adquirió una vaga forma!
Cabeza de lobo

  
Después de vender Cabeza de lobo (portada de Weird Tales, abril 1926), Howard escribió La raza perdida (Weird Tales, enero 1927), un cuento prehistórico al estilo de Lanza y Colmillo, y La hiena (Weird Tales, marzo 1928). Al igual que las anteriores historias publicadas en la mítica revista, estas revelan a un escritor principiante que lucha por encontrar un estilo propio. Durante el año académico de 1926-27, el texano participó en el periódico escolar de Howard Payne, The Yellow Jacket, con piezas cortas con toques de comedia como Cupido contra Pólux. Después de recibir su diploma de contabilidad regresó a Cross Plains: tenía un año por delante para labrarse un futuro como novelista.

El trabajo de aquel otoño fue exitoso: Farnsworth Wright había aceptado El sueño de la serpiente (Weird Tales, febrero 1928) y El reino de las sombras (Weird Tales, agosto 1929) y una serie de poemas. Howard intentó abrir brecha en otros mercados que pagaran ipso facto, no cuando apareciera el relato publicado, y envió cuentos a revistas como Adventure Magazine, Argosy y Blue Book, sin éxito. La historia Sombras rojas después de ser rechazada por Argosy, fue vendida a Weird Tales por ochenta dólares y ocupó la portada del número de agosto de 1928.

Sombras rojas inició la saga de una de las creaciones más populares del texano: el espadachín Solomon Kane, un antihéroe sombrío y riguroso, azote de los pecadores, que recorre misteriosas regiones impartiendo justicia a golpe de espada. La mayoría de las historias del puritano están ambientadas en una África fantástica poblada por caníbales, magia negra, junglas, esclavistas, imperios en decadencia y criaturas sobrenaturales. Kane —anchos hombros, enlutado de la cabeza a los pies, fibroso como un lobo, de rostro severo y circunspecto— resulta atípico en el universo de héroes primitivos, ciclópeos y musculosos del autor. Entre 1928 y 1931, Howard escribió nueve historias y tres poemas sobre el personaje. Como curiosidad, cabe destacar Espadas de la hermandad —un relato de capa y espada carente de elementos sobrenaturales que no logró vender a Argosy ni a Adventure— que ha sido injustamente despreciado por los estudiosos durante décadas. La historia sería reescrita en 1968 por otro autor que añadió un monstruo acuático completamente prescindible, destrozando la obra original con su ínfimo talento. Por desgracia, este sería el destino de la mayoría de los relatos del texano. En España, Espadas de la hermandad fue suprimido de la edición de Valdemar y reemplazado por La sombra del buitre, un cuento histórico que nada tiene que ver con el puritano. Espero que el paso del tiempo haga justicia a esta historia y la coloque en el lugar que merece por derecho propio.    

Durante la primavera de 1928, mientras escribía su novela autobiográfica Post Oaks and Sand Roughs y el western Oro español en Devil Horse (ambas obras tardarían décadas en ver la luz), influenciado por Lord Dussany, Lewis Spence y Edgard Rice Burroughs, Howard presentó a Kull, otra de sus grandes creaciones literarias, preludio del cimmerio que lo llevaría a la fama. Kull es un bárbaro del mítico y salvaje continente de Atlantis que logra por sus propios medios coronarse rey de Valusia, la nación más poderosa y sofisticada del Mundo Thurio. De las ocho historias terminadas sobre el atlante, Howard solo logró publicar dos en vida; enviarlas todas juntas a Weird Tales resultó un error de cálculo. Wright eligió aquellas que más le gustaron y desestimó el resto. Los tres cuentos restantes que no llegó a completar, como de costumbre, fueron finiquitados por otros autores. El texano había demostrado a su padre que podía ganarse la vida como escritor profesional: jamás se molestó en volver a buscar trabajo. 

VILLANOS EN LA CASA (WEIRD TALES, ENERO DE 1934)

Otro carcelero ocupó su lugar. Era un individuo imperturbable y digno de confianza, al que ninguna clase de soborno podía apartar de su deber. Carecía de imaginación, pero tenía una idea muy elevada de la importancia de su puesto. Después de que Athicus desapareciera para ser acusado formalmente ante el magistrado, este carcelero hacía las rondas por las celdas de manera rutinaria. 

Al pasar delante de la de Conan, se sintió indignado y ultrajado al ver que el prisionero estaba libre de sus cadenas royendo los últimos trozos de carne de un enorme hueso. El carcelero estaba tan disgustado que cometió el error de entrar solo en la celda, sin llamar a los demás guardias. Fue su primera equivocación en el cumplimiento del deber... y la última. Conan le partió la cabeza, con el hueso, le quitó el puñal, cogió las llaves y salió de allí con toda tranquilidad. Tal como Murilo había dicho, había un solo guardia de servicio allí por la noche. El cimmerio atravesó los muros de la prisión valiéndose de las llaves que acababa de robar y luego salió a la calle tan libre como si el plan de Murilo hubiera sido un éxito.

Escrito a principios de enero de 1933, Villanos en la casa apareció publicado un año más tarde en las páginas de Weird Tales. La historia nos devuelve a la época de ladrón del bárbaro que, a diferencia del Conan de El dios del cuenco, ha ganado en experiencia. Nos encontramos con Murilo, un noble que contrata los servicios del cimmerio —que se encuentra en prisión por una disputa tabernaria— para que elimine a Nabonidus, sacerdote del rey, enemigo que pretende acabar con su vida para dominar la ciudad. Este accede a liberarlo pero, por una serie de avatares, Conan consigue escapar por sus propios medios y, sintiéndose en deuda con el aristócrata, decide terminar el trabajo.

La vivienda del Sacerdote Rojo resulta ser una trampa mortal para los visitantes no deseados:

Lo que parecía ser un disco de plata era en realidad un enorme espejo colocado en la pared. Un complejo sistema de tubos de cobre sobresalían de la pared que estaba encima del disco y se inclinaba hacia abajo en ángulo recto. Al mirar esos tubos, Murilo vio un increíble conjunto de espejos más pequeños. Observó con atención el de mayor tamaño y lanzó una exclamación de asombro. Conan, que miraba por encima de su hombro, emitió un gruñido. Parecían estar mirando a través de una ventana hacia el interior de una habitación bien iluminada. En las paredes había grandes espejos y entre uno y otro se veían tapices de terciopelo; también había lechos de seda, sillas de ébano y marfil y puertas cubiertas de cortinas que daban a las otras habitaciones. Delante de una puerta desprovista de cortinas había una enorme figura negra sentada que contrastaba grotescamente con la opulencia de la habitación.

Villanos en la casa constituye un soplo de aire fresco entre las rutinarias historias narradas entre los meses de octubre de 1932 y enero de 1933 y es uno de los mejores relatos de la juventud del cimmerio, tan solo un peldaño por debajo de La torre del elefante.

EL VALLE DE LAS MUJERES PERDIDAS (MAGAZINE OF HORROR, 1967)

El cimmerio se sacudió el sudor y la sangre que le cubrían el rostro, envainó la espada y dijo:
—Levántate. Reconozco que mi trato no era limpio. No siento ningún remordimiento por lo que le hice a aquel perro negro de Bajujh, pero tú no eres una muchacha que se pueda comprar o vender. Las costumbres de los hombres varían de un lugar a otro, pero no hay que comportarse como un cerdo. Después de haber recapacitado, comprendí que obligarte a cumplir tu promesa sería lo mismo que forzarte. Además, no eres lo suficientemente fuerte como para vivir en estas tierras. Eres una mujer de ciudad, de libros y de costumbres civilizadas; no es culpa tuya, pero seguramente morirías en seguida en este ambiente. Y de nada me serviría una muchacha muerta. Ven, te llevaré hasta la frontera de Estigia. Desde allí podrás regresar a tu hogar, en Ofir

Durante 1932, Howard había publicado El horror del montículo, El hombre en el suelo y El corazón de viejo Garfield; relatos que mezclaban lo sobrenatural con el ambiente propio de la región. Inspirado en el folclore y las historias del Oeste, El Valle de las mujeres perdidas fue el primer intento (fallido) del texano por incluir el western en la Era Hiboria. Livia, una joven aristócrata capturada por una tribu de los Reinos Negros, va a ser ofrecida al cimmerio como esclava. Durante una cena homenaje a su persona por parte de los Bakalah, este recibe una oferta de la prisionera: podrá disponer de ella a su antojo siempre que extermine al hombre que mató a su hermano. Nuevamente, nos encontramos con un bárbaro que, a pesar de su caballerosidad con el sexo opuesto, no siente remordimiento a la hora de pagar a sus rivales con la misma moneda que estos pretenden tratarlo a él.   

Después de una noche de celebración, aprovechando la borrachera de los guardias de Bajujh, Conan ordena pasar a cuchillo a sus adversarios para no ser traicionado por los mismos en un futuro. La muchacha, al verlo aproximarse chorreando sangre con la cabeza del asesino de su hermano en el puño, temiendo ser violada, escapa completamente desnuda a lomos de un caballo. Su huída la conduce a un misterioso valle gobernado por mujeres de piel bronceada que deciden sacrificarla a una horrenda criatura venida de otro mundo a la que adoran.

Este relato, al igual que La hija del gigante helado y El dios del cuenco, quedó inédito durante muchos años. Considerada la historia más débil de la saga (y con razón) marca la primera pausa que Howard tomaría del personaje desde su creación a mediados de 1932. Este tardaría seis meses en volver a escribir sobre el bárbaro, mientras tanto se centraría en los cuentos humorísticos del Oeste americano protagonizados por Breckinridge Ellis, las historias de boxeo de Steve Costigan/Dennis Dorgan, los relatos policiacos de Steve Harrison y las aventuras orientales del pistolero Francis Xavier Gordon.

EL DIABLO DE HIERRO (WEIRD TALES, AGOSTO DE 1934)

… Luchó con las piernas apoyadas firmemente en el suelo, sintiendo que sus costillas se hundían y que su vista se nublaba, mientras que la cimitarra centelleaba sobre su cabeza. Entonces, con un movimiento rápido, cortó escamas, anillos, carne y vértebras. Y allí donde hacía unos segundos había habido una gruesa soga que se retorcía en una lucha feroz, había ahora dos cuerdas que se agitaban con estertores de muerte. Conan se apartó del animal cortado en dos. Estaba mareado y asqueado. La sangre manaba de su nariz en abundancia. Tanteando en medio de la oscura bruma, tomó a Octavia por los hombros y la sacudió, hasta que la joven abrió la boca para respirar.
—La próxima vez que te diga que te quedes en algún lugar, ¡obedece! —dijo Conan.

El diablo de hierro, vendido por 115 dólares a Weird Tales, resulta una extensión de Sombras de hierro a la luz de la luna. En la historia encontramos la resurrección de un antiguo nigromante, una ciudad creada por la magia, una bella muchacha en apuros y una conjura para eliminar al protagonista. Aunque el relato es una obra bien escrita, carece de la frescura y originalidad de las primeras historias del cimmerio. Esta (al igual que El coloso negro y la futura La hora del dragón) comienza con el despertar de un demonio del mundo antiguo que lleva dormido desde tiempos inmemoriales. El jefe de los kozakos es atraído a la isla de Xapur por sus enemigos gracias a un cebo irresistible: una joven bailarina (a la que han permitido escapar) que Conan desea poseer. Una vez en la isla, se encuentra con una urbe reconstruida gracias a la brujería:

Conan se quedó inmóvil, como paralizado, durante un largo rato, porque tenía ante sí algo que le hizo pensar que se había vuelto loco. No dudaba de su vista ni de su razón, pero allí estaba ocurriendo algo monstruoso. Hacía menos de un mes, entre aquellos mismos árboles, sólo habían ruinas. ¿Qué manos humanas habían sido capaces de construir aquella enorme estructura de piedra, que ahora contemplaban sus ojos, en las pocas semanas que habían transcurrido? 

Antes de encontrar a Livia, el bárbaro descubre que los habitantes de la ciudad (como en Xuthal del crepúsculo) permanecen en un estado perenne de ensueño, narcotizados. A Conan no le queda más remedio que enfrentarse al diablo que gobierna la isla, a los individuos que pretenden matarle y salvar a la joven. El diablo de hierro consiguió la portada de aquel mes y marca el final de la primera etapa del personaje.


En enero de 1934, Howard recibió una carta de rechazo del editor británico Denis Archer sobre la selección de relatos que había enviado en mayo del año anterior. Este le sugirió que lo intentara con una novela larga. Aquel fue el primer paso que le impulsaría a narrar una de sus mejores obras: La hora del dragón.  



jueves, 9 de marzo de 2017

CONAN DE CIMMERIA VOLUMEN 2 (1934) SÉPTIMA PARTE


 Gordon lanzó un golpe salvaje hacia la voz. El cañón de su revólver golpeó de lado en un cráneo humano; un hombre gimió y cayó al suelo. A su alrededor, un vivo clamor se alzó bruscamente, y escuchó cómo rechinaba el cuero rozando contra la piedra…
El valle perdido de Iskander


A principios de los años veinte, la revista Adventure fue una gran influencia a la hora de que Howard decidiera convertirse en novelista profesional. Sus primeros cuentos bebieron de los colaboradores habituales de la publicación: Talbot Mundy, Harold Lamb, Arthur D. Howen Smith y Rafael Santini. Por desgracia, aunque el texano lo intentó en numerosas ocasiones, nunca logró publicar sus historias en ella. En una de sus numerosas cartas comentó: “Escribí mi primer relato a la edad de quince años y lo envié a… Adventure, creo. Tres años después, logré hacerme un sitio en Weird Tales. Tres años escribiendo sin vender una sola línea. Nunca he sido capaz de venderle nada a Adventure. ¡Creo que mi primer intento arruinó mis posibilidades para siempre!” Como es natural, a Howard le resultaba frustrante no aparecer en las páginas del fanzine que significaba tanto para él. Por desgracia, sus cuentos no encajaban en la política editorial de la empresa que, tal como suele suceder en estos casos, solo apostaba por escritores famosos para vender ejemplares; los advenedizos (sin contactos ni reputación) no entraban en sus planes. Puede que, si el texano hubiera seguido insistiendo, cuando la cantera habitual de Adventure hubiese desaparecido (todos eran individuos de avanzada edad), con la experiencia que acumulaba, hubieran aceptado su material. Sus primeros pasos como escritor, sobre todo entre 1922 y 1923, revelan a un joven que deseaba emular el tipo de historias que devoraba en su revista favorita. De hecho, Howard comenzó una docena de relatos (que nunca llegó a finalizar) sobre Frank Gordon, un sincero homenaje al estilo de Talbot Mundy cuyo apodo El Borak tomó de Sabatini. La creación de otro de sus más emblemáticos (y desconocidos) héroes tardaría más de una década en tomar sustancia y llegar al público de la época.  

En 1932, la desaparición de Fight Stories, Action Stories y Strange Tales, obligó al texano a centrarse en su único cliente fijo: Weird Tales. Por ello, dado que Conan estaba teniendo una gran aceptación por parte del público, inundó las oficinas de la revista con historias del cimmerio con un único objetivo: vender lo máximo posible. A mediados del año siguiente, gracias a una sólida remesa de cuentos esperando a ser publicados, por fin pudo abrir brecha en otros mercados literarios: Top Noch le daría la oportunidad de entrar de lleno en el universo de la aventura tradicional.

Francis Xavier Gordon, antiguo pistolero de El Paso, vive exóticas y sangrientas aventuras en las tierras de Oriente. Temido, admirado y odiado en partes iguales por los hombres del desierto, su fama crece de tal modo que prácticamente se convierte en una leyenda. Al igual que Bran Mak Morn o Solomon Kane, El Borak es un individuo frío, letal, duro como el acero, taciturno y salvaje en batalla. La convivencia con los árabes, sus intrigas y costumbres, lo han convertido en uno de ellos. Al igual que Kirby O’ Donell, Gordon es un superviviente y hará todo lo que sea necesario para continuar con vida. Sus historias están llenas de batallas, traiciones, complots, sangre y violencia. Un antihéroe del que, a mi juicio personal, tomaron mucho prestado a la hora de crear a Indiana Jones. La influencia de Howard ha marcado a muchos emblemáticos personajes del celuloide: John Rambo, Mad Max, Harry Callahan, Serpiente Plissken, Martin Riggs, Dutch (Depredador) o Richard B. Riddick, serían buenos ejemplos.             

Top Noch publicó tres aventuras de El Borak: La hija de Erlik Khan apareció en el número de diciembre de 1934, El halcón de las colinas en junio de 1935 y La sangre de los dioses al mes siguiente. Más tarde, El país del cuchillo saldría en Complete Stories en agosto de 1936 y El hijo del lobo blanco en Thrilling Aventures en diciembre de aquel mismo año. Dos relatos inéditos tardaron décadas en ver la luz en un volumen que recopilaba todas las aventuras del personaje: El valle perdido de Iskander y La maldición de la triple hoja (El valle perdido de Iskander, Zebra Books, 1976). Tal como siempre ha sucedido con Howard, la mayoría de su producción literaria que prescindiera de lo fantástico (sobre todo aquella que no contara con Conan) ha sido ninguneada por los críticos tachándola de poco interesante, falta de garra y alejada del “estilo que lo catapultó a la fama”. Craso error: los cuentos de El Borak son de los mejores que escribió el texano y constituyen el preludio de estilo de futuras obras maestras como Más allá del río negro y Clavos Rojos. A los “herederos” de la saga del cimmerio no les interesaba que los lectores se salieran de la espada y brujería (personajes de los que poseían los derechos) y, probablemente, por ello minimizaran importancia de sus historias de aventuras, terror, boxeo, vaqueros y detectives.                

 EL PUEBLO DEL CÍRCULO NEGRO (WEIRD TALES, OCTUBRE-NOVIEMBRE DE 1934)

Conan esperó con cierta impaciencia mientras la Devi, por primera vez en su vida, se vestía sola. Cuando salió de detrás de la roca, Conan lanzó una exclamación de sorpresa. La muchacha sintió que en su interior ardía un conjunto de emociones mezcladas al ver la fiera admiración que brillaba en los ojos azules del cimmerio. Este apoyó una mano en el hombro de la muchacha, al tiempo que la contemplaba ávidamente desde todos los ángulos.
—¡Por Crom! —exclamó—. Con las otras ropas tan místicas parecías fría, lejana... sí, remota como una estrella. ¡Ahora eres una mujer de carne y hueso! Cuando te fuiste detrás de esa roca eras la Devi de Vendhia, y ahora has salido de allí como una muchacha de las montañas... ¡aunque mil veces más hermosa que cualquier otra mujer de Zhaibar...! Eras una diosa..., ¡ahora eres una mujer real!
Conan le dio una fuerte palmada a la joven en las nalgas, como expresión de su admiración, y la muchacha lo entendió así, sin sentirse ultrajada en lo más mínimo por esa actitud. Era como si el cambio de ropa hubiera dado lugar a una transformación de su personalidad.

El pueblo del círculo negro representa un paso hacia delante en la saga luego de las últimas rutinarias historias del personaje. Yasmina, al verse obligada a ejecutar a su hermano, el cual había sido maldecido por la nigromancia, decide vengarse de los hechiceros que lo llevaron a la muerte. Al ascender al trono, planea utilizar a Conan, que es líder de una tribu de montañeses afguli, para que ejecute a los Adivinos Negros de Yimsha. Por pura casualidad, el bárbaro tropieza con la Devi mientras se encuentra negociando por la vida de sus hombres cautivos y, sin pensarlo, la secuestra para utilizarla como moneda de cambio.

Por otra parte, Khemsa (un personaje secundario memorable), enardecido por la ambición y el amor de la doncella de Yasmina, Gitara, traiciona a sus amos, elimina a los soldados del cimmerio y se lanza tras la persecución de ambos con la intención de aniquilarlos. Finalmente, después de varias vicisitudes en las montañas, Conan termina formando una alianza temporal con Kerim Shah (un agente del rey Yezdigerd de Turan) para rescatar a la Devi de las garras de los brujos.

La lucha contra los Adivinos Negros demuestra la firmeza de Howard a la hora de narrar una escena de acción:

El tercer irakzai ya se había convertido en un cadáver decapitado, y el dedo del hombre vestido de negro se levantaba una vez más cuando Conan sintió que se rompía la barrera invisible. Un grito involuntario y feroz surgió de sus labios al saltar hacia adelante con furia. Su mano izquierda asió el cinturón del brujo de la misma manera que un hombre se aferra a un madero para no ahogarse. En su mano derecha brilló la hoja de acero del largo cuchillo. Los hombres que estaban en los escalones no se movieron. Contemplaban el espectáculo con una expresión cínica. Si sentían alguna sorpresa, no la exteriorizaban en absoluto. En ese momento, Conan no se permitió el lujo de pensar en lo que podría suceder si se pusiera al alcance de sus cuchillos. La sangre latía en sus sienes y una nube de color carmesí le oscurecía la vista. Sentía unas ansias terribles de matar, de hundir su cuchillo en la carne y en los huesos de sus enemigos.

Yasmina, a diferencia de otras féminas de la saga, es una mujer poderosa, fuerte y segura; un agradable cambio que aporta profundidad y frescura a la relación que mantiene con el bárbaro. Aunque fuera la historia más larga del personaje que le había enviado hasta entonces, Fransworth Wright tardó menos de cinco meses en publicarla desde su aceptación y le concedió la portada. Con justicia, es posible que El pueblo del círculo negro supere a todo lo que había escrito sobre el cimmerio hasta aquel momento.

LA HORA DEL DRAGÓN (WEIRD TALES, DICIEMBRE DE 1935-ABRIL DE 1936)

Con plena conciencia de su inferioridad, Conan se dijo que debía enfrentarse cara a cara al monstruoso simio, asestar el golpe mortal y confiar luego en la fuerza de su organismo para sobrevivir al terrible abrazo del hombre-mono.

Cuando este estaba a punto de alcanzarlo, agitando sus colosales brazos, el cimmerio se abalanzó sobre él y le asestó una cuchillada con toda la desesperada fuerza de que era capaz. Conan sintió que la daga se hundía hasta la empuñadura en el pecho y al instante soltó el arma, bajó la cabeza y tensó el cuerpo, que se convirtió en una masa compacta de músculos en tensión. Al mismo tiempo golpeó el vientre del monstruo con su rodilla.

Durante unos instantes interminables, el cimmerio se sintió sacudido por la furia de un terremoto. Luego quedó libre y se encontró tendido en el suelo. A su lado, el monstruo agonizaba, con los ojos en blanco y la empuñadura de la daga sobresaliéndole del pecho. Su desesperado intento había dado resultado.

A principios de enero de 1934, Howard recibió la noticia de que la colección de relatos que había enviado a Inglaterra el año anterior había sido descartada por Dennis Archer en los siguientes términos: “La dificultad principal para publicar estos relatos en forma de libro es el fuerte prejuicio que existe en la actualidad contra las colecciones de relatos cortos, así que me veo obligado, bien que muy a mi pesar, a devolverle los relatos, Sin embargo me permito adjuntar la sugerencia de que, si pudiera usted escribir una novela larga de unas 70.000 o 75.000 palabras del mismo tenor que los relatos, mi compañía, Pawling And Ness Ltd., que trata con bibliotecas de préstamo y es capaz de garantizar una primera edición de 5.000 ejemplares, estaría encantada de publicarlo”.

Sin dejarse desanimar, Howard comenzó la escritura de Almuric, novela que tuvo que dejar de lado, incapaz de terminarla. La conclusión era obvia: lo mejor sería centrarse en el cimmerio. En marzo, el texano intentó narrar una historia (conocida posteriormente como Los tambores de Tombalku) que también quedó a medias, siendo finalizada, como suele ser lo habitual, por otro escritor, e integrada en el canon oficial de la serie décadas más tarde. La hora del dragón toma prestadas ideas de varios relatos anteriores: la resurrección de un nigromante (El coloso negro), la huída de los calabozos (La ciudadela escarlata), el ataque de un monstruoso simio (Sombras de hierro a la luz de la luna), su época como Amra (La reina de la Costa Negra) y gigantescas serpientes (El diablo de hierro). Como la novela estaba dirigida al mercado británico, la mejor opción fue regresar a la etapa del cimmerio como rey de Aquilonia para intentar atraer al mayor público posible.

Víctima de un hechizo, Conan se ve impedido a la hora de presentar batalla al reino de Nemedia. Victorioso, el enemigo, después de derrotar a su ejército gracias a una emboscada, cree que el bárbaro es una presa fácil de atrapar. Estas líneas definen el carácter del personaje a la perfección:

—Llega el rey de Nemedia con cuatro acompañantes y un escudero —dijo el joven a Conan—. Vienen a pedir vuestra rendición, mi señor.
—¡Que se rinda el demonio! —contestó Conan, haciendo rechinar los dientes.
El rey de Aquilonia había conseguido sentarse sobre su lecho. Luego, con un esfuerzo supremo, se irguió, tambaleándose como un borracho. El escudero se apresuró a ayudarle, pero Conan lo apartó.
—¡Dame ese arco! —dijo el cimmerio, señalando una de las armas que colgaban de un poste de la tienda.
—¡Pero, Majestad, la batalla ya se ha perdido! ¡El enemigo respetará la sangre real del soberano derrotado!
—Yo no tengo sangre real. Soy un bárbaro, hijo de un herrero.

Encerrado en las mazmorras de Xaltothun y condenado a una muerte segura, recibe la inesperada ayuda de una de las concubinas de su captor, Zenobia, que le tiende las llaves de su celda y un puñal para que pueda escapar. Aunque la muchacha le confiesa que se encuentra enamorada de su persona, el bárbaro desconfía de ella en todo momento, amenazándola varias veces con quitarle la vida ante el menor signo de traición por su parte. Ello demuestra que el halo de caballerosidad que envuelve a Conan es una idea ridícula: los héroes duros y salvajes no son proclives al sentimentalismo. 
Otra escena memorable para el recuerdo:

—Sí, pero ¿qué vas a hacer tú? Había pensado llevarte conmigo.
Una intensa alegría iluminó el rostro de Zenobia.
—Si así fuera —dijo la muchacha—, mi felicidad no tendría límites, pero no quiero ser un estorbo para ti. Conmigo, la huida te resultaría mucho más difícil. No, no debes temer por mi suerte. No sospecharán que he sido yo la que te ha ayudado. Lo que me has dicho me llenará de alegría durante muchos años.
Conan la cogió entre sus vigorosos brazos y, apretando contra sí el cuerpo ligero y vibrante de Zenobia, la besó en los ojos, las mejillas, el cuello y los labios, hasta dejarla sin aliento. El cimmerio era tan impetuoso en el amor como en la guerra.
—Sí, me iré —murmuró el bárbaro—, pero por Crom que volveré a buscarte algún día.

Después de salvar la vida de una vidente, Conan descubre que para recuperar el trono y, por extensión, su reino, debe obtener el Corazón de Ahriman para derrotar al nigromante que lo ha conducido a la ruina mediante sus tenebrosas artes. El resto de la obra es una ágil sucesión de aventuras al más puro estilo artúrico, con la presencia intangible del Grial/Corazón como eje de búsqueda de toda la historia. El cimmerio recorre el mundo hiborio desde Aquilonia a la lejana Estigia, incansable, afrontando todo tipo de acontecimientos. Al final de la novela, cuando consigue su objetivo, la victoria y el retorno al trono es inevitable.

Desgraciadamente, Archer abandonó la editorial y La hora del dragón no fue publicada por el nuevo dueño de Pawling And Ness; ejemplo perfecto de la carencia de miras y la falta de buen gusto de los editores de la época. Después de retocar algunas partes del texto, a Howard no le quedó más remedio que venderla a Weird Tales, donde consiguió la portada con su primer número y fue publicada desde diciembre de 1935 a abril de 1936.  

Escrita en dos meses escasos, La hora del dragón (cambiada por Conan el conquistador posteriormente) es un libro épico, oscuro, sangriento y aventurero: el cimmerio en estado puro. Muchos de sus pasajes demuestran la maestría que Howard había alcanzado como escritor. La novela merece estar junto a algunas de las mejores obras de fantasía de todos los tiempos como La espada rota de Paul Anderson, El pozo del unicornio de Fletcher Pratt,  La serpiente Ouroboros de E. R. Eddison o El rey del país de los elfos de Lord Dussany. 

NACERÁ UNA BRUJA (WEIRD TALES, DICIEMBRE DE 1934)

—¿Eras apto para vivir, Olgerd?
La sonrisa del cimmerio no cambió mientras sus dedos estrujaban la carne temblorosa del kozako y se oía el ruido de huesos rotos que se rozaban. El rostro ceniciento de Olgerd se quedó rígido y la sangre comenzó a manar de su labio inferior, en el que había clavado los dientes. Sin embargo, no se le escapó un quejido ni dijo una sola palabra.
Con otra carcajada, Conan soltó al kozako y retrocedió. Olgerd se tambaleó, y tuvo que apoyarse en la mesa con la mano sana para no caer.
—Te concedo la vida, Olgerd, como tú me la regalaste a mí —dijo Conan con absoluta tranquilidad—. Si bien tú me hiciste descender de la cruz para que te ayudara a conseguir tus objetivos. Además, me sometiste a unas pruebas amargas y difíciles que tú mismo no habrías resistido, ni nadie que no fuera un bárbaro occidental.

Escrita inmediatamente después de La hora del dragón, esta historia contó con el beneplácito inmediato de Wright, que no tardó con comprarla y concederle (otra vez) la portada. Conan, soldado mercenario al servicio de la reina Taramis, se enfrenta al despiadado Constantius, consorte de la hechicera Salomé, hermana gemela de la soberana que no duda en arrebatarle el trono, suplantando su identidad.

Aunque este relato no es de los mejores del texano, incluye una de las imágenes más impactantes de la misma: Conan, después de ser vencido por fuerzas superiores en número, es crucificado y abandonado a una muerte segura en el desierto.

Sus embotados sentidos percibieron un intenso batir de alas. Levantó la cabeza y contempló con mirada de lobo las aves que describían círculos por encima de su cabeza. Sabía que sus gritos ya no las espantarían. Uno de los buitres descendió con más y más rapidez, y Conan esperó con estremecedora serenidad. Luego echó bruscamente hacia atrás la cabeza cuando el buitre pasó a su lado con un fuerte batir de alas. El pico trazó un surco en la barbilla de Conan, pero éste, con todos los músculos en tensión, volvió nuevamente la cabeza con la rapidez de un rayo y atrapó con los dientes el cuello del pájaro, como si se tratara de un lobo con un indefenso conejo.

Inmediatamente, el buitre comenzó a graznar con desesperación. Sus aleteos histéricos cegaron al cimmerio y sus garras le hirieron el pecho. Pero el bárbaro persistió en su empeño, con los músculos de las mandíbulas temblando a causa del esfuerzo. Las vértebras del cuello del buitre crujieron bajo los poderosos dientes que lo atenazaban y en seguida el ave quedó inerte. Conan dejó caer el cuerpo cubierto de plumas y escupió la sangre que tenía en la boca. Los demás buitres, aterrados por la suerte corrida por su congénere, echaron a volar hacia un árbol distante, donde se agruparon como negros demonios celebrando un cónclave.

Un feroz sentimiento de triunfo se apoderó de Conan. La vida latía violentamente en sus venas. Todavía podía enfrentarse con la muerte. Aún estaba vivo. Cualquier sensación intensa, aunque fuese de dolor, era la negación de la muerte.

El cimmerio, gracias a la vitalidad y la fuerza de voluntad indómita que lo caracterizan, consigue sobrevivir en el lugar en el que cualquier otro individuo menos capacitado perecería sin remedio. Aunque solo aparece en dos capítulos, su presencia es tan poderosa que domina la historia de principio a fin. Howard destilaba tanta confianza en el personaje que detalle insólito en aquellos tiemposse permitió relegarlo a un segundo plano.

El final del relato es uno de los mejores de la saga:

El sol se alzaba en el horizonte. El antiguo camino de las caravanas estaba atestado de jinetes con túnicas blancas. La línea ondulante que formaban se extendía desde las murallas de Khaurán hasta un lejano lugar de la planicie. Conan el cimmerio se encontraba a la cabeza de esa columna. Estaba de pie frente a un madero, enterrado profundamente en la tierra. Cerca del madero había una pesada cruz, a la que un hombre estaba clavado por las manos y los pies.
—Hace siete meses, Constantius —dijo Conan—, era yo el que colgaba de la cruz, y tú el que se sentaba sobre el caballo.
Constantius no respondió. Se mordió los labios grises, en tanto que sus ojos estaban vidriosos por el dolor y el miedo. Los músculos de su cuerpo delgado estaban en tensión.
—Veo que sabes mejor infligir la tortura que soportarla —agregó el cimmerio con calma—. Estuve colgado de esa cruz como tú ahora, y sobreviví gracias a las circunstancias y a un temple y un vigor que sólo poseemos los bárbaros. Pero vosotros, los llamados hombres civilizados, sois blandos. Vuestras vidas no están clavadas a vuestras espinas dorsales como las nuestras. Vuestra fuerza reside principalmente en provocar tormentos, no en soportarlos. Estarás muerto antes de que se ponga el sol. Así pues, Halcón, te dejo en compañía de otros pájaros del desierto.

Y diciendo esto, señaló a los buitres cuyas sombras cruzaban la arena, mientras daban vueltas arriba, en el cielo. De los labios de Constantius surgió un grito inhumano, lleno de espanto y desesperación, al comprender el irremediable destino que le esperaba.

Conan agitó las riendas de su corcel y se dirigió hacia el río, que brillaba como una gran cinta de plata bajo el sol de la mañana. Detrás del cimmerio, la larga columna de jinetes vestidos de blanco se puso en marcha y avanzó lentamente. Al pasar delante de la cruz, cada uno de ellos miró con indiferencia al condenado, con la característica falta de compasión de los hijos del desierto. Y mientras la oscura silueta del madero se recortaba ante el disco del sol naciente, los cascos de los caballos hollaron el suelo levantando tenues nubes de polvo. Las alas de los hambrientos buitres planeaban cada vez más bajo.


El año 1934 fue productivo para Howard: había escrito tres de las historias más memorables del cimmerio. Ignoraba que, por motivos puramente comerciales, se vería obligado a abandonarlo en poco tiempo a favor de los westerns con los que ganaría más dinero.